28 de jun. de 2009

Lago de Sanabria

- Debe usted visitar el Lago de Sanabria – dijo, con su voz grave – Es la mejor tarea que puedo ofrecerle.
Después de la opípara cena, el profesor Bistebol, mi jefe, me invitó a tomar los licores en la biblioteca. Sentados frente a la chimenea, con sendas copas de cognac en la mano, comentábamos los detalles de mi próxima misión académica.
- Pero, profesor – objeté, dejando caer la mano sobre el voluminoso dossier informativo que me había facilitado - ¿No está ya suficientemente estudiada la comarca? ¿Qué información, relevante para nuestra universidad, podría encontrar que no estuviese ya recogida en estudios precedentes?.
- Ah, Herbert, Herbert – sonrió, limpiando con la uña del meñique una inexistente mancha en la manga de su batín de seda – Con sus años y su experiencia ya debía saber que no todo se recoge en los informes…
- Por ejemplo, el Lago de Sanabria, que usted comenta. Aquí se plasma todo: su origen glaciar, sus dimensiones, su flora y su fauna, la historia de sus sucesivos propietarios, la protección, las truchas… ¡Pero si hay incluso un apartado sobre Unamuno y su San Manuel Bueno Mártir! ¡Y veinticinco versiones distintas de la leyenda sobre su formación!



- ¡Profesor Herbert Von Patto! Me desilusiona usted – sacudió la cabeza con fastidio – Va usted a viajar a Sanabria y Carballeda. Va a pasar un año en una de las comarcas más interesantes del noroeste peninsular. Quiero que se ponga sus botas de montaña y se manche con el polvo de sus caminos, que se pegue a la tierra. Hablará con los vecinos y verá pasar el tiempo. Conocerá la región como la conocen sus habitantes. Y luego vendrá aquí y lo comparará con el dossier que tanto acaricia. ¡Y no se olvide del Lago!



El 25 de septiembre de ese mismo año, cargado con una mochila a la espalda, unos prismáticos en la mano y cientos de bolígrafos y libretas distribuidos por los bolsillos, partí por la carretera que desde Galende lleva hasta el Lago, dejando Pedrazales a la derecha. Había elegido como primer punto de contacto el balneario de Bouzas, en su misma orilla, el lugar en el que Unamuno escribió sobre Valverde de Lucerna. Durante la noche había caído una mansa lluvia que pintaba sobre la carretera el reflejo de los árboles de la vereda, al tiempo que realzaba de manera espectacular sus colores. ¡Los colores! Robles, castaños, alisos, abedules ofrecían una sinfonía de ocres y dorados que, literalmente, me quitaron el aliento. Descendiendo por el camino hacia el balneario, hoy en desuso, el Lago me brindó su primera panorámica. Hube de sentarme para intentar asimilar tal belleza. No soy original: sólo puedo compararlo con un espejo vivo de las cumbres de su entorno, absorbiendo sus tonalidades y devolviéndolas, si cabe, mejoradas. En una palabra: majestuoso. Entonces empecé a comprender el regalo de Bistebol.





El día de San Valentín puse una conferencia a mi esposa desde Vigo de Sanabria. Luego subí hasta el monasterio de San Martín de Castañeda para dibujar con detalle el ábside. Al doblar la esquina sur me encontré con el Lago. El Cañón del Tera, el Pico del Fraile, Bubela… todos las laderas estaban espolvoreadas de una fina capa de nieve entre la que se erguían los ahora desnudos robles, dejando asomar manchas pardas en el blanco refulgente. El agua era gris y negra como la cogulla usada de un dominico. El silencio era abrumador, solemne. Pensé que la imagen estaría completa si pudiese escuchar los cantos gregorianos de los antiguos monjes. ¡Qué paisaje tan distinto al de pocos meses antes! Solo el Lago permanecía, impertérrito.





