31/5/2009

Ying Yang


Los asiduos ya conocíais la imagen invernal del pórtico de castaños en la entrada de Cobreros. Hoy os presento una vista nueva: los mismos castaños, ángulo contrario, distinta estación.
Porque no puedes presumir de conocer nada hasta que el tiempo actúa. Porque en Sanabria y Carballeda, en todo el universo, cada momento tiene su valor. Disfruta el ahora y regresa para buscar el entonces.

26/5/2009

Trevinca, el techo de Sanabria y Carballeda



Peña Trevinca, con sus dos mil y pocos metros en el límite de tres provincias, no es por supuesto ningún ochomil. Sin embargo, como todas las montañas, esconde su ración de aventura para quien quiera ir a buscarla. Mi corazoncito de chaval enamorado de las cumbres desde que conoció las andanzas de tipos como Mallory, Hillary y otros cuantos se enorgullece hoy en presentaros el maravilloso relato –y las fotos- de la ascensión a la cima de nuestros amigos Marina y Sergio. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.



28 de abril de 2009

Alojados en la Hospedería el Pico del Fraile, desayunamos temprano, cogiendo fuerzas para proponemos subir el techo conjunto de Zamora y Orense, en un día incierto en cuanto a meteorología se refiere. Subimos hacia San Martín de Castañeda y preguntamos en el centro de interpretación la predicción del tiempo de un modo más específico, confirmando sólo que hay nieve por encima de los 1300 metros. Dejamos constancia de nuestra partida (por si las moscas de un rescate previsible), pero el gentío de autobuses de jubilados que llegan y entran, parecen disipar la atención de la persona responsable y nos vamos con una sensación de “información no procesada”.
Subida hasta la Laguna de los Peces. Solo hay otro vehículo aparcado con excursionistas que no se alejan demasiado del entorno y que se marchan. Son las 11.00 cuando decidimos atacar la subida al monte. Tenemos un buen mapa detallado de la zona y otro más elemental de la obra “Techos de España”, más otros itinerarios y experiencias sacadas de la red.
Hacia el norte hay una ruta marcada con estacas azules y otra ligeramente divergente que acaban en el embalse de la Vega del Conde. La primera baja hasta su derecha y el comienzo del valle del Tera y la otra acaba en la presa, a su izquierda, debiendo continuar su orilla hasta dicho valle. Este trozo que comentamos, aparentemente fácil…se convierte en una primera pesadilla. Como supone una elevación respecto a la laguna de partida, la nieve está presente, la visión es de unos 20 metros y las estacas (muy pequeñas) se pierden, se vuelven a encontrar y se vuelven a perder en espacios abiertos cubiertos del blanco elemento, casi helado. Con brújula, cierta orientación topográfica (no se ven muchas referencias del terreno) y una dosis de intuición (que luego necesitaríamos mucho más a la vuelta) se avanza con un fuerte viento y un frío tolerable. El desánimo inicial (sabiendo lo que queda y con el clima en contra) se abre al optimismo al descubrir la vista del itinerario a seguir: el camino de descenso hacia el embalse mencionado, el valle del río Tera libre de nieve, y la cumbre que casi se intuye (cubierta de nubes) del Trevinca.
Bajamos raudos en zig-zag y pisamos el blando lecho del valle…con agua a raudales en forma de riachuelos, lagunillas, lodazales y vegetación. Vamos por el lado derecho, según se sube (en realidad las estacas azules van por el izquierdo y es más cómodo...como descubrimos a la vuelta). Se ve un puente que cruzaría hacia ese lado, pero lo obviamos por ver el camino “claro”. Tras unas 4 horas y algo desde el parking, con el paso de la maraña de afluentes con medios de fortuna llegamos a la base del pico.



