28 feb. 2010

El flautista y los lobos (II)


La niebla matutina aún se enroscaba en los cuérragos del camino que sube desde los Infiernos cuando en llegando a Robledo se vio por primera vez a aquel petimetre. Vestía a la última moda de cortes lejanas, andaba como quien danza y portaba en su mano alzada una muy decorada flauta de urz. Con gracioso gesto golpeó su anillo contra una de las trancadas puertas de la aldea.
    -¿Alguien vive?
A la moza que a atenderle salió preguntole por la distancia hasta el castillo y si el edecán estaría allí, todo con encantadores modales que encandilaron a la muchacha. Después barrió el suelo con la pluma de su sombrero y continuó camino hacia la Puebla.

Durante algunas semanas también se vio por el Camino real una inusitada actividad de mensajeros al galope, mi señor, y no mucho después pregoneros del castillo recorrieron los pueblos de la comarca uno por uno: por orden del muy querido -y lejano- Señor Conde, el edecán convocaba en extraordinario concejo a todos sus vasallos para tratar el doloroso asunto de los lobos. La cita se fijaba para el lunes de mercado inmediatamente anterior a la fiesta de San José.

Imaginaos, mi príncipe, la explanada del mercado junto a la ermita en el día señalado. Es una mañana de esas en las que la primavera se asoma para ver con cuánta ansia se la espera. Y se encuentra con poco comercio, pero mucha gente: pastores, labradores que tratan de dejar atrás su gesto adusto ante la alegría de reunirse con viejos conocidos, mujeres sonriendo bajo negros pañuelos, zagales que corretean de un lado a otro presas de una excitación que no del todo comprenden. Hay pulpeiras removiendo sus cacharros de lustroso cobre, un gaitero que solicita monedas a cambio de notas chillonas como las ruedas de un carro al bajar de la sierra; un ciego narra truculentos romances mientras su lázaro pasa el cestillo, mozuelas de juventud olvidada guiñan el ojo a hombres solitarios y también, por supuesto, algún pícaro busca su pan en las bolsas de los demás. Es, en fin, la mejor feria que se ha visto en mucho tiempo.

De repente suenan las trompetas y una tropa de piqueros avanza hacia la palestra levantada junto al Rebollo, allí donde ondea el estandarte del Conde. Con paso digno y pausado, aún diría majestuoso, se sientan a la mesa allí colocada el edecán del castillo, el abad de San Martín, el prior de la Orden de Lanseros y también el caballerete de la flauta de urz de sutil adorno. El edecán toma la palabra, hablando por boca del Conde, cuando todos los corrillos se reúnen en respetuoso silencio al pie de la tarima. Y cuenta al público cómo había llegado a la comarca aquel flautista, conocedor por casualidad del gravísimo problema de los lobos y portador de cartas de recomendación de muy altos señores. Y de cómo se ofrecía a solucionar el asunto para el bien de las buenas gentes y provecho del señor Conde, que tanto había visto mermar los tributos. Y que se comprometía a no pedir precio por ello hasta que los resultados no fueran por todos comprobados. Por ello les citaba de nuevo en la misma hora y en el mismo lugar el primer lunes después de la Virgen de Mayo. El abad dio su bendición y el prior pone los monjes caballeros a su disposición. El populacho estalla en vítores y aclamaciones.

Aquel concejo, mi señor, fue como una catarsis que la comarca necesitaba con empeño. Hasta Natura quiso unirse a la fiesta y, apenas pasado Pascua, los árboles se vistieron de hojas verdes de asombroso tono: primavera al fin. Si alguno de los cientos de pajarillos que entonces señorearon el cielo de Sanabria y Carballeda pudiese hablar, oh, príncipe, nos contaría de zarcillos compitiendo por doquier en loca carrera a las alturas, de frutos fraguándose en sus pistilos para una exuberante explosión de color, de amor nacido en corazones jóvenes apenas conscientes de su entorno...

Y nos hablaría, cómo no, de esa figura que se hizo familiar en los caminos de la comarca: el caballerete de corta capa y atildado aspecto, siempre con flores frescas en su pecho y un saludo amable para cualquiera con quién se cruzara. Se le vio subido a Peña Mira, al Cerro de San Juan, al Vidulante, a Bubela, a los Tres Burros... tocando en su flauta melodías evocadoras de tiempos sin pecado y tomando notas de las ideas que le dictaba el viento.

Según se acercaba la Virgen de Mayo, mi señor, pareció concentrarse en los altos de la Sierra del Sospacio.

Tal vez como si quisiera empujar a las lobadas hacia el norte.




Foto: El Rebollo del Puente. Tradicionalmente simboliza el derecho de la población a un mercado semanal libre de impuestos. Cuentan que los mozos de Puebla -que desde antiguo mantienen cierta competencia con los del Puente- secuestraron esta roca y la tiraron al rio. De ahí fue rescatada no hace mucho y colocada sobre el pedestal que se muestra.

27 feb. 2010

Esperando la Tormenta Perfecta

Aviso a navegantes: lo de las fotos no son ríos.