A mediados de mayo dediqué unos días a la observación de las aves. Una de las tareas que me fijé fue realizar la ruta que une Sotillo con Ribadelago, pasando por la Laguna y Carros. El último tramo desciende a través del bosque de la Beseda: la primavera explotaba en los serbales, acebos y avellanos que conviven entre los robles. Ellos, más circunspectos, enseñaban apenas sus primeras hojas rosáceas. El monte bajo, florecido en blancos, amarillos, morados, azules, era un bullidero de insectos y pajarillos. Desde este lado, las orillas del Lago se funden con los prados de un verde insultante. La luz del sol rielaba sobre el agua casi cantarina, alegre por la eclosión de vida a su alrededor. Me quedé absolutamente hechizado. No pude moverme hasta la puesta de sol –¿aún más colores? ¿Pero había tantos?



El quince de agosto me encontraba de nuevo en la orilla del Lago. Más concretamente, en un restaurante con vistas a la playa, vestido con mi mejor camisa hawaiana, gafas de sol y esperando a que me sirvieran el chuletón de ternera sanabresa que había pedido. A mi alrededor todo eran risas y el jolgorio que produce la buena mesa. Pocos metros más allá, los niños jugueteaban con castillos de arena bajo la mirada de sus padres y los jóvenes exponían sus cuerpos al sol buscando el dorado perfecto. ¡Ah, que relajamiento más absoluto! Si no conociese la comarca como ya lo hacía me hubiese resultado imposible imaginar semejante ambiente playero en la región del románico y las procesiones.
- ¿La jarra de vino es para el señor? –era una voz burlona.
- ¡Bistebol! ¡Justo a tiempo!
La mejor manera que se me ocurrió para agradecer al profesor Bistebol su encargo fue, naturalmente, invitarle a pasar un fin de semana Sanabria y Carballeda – sus obligaciones no le permitían más. Ese día lo dedicamos al Lago: comimos, bebimos, desempolvamos nuestros meybas y cogimos un agradable tono rojizo. Estiramos la noche entre copas e incluso algunos pinitos como bailarines; en fin, el hermoso far niente de los veraneantes.



Sé que a Bistebol le costó mucho regresar a casa. A mí temo que tal vez me resulte imposible.

Profesor Von Patto
Cuaderno de Viaje.

24 de jun. de 2009

Petavonium


A pocos kilómetros al este de Sanabria Carballeda, en Santibañez de Vidriales, se encuentran los restos de Petavonium, la ciudad militar romana desde donde la Decima Legio Gemina contribuyó a la conquista final del noroeste peninsular. La Décima era una legión dura: vino desde Mauritania y una vez hecho su trabajo aquí partió a las fronteras del Rin, sitios todos ellos donde las papas queman.



Enfrente, los astures, y entre ellos los zoelas de los asentamientos en Sanabria y Carballeda. Algunos castros ofrecieron una resistencia feroz, pero al final no fueron enemigo para los muy superiores romanos.



Imagino a un zoela solitario, encaramado en alguna de nuestras peñas en misión de vigilancia, avistando por primera vez la imponente llegada del grueso de la legión romana - ¡Cinco mil hombres!. Las noticias de su llegada y de su poderío les habrían precedido. ¿Qué sentiría el centinela? Era el principio del fin de la única forma de vida que había conocido. No creo que fuera consciente de ello. O tal vez sí.



Para nuestro corazoncito celta es fácil simpatizar con los astures. Sin embargo somos más hijos de los romanos -y de los godos, árabes, judios, etc.- que de los castreños. Roma trajo el futuro: arte, ingeniería, la civilización.
¿Llegó a saberlo, a intuirlo, aquel centinela? ¿O murió en las primeras escaramuzas?.


22 de jun. de 2009

Requejo de Sanabria: El Paso del Noroeste



“Requejo valido, valiente, valioso, es el pueblo de los tres valores. En el servicio a los que andan caminos y puertos. En el testimonio de sus gentes en pasadas guerras y guerrillas. En el alma de sus hijos la cordialidad de los que están y los dones de los que se fueron. Caminante: ser valido es lo valioso de los valientes. Que tu andadura sea valida” No lo digo yo: estas palabras rezan en una placa del Camino Jacobeo que atraviesa el pueblo. Y si están escritas en piedra, serán verdad.