La cima está cubierta de nubes y vuelve a aparecer la nieve. Reponemos fuerzas con algo de alimento y bebida y tras no pensarlo mucho…la cabezonería empuja a trepar. El camino se intuye y pensando que en época primaveral o verano sería otro tipo de excursión, en este momento, la propuesta empieza a convertirse en una dura empresa. La ventisca a medida que vas subiendo a las caras expuestas del camino, empujan hacia atrás; la nieve se hace espesa y te metes hasta la rodilla o bien está casi petrificada por lo que sin crampones hay que pegar “patadas” en la misma, para hacer una “escalera” ayudándote de los palos de travesía. La cosa se llega a poner complicada y las fuerzas merman. Finalmente se intuye un risco entre la mole blanca y parece ser la cumbre. Esperando no equivocarnos, la confirmación debe ser una cruz derribada en la misma. Llegamos a la zona rocosa y el hielo juega malas pasadas: todo resbala y algún tramo puede ser peligroso, pero con precaución y esfuerzo coronamos techo encontrando el citado símbolo. La vista no es posible..pero la sensación de soledad (no hay nadie más en la zona) a la par que la del triunfo extraño de “subir” y que la montaña te deje hacerlo, conmueve y congratula.
Sin mucha posibilidad de recrearnos y pensando ya en la vuelta, bajamos a toda prisa por los mismo escalones anteriores, incluso improvisando “un trineo corporal” por algunas pendientes por las que te dejas caer sin problemas. De vuelta al fondo del valle otro trago y con cierta sensación banal de superioridad (ya lo sabremos después) volvemos por el otro lado (el de estacas) en un atardecer precioso y un andar alegre y relajado. Cruzamos el puente y vemos el refugio que no vimos al bajar (debimos pasar justo por encima). Son las 18.30 y subimos en busca de nuestro coche (ahora un tonto vestigio de civilización que promete calor y ropa seca… las botas y calcetines son en estos momentos un pantano). La cuestión parece ir bien, siguiendo las estacas como migas de pan, pero intuyendo que volvemos a entrar en unas zonas de poca visibilidad, viento y frío. Efectivamente, en una de las llanuras nevadas no encontramos el siguiente hito y vamos tirando de intuición-brújula para buscar la salida. En teoría, en una hora y media deberíamos salir de allí pero lo que se ve no va más allá de 3 metros...mala cosa. Es uno de esos momentos de cohesión de grupo y de confianza mutua que te hace valorar el compañero/a que llevas a la montaña..y el que no te llevarías.



Pues bien, viendo el mapa decidimos tomar una orientación Sur-Oeste: se trata de un ángulo que dentro del “despiste” permite o bien salir al punto inicial o bien hacia alguna parte de la carretera de subida, evitando otras derivas que acabarían en tierra de nadie y en una situación de anochecer donde sería un suicidio quedarse quieto. En teoría todo debe salir bien, pero los silencios, las continuas consultas a la flecha magnética y el no tener ninguna referencia clara, generan cierta idea de poder salir en “sucesos”. En ocasiones pasamos por masas de nieve de varios metros de espesor, que han ocupado una depresión y por las que por debajo discurre agua, generando peligrosas oquedades que en ocasiones hacemos caer a nuestro paso. Poco a poco vamos viendo más matorral alto y bajando.. eso es bueno.. pero sigue sin haber elementos concretos. Llevamos en estas lides unas dos horas cuando de repente aparece una laguna, seguimos su borde esperando estar en uno de los márgenes y que aparezca el paradójicamente ansiado parking. Sin embargo tiene vegetación infiltrada y el tamaño y la forma de la misma no corresponde a la de los Peces; tanteamos el ya destrozado mapa por el viento, y parece ser la de las Yeguas. Si estamos en lo cierto, situados en uno de sus extremos y en dirección sur debería aparecer la salida de una aventura que está resultando alarmante, (la noche se echa encima). Seguimos la ruta y vemos otras estacas pero de un azul más claro (otra ruta marcada). Finalmente aparece una nueva superficie de agua pero con cierto nerviosismo (no puede ser otra cosa) y con la neblina, no se ve nada de la señalización, vallas o el final de la carretera que muere junto al aparcamiento. Con ansiedad, seguimos la orilla y de pronto, una línea recta llama la atención: es un camino acondicionado para ver el entorno, lo seguimos con alegría y por fin llegamos al comienzo de la ruta. Creo que pocas veces me he alegrado más de ver mi coche. Son las 21.30. Bajamos y en San Martín, un lugareño que tenía controlado nuestro coche nos pregunta por unas caballerizas que ha perdido por allá arriba y que definitivamente no hemos visto (suponemos que también se preocupara por nuestra posible pérdida). Satisfechos pero cansados, acabamos con nuestros huesos en un bar de Ribadelago tomando una manzanilla infusión con un chorrito de anís, bálsamo que hace reintegrar el sosiego al maltrecho cuerpo, mientras comentamos el capítulo vivido en la siempre gratificante tarea de andar los montes.