Son prados, caminos, calles...
Y parece que lo mejor está por llegar

Actualización 19:00

Éste es un arroyo:

24 feb. 2010

El flautista y los lobos (I)


Y aquel que llamaban Pincholo llegó a la taberna demudado, descompuesto:
    -¡El lobo! ¡El lobo!
Sólo después de un buen ponche de vino y huevo fue capaz de contar su historia. Volvía de ciertos negocios en una cocina de Ribalago cuando notó movimientos furtivos a la vera del camino. Al principio fueron solo eso: rumor de salgueiras, hojarasca removida siempre más allá de su vista. Luego un ronquido profundo, salido de más allá de las gargantas del infierno y unos ojos como llamas clavados en sus pupilas. Sintió como el vello se le ponía de punta pelo a pelo, con una lentitud exasperante. Pincholo reconoció a su enemigo. No encontró otra salvación que trepar a lo más alto de un viejo roble. Allí pasó lo que para él fueron horas interminables oyendo discutir a la manada sobre la conveniencia o no de tirar abajo el árbol. Al cabo marcharon y él pudo llegar más mal que bien a la taberna.
    -Ha sido horrible -dicen que decía.

Así empezó el invierno , mi señor. Fue poco después de los Santos y a partir de entonces llegaron las nieves y los desmanes del lobo, cada vez más audaz. Primero faltaron unas ovejas de la vela de Pedroso, de las que sólo se recuperaron pellones sanguinolentos. Luego se les vio vigilando a las vacadas y llegaron a matar cinco mastines a la puerta de un corralón alejado. El saqueo era continuo. Los hombres de Sanabria y Carballeda sacaron cayados y guadañas, subieron a las loberas conocidas, formaron batidas para empujarlos a las esperas de la Culebra, cebaron una y otra vez los cortellos de Barjacoba, de Lubián... nada. Apenas alguna vez, oh, príncipe, atisbaron el rastro de su huida siempre en el siguiente valle. Decían los alimañeros que habían de ser animales de más allá de la sierra, bajados porque la nieve estaba muy fuerte en la Cabrera Alta y era el hambre quien los hacía tan astutos. El lobo, mi señor, siempre fue un formidable adversario en aquellas tierras, mas ni los viejos recordaban una camada tan dañina como la de aquel invierno de necesidades y miedos, un invierno que los vecinos pasaron en sus casas cerradas a cal y canto, con un garrote nunca lejos de las manos y la mirada alerta ante cualquier susurro.

Fue la mañana de La Candelaria cuando el sacristán de Gusandanos, que había subido al campanario a destrabar la cadena que le impedía tocar desde abajo, intentando no resbalar en el hielo que cubría los precarios escalones divisó un grupo grande de lobos bajando desde La Cigarrosa hacia el río Conejos. Todo verlos, mi príncipe, y lanzarse a tocar a rebato como presa del baile de San Vito.
    -¡El lobo! ¡El lobo!
Era tanta la tensión y el odio contenido que el sol apenas se movió en lo alto cuando ya respondían las campanas de Monterrubio, de Anta, de Villarejo, de Carbajalinos... Mozos y viejos, mujeres, niños, los hombres se echaron al monte con todas las armas que pudieron reunir. Como fieras contra fieras los acosaron por las cortinas del río y en el vado de la presa del Ti Llanudo abatieron a dos de los suyos. Aquellos animales murieron a palos, a pedradas, alanceados más allá de la sensatez humana. Andresín el de los Catujos vomitó hasta la primera papilla cuando alguien, no sé quién, alzó con su horca los sangrientos intestinos de uno de los lobos. Aún así Tinín el alimañero pudo ver que eran dos ejemplares viejos y flacos hasta la extenuación. Sacudió la cabeza y se apartó de las celebraciones. Habéis de saber, oh, príncipe, que de cualquier forma la fiesta acabó pronto y de súbito.

Hasta la partida de cazadores se llegó corriendo uno de los pocos rapaces que habían quedado en el lugar de Monterrubio: una lobada, aprovechando el abandono, había entrado en el pueblo y causado una espantosa mortandad en las cuadras y en los corrales. Los rebaños habían sido diezmados. El ánimo de aquella gente quedo arrastrado por el fango ante semejante desastre. Habían sido vencidos por una estrategia militar en toda regla.


21 feb. 2010

En Sanabria, a 21 de Febrero de 2010

10 h. 30 m. 26 s.
42º04'09.53"N 6º42'05.83"O h=975 m.



12 h. 40 m. 29 s.
42º04'19.80"N 6º42'08.14"O h=990 m.




12 h. 45 m. 16 s.
42º04'22.31"N 6º42'00.29"O h=992 m.


La idea era haberlas subido según se iban tomando, pero la nevada nos dejó primero sin internet y después sin luz.

¿Se animan a repetir el paseo... aunque sea sobre el mapa?