En el pasado, cuando en lugar de carreteras había caminos reales y caballerías en vez de coches, Requejo podía verse de dos maneras: llegando desde la Meseta era el último refugio antes de iniciar el asalto de las Portillas; llegando de Galicia, el anuncio que lo peor de la sierra ya había pasado. Imaginad sus ventas: los arrieros, los peregrinos, algún militar, cenando ante un jarro de vino a la luz mortecina de los candiles y esperando quizás que la nieve permita continuar el camino. ¡Qué historias no se contarían en esas noches!




Requejo es un paso natural encaramado en la falda de la montaña, pero es más que un lugar de paso. Es un pueblo rico en agua, pleno de fuentes, arroyos y regatos, vertebrados en torno al río Castro. Aguas sanas y naturales que mantienen pastos para alimentar a algunas de las mejores terneras sanabresas; que provocan en primavera una explosión de color en el brezo de sus montañas y, a su vez, una miel reconocida en toda la región. Es un pueblo devoto de la Virgen de Guadalupe, imagen que recibieron mediado el S.XVIII y reina en una preciosa ermita de barroca portada. El primer sábado de julio cientos de guadalupeños le rinden homenaje en romería. Justo enfrente se encuentra la iglesia parroquial, cuyo balcón de acceso al campanario ofrece una vista completa de todo el municipio.

Y es su término municipal, ya más en la sierra, refugio de flora y fauna esplendorosas. Podéis haceros una idea subiendo de excursión hasta las ruinas del pueblecillo de Parada, abandonado no se sabe bien porqué en fecha también imprecisa, en torno al XIX. Y lo que de ninguna manera debéis dejar de visitar es una de las joyas escondidas de Sanabria y Carballeda: El Tejedelo


20 de jun. de 2009

Santa Cruz de los Cuérragos


En ocasiones pienso que mi pueblo es eterno. Que los años pasan sobre él, pero él permanece incólume. Imagino que la gente de los tiempos venideros valorarán esta continuidad y vendrán a conocer cómo eran los tiempos pasados, en los que yo vivo. Un día le pregunté al señor cura el porqué del nombre del pueblo: “Cuérrago viene del latín corrugus, que era el barranco por donde se arrojaba los detritos de las minas. Aquí se los llamamos a esos cauces que se marcan en las laderas, donde se acumula la vegetación. Y Santa Cruz, pues, siendo cristianos, ¿qué mejor nombre le podríamos poner, perillán?” y me soltó un pescozón de esos de por si acaso. Pero yo pienso que se equivoca, que el pueblo existía antes que los cristianos. Es como la Raya. Nosotros lindamos con el Reino de Portugal, pero yo nunca he visto ninguna línea marcada en el suelo, solo en los mapas. Estoy seguro que el pueblo también era anterior a las fronteras y que éstas no tienen demasiada importancia. Es lo que deben pensar esos mozos que por las noches buscan los caminos más apartados y se dedican a pasar mercancías de un lado para otro. Hay que buscarse el pan.

Me gustan mucho las alturas. Si ando con el ganado, o si me escapo de mis labores, suelo buscar las cumbres para otear los paisajes de la Sierra de la Culebra. Dicen que la sierra llega mucho más lejos; yo no la conozco, pero en mi pueblo es muy bonita. Redondeada, suave, aunque con pendientes muy grandes. Los riachuelos se esconden en los fondos de los valles y los caminos van ladera arriba, con lo que hay veces que te da mucho vértigo. No se lo digáis a nadie, pero también me gusta espiar a los lobos. Si mi abuelo se entera me mata, porque él cree que es una alimaña que nos roba el pan de la mesa, además de ser un hijo del demonio. Yo los veo muy parecidos a nosotros, que trabajan en grupo y crían sus familias lo mejor que pueden. A veces nos matan una oveja y eso no es bueno, señores, pero es como lo de los contrabandistas. Hay que vivir.

También me gusta perderme por las callejas del pueblo. Me gustan las casas, de piedra, madera y pizarra, todas parecidas, ninguna igual. Las casas, claro, no son eternas. A veces se caen, cuando ya son muy viejas, pero aquí en Santa Cruz se levantan tal cual eran. Si sabemos que las piedras son buenas, que la distribución es buena, que los lugares son buenos ¿por qué cambiar? Por eso pienso que es eterno, que así ha sido siempre y así seguirá.