Texto y Fotos: (C) Marina y Sergio.

24/5/2009

Más PORN de Sanabria: Ladran, luego cabalgamos?

He estado unos días fuera. Nada más llegar, me pongo a revisar el correo y las noticias. Me encuentro con esto, publicado por La Opinión de Zamora. No voy a decir nada de este señor, bastante conocido aquí en nuestra tierra. Tampoco le voy a responder yo. Por si acaso no aparece en los medios, me limito a transcribir la respuesta enviada por la Coordinadora del movimiento de oposición al Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Lago de Sanabria y Alrededores. Creo que con ella basta para ver las intenciones con las que se ha redactado el artículo de opinión.

NOTA DE PRENSA, de la Coordinadora, 21 de Marzo en Defensa de los Pueblos, (Sanabria).
En San Martín de Castañeda, a 24 de mayo de 2009

En relación con opiniones recientes, aparecidas en el diario la Opinión de Zamora, interesa al derecho de la Coordinadora, realizar las siguientes puntualizaciones:

1º.- Ni en la pancarta que encabezaba la manifestación que el pasado día 1 de mayo convocó esta Coordinadora ni en el comunicado final que leyeron varios participantes, y que constituyen los dos elementos definidores del ideario de la manifestación, se aludía a la expresión “Sanabria para los Sanabreses”. La pancarta que asi rezaba encuentra su lógica en la libertad de expresión, ejercitada por cada una de las más de mil personas que asistieron. Sus portadores, entre los que no se encontraba ningún miembro de la coordinadora, merecen consideración y respeto cuando ejercitan su libertad en un acto cuya esencia es el derecho democrático a expresarse en una reunión pública. Se lesiona su dignidad, sin identificarlos por su nombre, cuando desde un periódico se refiere a ellos como “salvapatrias que no saben lo que hacen”.
2º.- La manifestación no era contra el dictado para el Parque Natural Lago de Sanabria y alrededores de un Plan de Ordenación de los Recursos Naturales, sino contra el que se ha presentado a los pueblos incluidos en el Parque y que contempla con desconfianza el uso turístico. De ahí que, la Coordinadora haya propuesto como redacción alternativa la siguiente: “Artículo 29.1. “El turismo constituye uno de los principales pilares de la economía del ámbito de ordenación y deberá ordenarse y gestionarse de manera compatible con la conservación del medio natural, de acuerdo con el principio de sostenibilidad del desarrollo y con la capacidad de acogida del territorio. Se elaborará, con la participación de las Juntas Vecinales, Ayuntamientos, empresarios de hostelería y asociaciones, dentro del Programa de Mejoras, un Programa de Desarrollo Turístico para el Espacio Natural en el marco de la Carta Europea de Desarrollo Sostenible. Uno de sus objetivos principales será potenciar la dispersión de la oferta de establecimientos turísticos, especialmente en las poblaciones peor dotadas y más desfavorecidas”. Pretender que la Coordinadora se opone al turismo es manipular los datos o desconocer la realidad.
3º.- Por lo antes expuesto, la Coordinadora ni entiende, ni justifica, la vía fácil de los insultos y las vejaciones para, bajo el subterfugio de una sola pancarta entre las múltiples habidas en la manifestación, arremeter contra los que de forma libre y espontánea participaron en la misma, ejercitando un derecho fundamental previsto en la Constitución Española.
4º.- Frente a otras intoxicaciones y falsedades que intentan propalar algunos sujetos, y pese a la escasa relevancia que tienen esas aportaciones, la Coordinadora hace saber a la opinión pública:
a).- Que la manifestación del día 1 de mayo no se hizo en contra de ningún regidor municipal, pues quien ha redactado el PORN no son los Ayuntamientos, sino el Departamento de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y Léon. La Coordinadora desea que el Parque disponga cuanto antes de un PORN, pero “contra nosotros no”, como se podía leer en la pancarta de cabecera, en los carteles y en las pegatinas. El PORN que defendemos debe ser fruto del acuerdo y del consenso entre administración y afectados y ha de tener entre sus objetivos el desarrollo socioeconómico de la población afectada.
b).- La Coordinadora, y la mayor parte de los pueblos con territorio incluido en el Parque Natural, están totalmente en contra de la instalación de elementos impactantes en el ámbito de su superficie: la Coordinadora no quiere aerogeneradores en las sierras, ni minicentrales en los ríos, ni urbanizar los montes, ni dar aspecto de ciudad al campo. La Coordinadora quiere conservar el paisaje y a las personas. Quiere un modelo de parque natural que compatibilice la conservación con el crecimiento económico: desarrollo sostenible. Y lo quiere con la participación de los implicados, con su implicación y conocimiento real.
c).-La Coordinadora no es un grupo político, no es un sindicato, no está al servicio de ninguna empresa ni grupo de presión. "La Coordinadora 21 de marzo en defensa de los pueblos" la crearon los vecinos porque se sintieron maltratados por la Administración. Y no la crearon para atacar a nadie, absolutamente a nadie. La crearon y la mantienen para defender lo que consideran justo: participar en la gestión de un territorio en el que viven, en el que tienen propiedades o en el que tienen sus raíces.
d).- A la Coordinadora no le mueven objetivos partidistas o frentistas. Persigue un Plan de Ordenación que frene el despoblamiento galopante, a partir de un eficaz y verdadero desarrollo económico sostenible de los pueblos, y reconozca el derecho de participación real y efectiva de éstos en la gestión y ordenación del parque, dando preferencia en la contratación a los desempleados de los pueblos enclavados, y a las empresas locales de los distintos sectores económicos.
5º.- Por todo ello, la Coordinadora denuncia que algún sector con intereses espúreos ha puesto en marcha de forma deliberada una estrategia que tiene como objetivos inmediatos: Dañar la imagen de la Coordinadora 21 de Marzo en Defensa de Los Pueblos, ridiculizar a los manifestantes que lo hicieron el día 1 de Mayo y confundir a la Opinión Pública.