Ahora permitidme que os hable de mi paseo favorito, sobre todo en primavera. Salgo del pueblo por poniente, en el camino que va desde Aliste hasta Puebla. Es un sendero abierto que serpentea ladera abajo entre jaras y brezos en flor, hasta que poco a poco, aparecen helechos, musgos, líquenes… Los robles y carqueixos impiden que el sol te castigue con dureza, el canto de los pájaros y el rumor del agua hacen que te olvides de todo. Allí en el fondo del barranco te espera el Puente de los Infiernos. Nunca he entendido porqué mis vecinos le pusieron tal nombre, ya que es un paraíso. Imaginad un suelo tapizado de hiedra y flores; el Río Manzanas, cantarín y transparente arropado entre árboles. El propio puente, que dicen construido en el S.XVII aunque yo sé que es más viejo, señorial y elegante con su único ojo, adornado por cortinas también de hiedra en las que juguetean los rayos de sol… Me gusta sentarme cerca de su arco para escuchar los murmullos del viento. A veces veo pasar a los ganaderos que llevan sus rebaños al mercado, otras a un arriero señorial encabezando su recua de mulas, otras, en fin, un cauteloso comerciante demasiado pendiente de lo que se puede encontrar por el camino. Siempre me cuesta volver, abandonar tanta belleza e iniciar la suave pendiente que me devuelve a casa.

Si un día muero, que espero que no, me llevarán a descansar al cementerio del pueblo, junto a mis antepasados. Tampoco es mal lugar, aunque dé un poco de miedo. Desde allí, apenas apartado y bajo la paz de los castaños, podré seguir contemplando mi querida Santa Cruz de los Cuérragos y ver cómo sobrevive a los tiempos.

- Pero… ¿Esto qué es, nigromante del demonio?
- Es lo que usted ha escrito durante la sesión de mesmerismo, profesor Von Patto. A veces, la hipnosis produce trances en los que el paciente tiene regresiones a vidas pasadas. En su caso parecía ser un zagal del norte de Zamora, en un tiempo indeterminado. Usted se puso a escribir automáticamente y yo sólo he tenido que ir facilitándole papel.

- ¡Usted está chalado! ¡Yo he venido aquí para que me ayudase a dejar de fumar! ¡Qué me cuenta de reencarnaciones!
Ni que decir tiene que salí del gabinete hecho una furia. Está claro que el farsante se había enterado de alguna manera de mi misión en Sanabria y la Carballeda, que debo iniciar en breves días, y decidió gastarme el bromazo. No sé como he podido fiarme de semejantes paracientíficos.
Sin embargo, al llegar a casa, no pude evitar buscar en el mapa Santa Cruz de los Cuérragos y el Puente de los Infiernos. Hum, tendré que visitarlos.


Profesor Von Patto
Diarios Inéditos

17 de jun. de 2009

Gaviotas en Silgar



Porque a veces hay que dejar de mirarse el ombligo y volar... Abandonar momentáneamente nuestro pequeño rincón y salir a conocer otros mundos, otras vidas, otras ideas.
Y volver más fuerte que antes.







Playa de Silgar, Sanxenxo. Galicia.

11 de jun. de 2009

As Muradellas, enigmas sin resolver


Un enigma arqueológico sin respuestas claras. ¡Cáspita! ¿Y yo iba a abandonar Sanabria sin visitarlo? Debí dar un buen respingo, porque espanté a las palomas que ramoneaban por los andenes. La tarde había transcurrido perezosa en la vieja estación de piedra. Apenas media hora antes hubo algo de movimiento con el tren de Zamora, pero ya sólo quedábamos el jefe de estación y yo, a la espera del último tren del día. Revisando mi cuaderno encontré unas notas apresuradas sobre un lugar que me había parecido fascinante: el Castro de As Muradellas, en el término de Lubián. Con el ajetreo de los últimos días había quedado olvidado y no podía ser. Sin pensarlo dos veces cogí mi equipaje, llamé a la universidad y pospuse mi viaje un día más.
La mañana siguiente amaneció entre nubes, pero yo ya estaba en el aparcamiento de inicio del camino, rodeado de montañas. Ojeando el primer panel explicativo, me sorprendió que el sendero hacia el castro fuera cuesta abajo. La ladera por la que avanzaba hacia mi destino estaba cubierta de brezo y retama en flor, con salpicaduras de gamón, violetas y fresas silvestres. Iba tomando abundantes fotos y notas, sin miedo a perderme: balizas amarillas para la ida, blancas para la vuelta.
A poco del primer desvío encontré un diminuto chozo de pastores, casi escondido entre los robles. Los he visto similares en la zona de los Arribes y me pregunté cómo habría llegado a ésta comarca: ¿influencia arquitectónica, constructores trashumantes? Dediqué un buen rato a dibujar la cuidadosa colocación de las piedras de la bóveda, pero abandoné el paraje precipitadamente cuando me pareció ver como se formaba la figura de un pastor dentro del chozo.
Poco más adelante me refresqué en un manantial que corre ladera abajo hasta encontrarse con el río. ¿Qué me estaba pasando? Era consciente del efecto del embrujo de esta tierra en mi temperamento, pero ¿no iba a ser capaz de terminar un estudio científico en condiciones? A no más de cien pasos tuve la primera vista completa del castro: un desordenado cúmulo de piedras colgado a cuchillo en un meandro sobre el Tuela, en el vértice donde se alcanzan las sierras de Marabón y la Gamoneda. El paisaje era sin duda espectacular, realzado en ese tiempo por los tonos morados y amarillos de la vegetación.


Intenté serenarme leyendo los paneles situados en el embudo de entrada al poblado: se trataba de un asentamiento astur, posiblemente zoela, datado entre los siglos II y III a. de C. Hay muchos cabos sueltos en las investigaciones: sorprende su localización –no parece un punto especialmente estratégico-, sus casas cuadradas de esquinas redondeadas –pero no fueron romanizados- y, sobre todo, sus formidables defensas, con doble muralla, doble foso y doble campo de piedras fincadas. Por su tamaño se deduce que no estuvo densamente poblado y parece ser que fue abandonado, no destruido por la fuerza, después de un tiempo relativamente corto. ¿A qué se dedicaban? ¿Tal vez una explotación minera, que explicaría la breve ocupación? No se han encontrado restos, con lo que es más fácil imaginarlos como ganaderos o cultivadores del lino, ya de fama entonces.
Deambulé entre las piedras fincadas, admirando su afilada talla que el tiempo aún respeta. Su colocación en ángulo y su altura -hoy unos 30 cm., entonces seguro que más- debían dificultar en grado extremo el avance enemigo. Llegué hasta los restos de las casas, me asomé al acantilado para ver el río, diminuto muchos metros más abajo. Por allí se encuentra también la Poza de la Moura, cuya leyenda he de transcribir algún día.
Allí sentado, bajo el sol primaveral que se abría paso entre las nubles, consideré resuelto uno de los enigmas de As Muradellas: independientemente de tu interés por la arqueología, es un magnífico lugar para vivir. O para visitar, porque la senda también había sido preciosa. Admiré como el sol hacía brillar el eléctrico azul de las montañas adyacentes.


¿Azul? ¿No era morado y amarillo? Descubrí que las laderas aparecían cubiertas de campos de lino, con sus bellas flores en plena eclosión. No se veía ni rastro de los robles, ni brezo, ni escoba, ni nada. Temiéndome lo peor, giré lentamente la cabeza: vi como las piedras saltaban hasta colocarse en sus lugares, como las murallas se erigían hasta su altura original, como las casas se techaban de cuelmo y el matorral desaparecía hasta despejar los fosos. Oí risas de niños, cantos de mujeres en sus trabajos… ¡Díos mío, estaba pasando otra vez! ¡El poblado se había reconstruido por completo ante mis ojos y en cualquier momento aparecerían sus habitantes!
- Noble extranjero, yo tengo las respuestas que has venido a buscar. –el anciano estaba junto a mí sin saber cómo, pero era mi oportunidad y debía aprovecharla –Me contaba mi padre que la razón por la que nos establecimos aquí fue…