Y, como siempre, la opinión final es vuestra.

20/5/2009

Los Corredores de Muelas de los Caballeros

Los Corredores son uno de los elementos mas característicos de la Arquitectura Tradicional de Sanabria y Carballeda. En Muelas de los Caballeros encontramos algunos de los ejemplos más llamativos.











Con un nombre como éste, os podéis imaginar que la historia del pueblo ha de ser interesante. Volveremos.

11/5/2009

Un corazón enterrado en Sanabria


Desde pequeño se me dieron bien los libros. Recuerdo la mirada extrañada de mi madre cuando, apenas un mico, me arrebujaba junto al fuego en un rincón del escaño y forzaba la vista sobre un libro de la casa, el mil veces releído Vidas de Santos. Con mi padre era distinto. Cierto es que al hablar de mí con las visitas denotaba un claro orgullo, pero cuántas veces perdió la paciencia cuando, por ejemplo, por mis lecturas descuidaba la vela y las ovejas pastaban por los huertos vecinos como Pedro por su casa. También pronto me convertí en el ojito derecho del señor cura. Me sentaba a su lado en el catecismo y siempre se mostraba pendiente de mí, de mis preguntas y de mis progresos. Un día, al volver a casa, le vi saliendo de la cocina junto a mis padres. Los tres se me quedaron mirando. El señor cura sonreía, mi madre parecía haber llorado. Poco después, con cuatro cosas envueltas en un hatillo, partí hacia el seminario.
He de confesar que fueron unos años de excitación salvaje, casi animal. Después de miles de tardes devorando las misma historias, se ponía a mi alcance lo que yo pensaba era la totalidad del conocimiento humano. Pese a las largas cartas que enviaba a mi madre, y que ella contestaba posiblemente auxiliada por el señor cura o el maestro, olvidé mis raíces, mi vida en el pueblo, la triste Sanabria del XIX. Fui un estudiante esforzado, aprovechado y agradecido. No había para mí lugar en el mundo comparable a la biblioteca del seminario. El afán, más bien el ansia de conocimiento y estudio, ardía en mi como un fuego inconsumible. Fueron mis años felices. Casi sin darme cuenta canté misa y me destinaron como párroco a una aldea de montaña. Enseguida vi. que aquello no era lo mío y, gracias a Dios, mis superiores estuvieron de acuerdo. Volví a las aulas, esta vez como profesor y al tiempo que intentaba inculcar mi pasión a los alumnos estudié Derecho, Ciencias, Física y Metafísica… todo me interesaba. Sin embargo, visto a posteriori, creo que fue entonces cuando todo comenzó a estropearse. No sé explicarlo bien. Digamos que al empezar a ser reconocido como persona de valor, como sabio, el conocimiento en sí perdió importancia frente a la intriga, a la adscripción a un grupo que podía garantizar tu elección para un puesto frente al candidato de los otros. Una vez más sin darme cuenta quedé envuelto en los sutiles hilos de la política de salón. El saber quedó en segundo plano y lo que en verdad ocupaba mi mente era mi carrera, la lucha por el poder, el reconocimiento, el estatus.
Y en ese sentido me fue muy bien. Repartí estocadas y salté peldaños batiendo marcas de juventud: prelado, deán, obispo… el cardenalato me esperaba en algún punto del porvenir.
Fue al poco de subir uno de esos peldaños –me nombraron administrador apostólico de una villa de renombre- cuando recibí una carta de la lejana Sanabria: mi padre se moría. No puedo negar que acogí la noticia con cierto fastidio. Volver a Sanabria, en ese momento. Llegué justo para ver como el féretro recibía la primera paletada de tierra. Mi madre, a quien me costó reconocer, se deshizo en lágrimas entre mis brazos. Visto el panorama decidí quedarme algún día más.
Cuando me fui de Sanabria con mi hatillo dejé a mi madre como una mujer fuerte, de raza, capaz de bregar con las tareas de casa, las del campo y otros cuatro rapaces colgados de sus faldas. Al volver, apenas treinta años después, mis hermanos eran hombres y mujeres sanabreses que habían formado sus propias familias: toscos y cariñosos, amables pero distantes. Y mi madre… un montón de huesos cubiertos por un sayo negro, una anciana. Sentí mucha lástima por ella, lástima como por un perrillo callejero. Al principio atisbaba los posibles síntomas de recuperación anímica mientras pensaba en la posta que habría de devolverme a mi obispado. Poco a poco, una vez más inconsciente, se me cayó el alzacuellos y me reencontré con la vida del pueblo: cuidaba de mi madre, atendía la hacienda, jugaba a los naipes en la cantina, escribía… Llegaban cartas cada vez más apremiantes inquiriendo por mi regreso. Y a mí me costaba cada vez más atenderlas.
Una noche, sentado en el escaño de mi niñez, hice un gurruño con una de ellas y la tiré al fuego. Y mirando las ascuas comprendí que había equivocado mi vida. No me arrepentía, por supuesto que no, de mi saber ni de mis estudios, pero supe que mi sitio tenía que haber sido allí, en mi tierra y con mi gente. Con mi familia y con la que yo hubiese formado, que serían una. Me quedé toda la noche contemplando las llamas sin verlas, planificando cómo sería mi vida desde ese momento: cómo seguiría con mis escritos, cómo conseguiría los libros, la mejor manera de recuperar a mi madre, de mantener la casa… Fue una revelación como la de Saulo de Tarso.
Y como él me caí del caballo. Literalmente. Volvía de pasear por la majada de San Roque cuando, a la altura de la fuente del Mogo, se cruzó una víbora y mi yegua se encabritó. Desde el primer momento supe que había sido una mala caída. Vinieron médicos de Puebla, de Zamora, de la capital incluso. Pero yo había recibido la señal y no pude por menos que aceptarla. El círculo estaba cerrado. En menos de un mes estaba muerto.
Embalsamaron mi cuerpo y con gran pompa lo trasladaron a la catedral de mi sede, donde reposa para la posteridad frente a un altar importante. Pero mi corazón, Dios lo quiso, quedó enterrado en Sanabria. Donde nací.