- ¡Profesor, profesor! ¡Que pierde su tren!
- ¿Eh, qué?
- Su tren, profesor, es el último del día.
Conseguí arrastrar el equipaje a duras penas y encaramarme al tren en el último segundo. Realicé todo el viaje de regreso en estado de estupefacción, tuve suerte de no equivocarme en ningún trasbordo. Al llegar a casa la noche siguiente di un beso distraído a mi señora y me abalancé sobre el ordenador. Allí estaba, en photoxibeliuss.blogspot.com, toda la información y todas las fotos del castro de As Muradellas. Por supuesto, era el lugar que yo había visitado: las piedras fincadas, los restos de muralla, el sendero entre robles y brezo, el río al fondo del barranco… ¿Alguien, por favor, puede explicármelo?
Profesor Herbert Von Patto
Universidad de Chiquitistán 2º Catedrático más laureado
(with a little help from my friends: Patri)

7 de jun. de 2009

La Leyenda del Valle del Desterrado


Es hoy comúnmente aceptado que los primeros pobladores de Sanabria Carballeda fueron astures, concretamente la tribu de los zoelas. En estos días he tenido ocasión de viajar al corazón del occidente astur, la comarca de Los Oscos, y me ha sorprendido agradablemente los paralelismos que se mantienen a través de los siglos: paisaje y carácter –salvando las distancias-, toponimia y un substrato común de cuentos y leyendas, más que mitológico, a mi entender muy claro. Os presento una narración tomada tal cual de un panel informativo en la Ruta de A Seimeira, en Pumares. Muchos de sus elementos –criados, hidalgos pobres, valles escondidos- entiendo perfectamente extrapolables a nuestra tierra.

Cuentan los mayores de aquí que hace muchos años habitaba en Santa Eulalia de Oscos un señor para el que trabajaba un obediente criado. Una tarde, regresaban de una jornada de caza y se dirigían a escuchar misa, pero se les hizo un poco tarde. El señor, que no quería perderse la celebración, ordenó al muchacho que se adelantase galopando y diera orden al cura de retrasar la ceremonia para que le diese tiempo a llegar. Así hizo, dando fusta a su caballo llegó a la iglesia antes de empezar la misa. Le dijo al cura que aguardase, que su amo estaba en camino, que no tardaría mucho en llegar y que tenía mucho interés en oír la misa. El párroco, viendo que ya estaba congregado todo el concejo, pese a las súplicas del joven se negó a retrasar la hora de inicio y comenzó la liturgia.
Cuando llegó el señor ya estaban abandonando todos la iglesia, pidió explicaciones a su criado y, después de oír su argumento, se enfureció de tal modo que le ordenó que matase al cura o que ahí mismo mandaría matarle a él. El criado, viéndose tan acosado, no vio otra solución que obedecer a su amo. Mató al cura con la esperanza de que no le prendieran, pero su mismo amo le delató. La pena que le correspondía al joven era morir en la horca.


Por aquellos tiempos se daba la circunstancia que todos los vecinos de Santa Eulalia, excepto nueve, pertenecían a la nobleza. Una disposición real otorgaba el título de hidalguía a todos aquellos habitantes que fuesen autosuficientes, o lo que es lo mismo, aquellos que no necesitaran trabajar para nadie, ni necesitasen comerciar con nadie. Como quiera que en los Oscos casi todas las caserías producían todo aquello que necesitaban para vivir, a muchos de sus vecinos se les dio el título de hidalgos. Estos hidalgos no poseían riqueza y trabajaban de sol a sol para sobrevivir, pero tenían título.
Llegado el día del ajusticiamiento se congregó casi todo el concejo. A la hora de levantar la horca, como los nobles no podían ejercer de verdugos, no había brazos suficientes capaces de elevarla. Hubo que cambiar la sentencia del criado y, librado de la ejecución, se le desterró de por vida a un sitio donde no oyera “carro rinchar, galo cantar ni campá soar”. Por aquel entonces poca gente se aventuraba a ir más allá de la aldea de Ancadeira y aquí lo confinaron. Desde entonces este valle se conoce con el nombre de Valle del Desterrado.




Texto de la leyenda: PDT Oscos – Eo.
Fotos: Photo Xibeliuss: 1,3.- Seimeira
2.-Ancadeira
4,5.-Mazonovo
6.Fragua en Teixois