El auténtico Manuel Sanromán Elena –no el protagonista de esta fábula- nació en Cobreros en 1865. De humilde familia, fue párroco en Justel y en Santa Marta de Astorga, profesor de Ciencias Naturales en el seminario de esta villa, Doctor en Derecho Canónico y autor de estudios como “Unidades Físicas”. Ordenado Obispo titular de Melasso en 1909 –siendo su madrina la infanta Isabel de Borbón- y nombrado administrador apostólico de Calahorra ese mismo año, murió en Cobreros, a consecuencia de la caída de un caballo, el 29 de agosto de 1911. Tenía cuarenta y seis años y una gran carrera por delante. Su cuerpo está enterrado, bajo una lápida conmemorativa, en uno de los altares laterales de la catedral de Calahorra. Sus vísceras –entre ellas, su corazón- se quedaron en Sanabria. Imaginando lo que era Cobreros en el S.XIX, D. Manuel debió ser un personaje fascinante.

Imagen de la invitación de Manuel San Román enviada por Carmen San Román.

8/5/2009

Las Cerraduras de Villanueva de Valrojo

Porque en Sanabria y Carballeda, si parpadeas, te lo pierdes.







Y tampoco conviene despistarse:











Nunca he podido estar en Carnaval, pero he visto sus demonios:



El año que viene no me los pierdo.

Pd. Ésta va por JaViEr AloNsO CrEsPo, que me puso sobre la pista.


5/5/2009

Duendes en El Tejedelo



Érase una vez que se era, tampoco os creáis que hace demasiado tiempo, una nínfula de los bosques que se prendó de un pequeño gnomo en un verano de aquellos de vino y flores. Nuestro gnomo, en un principio, se asustó tanto que hacía ver que no se daba cuenta de nada y esquivaba a la bella niña corriendo por los senderos, ocultándose tras los árboles, intentando convertirse en invisible entre su grupo de amigos. Mas ella era tenaz y perseveró, y una noche de luna llena, en la que se celebraban las fiestas de una aldea vecina y como el agua corría el vino, la música inflamaba los corazones, las risas estallaban por doquiera; en esa noche os digo, nuestro pequeño gnomo se rindió.
Y a la mañana siguiente no era feliz. Bueno, si lo era, pero tenía en su cuerpo un susto tan grande, tan, tan grande, que no le dejaba saber si era aquello felicidad o qué. ¿Y de qué, de qué tenía tanto miedo? -os preguntaréis- ¿De la familia de la ninfa, tal vez? ¿De los amigos, acaso? No, sabed por seguro que no era ninguno de esos el temor que le atenazaba, sino el miedo a si mismo, el miedo a lo que había visto en la noche en los ojos de la ninfa y, sobre todo, a lo que eso le hizo en el corazón.
Nuestro gnomo, hay que decirlo en honor a la verdad, había llevado hasta entonces una vida que en el mejor de los casos se podría definir como un tanto desordenada. Siempre con amigotes, siempre con amiguitas, siempre pensando en el vino y en la juerga, en las risas y jodiendas. Y, claro, con ese bagaje no tenía muy claro cómo debía comportarse con la nínfula que conoció en el verano de risas y flores. Y lo hizo a tientas, intentando ser buen chico; pero las más de la veces con una mezcla de compadreo, audacia a veces, timidez otras, un poquito fanfarrón y un mucho de oye, que yo ya estoy de vuelta de todo; que era justo la manera que tenía de comportarse con sus amiguitas hasta entonces. Y en verdad os digo, y ahora os podéis reír, que la nínfula hizo exactamente lo mismo y sin embargo, yendo el uno de mata gigantes y de reina de las hadas la otra, sin darse cuenta el amor se fue asentando en sus corazones. Y un día ella le dijo "Te quiero", aunque quizás no fuera verdad del todo, pero él no la oyó; y otro día fue él quien lo dijo, pensando que quizás podría ser verdad, pero entonces fue ella la que no escuchó.

Fueron tiempos de lanzas enhiestas y de flores carnívoras, y entre bromas y veras sin darse cuenta ya no podían estar el uno sin el otro, aunque sin aceptarlo del todo. Hablaron del cielo y la tierra y se contaron su vida y sus aventuras, y entre medias mentiras y verdades enteras sin conocerse se comprendieron. Y se hicieron daño a veces, mas daño dulce como los besos luego, porque eran niños jugando con fuego. Un atardecer, apoyados bajo un árbol entre un montón de arrumacos, antes que sus caminos se separaran para volver a casa, él suspiró un "Te quiero", y esta vez fue completamente cierto, y ella respondió también "Te quiero" mientras el cielo se abría sobre sus cabezas. El pequeño gnomo recordó una frase de una antigua balada, no las palabras exactas, pero sí el sentido, y durante mucho, mucho tiempo lo asoció a aquel instante mágico: "Este es el momento cumbre de nuestras vidas. Hasta aquí todo ha sido subir y subir. Ahora empieza el descenso". Era mentira.

Debo hablaros un poco más en profundidad de nuestro amigo el gnomo, si esta última frase no os ha sido del todo reveladora. El pobre individuo tenía su diminuta mente como dividida al menos en dos capas. La de arriba, la que asomaba al mundo, era más bien tirando a dura, un punto arisca, un soplido de cínica, unas cucharadas de pesimista y una paletada de enterado de la peonza. Mas debajo de ella, como un río subterráneo, discurrían ilusiones, esperanzas, anhelos sin fin. También amor en cataratas, sensibilidades de nervio en punta y ansias y deseos. Por desgracia para él, ya os digo que la parte que más asomaba al mundo era la superior, y aún luchaba porque así fuera, pues está claro que a semejante pardillo de cuando en cuando se le escapaban lo que él consideraba debilidades. No se dio cuenta que aquel que sentía por la nínfula era el AMOR con letras mayúsculas y que debió sumergirse en el río sin perder más tiempo.
Retomemos pues el relato. Os decía que, por supuesto, aquel no fue el momento cumbre de sus vidas: todavía les quedaba mucho por subir, mucho por vivir, mucho por sentir. Jugando su amor pareció hacerse fuerte como los árboles, capaces de soportar los envites del viento y seguir en pie; pero lo cierto es que gracias a la personalidad de nuestro sujeto, las raíces se asentaban en un estrato fino como la arena. Seguía él manteniendo la máscara frente al rostro e incluso hizo tonterías con otras niñas; tonterías que produjeron daño. Mas todo tiene su reverso y tras una de aquellas vio tal dolor en los ojos de su nínfula que fue capaz de comprender. Y se prometió a sí mismo ser sincero y ser leal y supo qué era en realidad lo importante. Y casi fue capaz de cumplirlo y no le costó. Pero igual que un alfarero hace jarras y un comerciante las vende, un necio hace necedades y al final acaba pagando su precio. No nos adelantemos.
¿Y la nínfula? -os preguntaréis- ¿Qué había en el corazón de la nínfula? ¡Ah, quién sabe lo que hay en el corazón de una nínfula! Esta frase es otra tontería, de las muchas que hay en este relato: en el corazón de la nínfula había amor, amor en mayúsculas, amor como no conoció antes y como no se creía capaz de conocer después. Y cuando el gnomo le habló de formar un día un hogar, una tarde perezosa en lo profundo del bosque, sus ojos se llenaron de lágrimas y no vio el tiempo. Y se echó la relación a la espalda y por ella empezaron a ahorrar para, cuando el momento llegase, construir una casa en la que vivir. En aquellos tiempos fueron probablemente felices; aunque, como era costumbre, no se dieron demasiada cuenta. Estaban muy ocupados con sus esperanzas y anhelos y sus planes y su amor tranquilo; un amor no como las llamaradas que asolan el bosque y en un instante se consumen, sino un amor como las brasas incandescentes en un tronco de roble que calientan el hogar durante toda la noche de invierno.
Y un día encontraron dónde alzar su casa y la mandaron hacer. Y la nínfula se ilusionó y soñó, y juntó su ajuar aún antes que la primera piedra fuera puesta. Y también el gnomo, aunque con la parte de arriba de su cabeza -¿recordáis?- mantuvo los pies en el suelo y se hizo el duro, mas no veía el tiempo en que le entregaran las llaves de la puerta. Y los días corrieron lentos durante esos años. Uno de aquellos debió ser el momento cumbre de sus vidas -¿recordáis, de nuevo, la frase de la balada del gnomo?- ya que a partir de entonces se inició el descenso.
Como de costumbre, ninguno de los dos fue consciente de lo que estaba pasando. Al menos, nuestro pequeño gnomo solo más adelante montó poco a poco algunas de las piezas de lo que le parecía un puzzle. Un atardecer, después de haber estado jugando junto a la orilla de un arroyo, no recuerda que comentario banal escapó de sus labios y vio con asombro como los ojos de su amada se llenaban de lágrimas. Y no eran lágrimas de emoción o de felicidad, que era las que siempre había visto. La nínfula le habló de su pesar, de su dolor, de su abatimiento. Ya no era lo mismo. El gnomo se puso a su lado, sin saber del todo que sólo él era la causa. Pasaron los meses. Las pequeñas tensiones, que seguramente se habían iniciado antes de la fatídica tarde, se fueron fortaleciendo y el árbol que ellos dos, solo ellos dos, un día plantaron se inclinó sobre su lecho de arena. ¿Qué sucedía? El gnomo solo recordaba un ambiente general de tristeza, de falta de ilusión, ¿de ganas? ¿Cuándo fue? ¿Cuando empezó todo? ¿En aquel viaje, tanto tiempo anhelado, que realizaron ese invierno? ¿En alguno de sus pequeños desacuerdos? Lo cierto es que se hablaban y ya no se entendían, y, poco a poco, ellos, que no sabían estar separados, cada vez se vieron más lejanos. Fue un año atroz. ¡Y no hicieron nada! ¿Podréis creerlo?
Pobre, pobre nuestra pequeña nínfula, que no hablaba por no hacer daño y veía cada vez más lejos el que un día fue objeto de su amor. Necio, necio nuestro pequeño gnomo que no se sabía el causante de su desdicha, y todo por ser como es. Todo explotó, claro. Y un domingo de noviembre era decidieron darse el tiempo de una luna para aclarar sus sentimientos. Y sin hablar de cierto. ¡Pobres, pobres los dos! Cuánto dolor. Cuánto, cuánto dolor. El gnomo fue casi capaz de pensar, intentó recordar qué había hecho mal, intentó saber que podría arreglar. Y no aceptaba que él fuera la causa de la desdicha de su amor, y se castigó creyendo que la abandonaba en momentos de necesidad. Y le consumió la incertidumbre y tuvo dudas y supo cuánto la amaba; y sintió alguna vez el fuego del orgullo y la ira del tonto, pero supo, esta vez sí, y de cierto, cuánto la amaba. Casi fue capaz de dejar también pensar a su ninfa. Tardó dos días en hablar con ella y se dedicó a incordiarla a lo largo del mes.
Terminó la luna su camino en los cielos estrellados y la ninfa consintió en seguir con el gnomo. Felicidad. Todo podía volver a ser como antes lo había sido. Mas no lo fue. A los pocos días regresó la tristeza a los ojos de la nínfula y el desánimo al corazón del gnomo.
-No sigas. -dijo la niña- No quiero oír el resto.
-¿Por qué? -respondió el hombre- Aún no sabes el final del cuento.
-No quiero saberlo.
-Es posible que estés equivocada…
-Da igual. Y si puedes, rebobina y acaba en alguno de los momentos felices. Déjalos ahí.


El Bosque del Tejedelo (Requejo, Sanabria) es una masa arbórea de singular importancia que alberga roble melojo, abedul y, sobre todo, más de cien tejos milenarios. El tejo es un árbol fascinante que ha sido honrado por el hombre desde la antigüedad. Estando ante algún viejo ejemplar es fácil de entender.
El Bosque forma parte de la red de Espacios Naturales de la Junta de Castilla León, la Red Natura 200, Espacio LIC, ZEPA y seguro que alguna sigla más. Patrimonio Natural, en la que para mí es su mejor actuación en Sanabria y Carballeda, ha habilitado un sendero interpretativo que al tiempo que preserva sus zonas más frágiles permite al interesado acercarse a su magia. Porque ante todo el Tejedelo es un bosque de cuento de hadas. No dejéis de visitarlo.


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