18 feb. 2010

Memoria de la Emigración II

Laguna de Peces y Forcadura, por encima de Vigo

Adelaida Ramos Morán (Vigo)
Nació el día 15 de 1897 en Vigo de Sanabria, provincia de Zamora. Fueron sus padres Pedro Ramos Prada y Vicenta Morán Rodríguez,de cuya unión tuvieron tres hijos Francisco,Clara y Adelaida, siendo esta última la menor de los tres. Su niñez transcurrió en un hogar muy humilde,pero muy sólido. Contaba con sólo 18 años cuando empezó a tener bien definido lo que deseaba en la vida y se lo manifestó a sus padres diciéndoles que ella no había nacido para labrar la tierra y que tenía otras aspiraciones. Su hermano Francisco ya trabajaba en Madrid en una mansión que poseía una familia de la alta sociedad madrileña (trabajaba como jardinero). Así cada vez que su hermano venía al pueblo a ver a la familia Adelaida siempre le pedía que la llevara con él a Madrid porque quería trabajar. El matrimonio de aquella familia ya tenían varios hijos y necesitaban una niñera,su hermano Francisco habló con los señores para ver si Adelaida podía ser aceptada como niñera de una de sus hijas. A principios no la querían porque era muy joven (dieciocho años) pero pronto demostró su seriedad y responsabilidad en el trabajo que realizaba.

El barrio judío de Villardeciervos

Vicenta Ramos Morán (Vigo)
Nací el 23 de Mayo de 1921 en Vigo de Sanabria provincia de Zamora en casa de mis abuelos matemos Pedro Ramos Prada y Vicenta Morán Rodríguez. Mis primeros años transcurren al cuidado de mi abuelo y de mi tía Clara, pues mi madre trabajaba en Madrid desde algunos años antes de yo nacer. Me quedé al cuidado de mi abuelo y de mi tía,ella ya tenía dos hijos mayores que yo,nos crió a los tres hasta que yo alcancé aproximadamente los siete años.
Mi madre venía a verme cada vez que podía. Ella trabajaba desde los dieciocho años en una mansión que poseía una familia de la alta sociedad madrileña, pues su hermano Francisco ya trabajaba en ese lugar desde hacía tiempo. Mi niñez,hasta donde yo recuerdo,transcurrió en el pueblo,donde tuve la compañía de mis primos (hijos de mi tío Francisco y de mi tía Clara). Yo era una niña muy alegre y me gustaba hacer “maldades sanas”. La casa de mis abuelos tenía árboles frutales (un manzano,un peral,nueces,uvas etc.),me gustaba coger las manzanas,nueces y peras en el árbol, siempre era yo la que subía y desde arriba las tiraba,pero como era “tan maldita”casi siempre les daba en la cabeza a mis primos,ellos se ponían “ farrucos”conmigo y le daban las quejas a mi tía. Ella casi nunca los escuchaba porque tenía delirio conmigo,se ponían celosos y mi tía les decía:¿no ven que ella es más “chiquitina”que ustedes? Yo quise mucho a mi tía porque ella para mí fue mi segunda madre.

Mombuey
Otro recuerdo de mi niñez es que cuando mi madre venía de Madrid a pasar las vacaciones me llevaba al Lago de Sanabria, le gustaba nadar y aprendió a hacerlo por debajo del agua. Un día me dijo “niña”quédate aquí,no te muevas que voy a nadar un ratito, paso el ratito y yo no veía a mi madre,empecé a llorar y a gritarle madre,madre… ¿dónde estás? Cuando de pronto la vi agitando sus manos y me gritaba niña,no te muevas,ya voy,ya voy. Pasé un susto tan grande que jamás se me ha olvidado. Mi madre era una mujer muy tierna y me demostraba su cariño besándome y apretándome contra su pecho.
Cuando mi madre retomaba al trabajo en Madrid yo me quedaba desconsolada. La niña que ella cuidaba tenía más o menos mi edad y era muy rubia,blanca rosada y ojos verdes,sus padres también eran rubios y de tez muy blanca. Cuando yo tenía aproximadamente dos años,mi madre a petición de los señores me llevó para que me conocieran,comentaban que yo parecía que pertenecía a la familia porque todos los hijos (ocho en total) eran rubios y de tez muy blanca. Permanecí en esa ocasión por espacio de quince días o más,jugando con los niños de la casa como uno más. Los señores de la casa quisieron que eso se repitiera, pero tengo entendido que eso no sucedió nunca más.
El regreso al pueblo lo hice en compañía de mi tío Francisco que como mencioné anteriormente trabajaba en la casa como jardinero. Debo confesar que jamás he podido acordarme de los nombres y apellidos de tan distinguida familia, recuerdo muy vagamente que el apellido llevaba la letra “J” por la cantidad de veces que se lo escuché decir a mi madre. Lo que sí recuerdo es que la mansión quedaba en La Puerta del Sol o cerca de ella. Mi madre me hablaba mucho de El Retiro y de la calle de Alcalá.

Triufé
Cuando apenas tenía cuatro años mi madre emigra a Cuba y me quedé nuevamente con mi tía Clara. Tenía aproximadamente seis años cuando mi tía me dijo un día:“niña”hablé con la maestra del pueblo y me dijo que ya las niñas podían ir a la escuela (anteriormente estaba prohibido para las niñas), para mí eso fue una alegría inmensa. Aprendí a leer,pero no a escribir. Digo que no aprendí a escribir porque en ese momento se estaba preparando mí viaje a Cuba pues mi madre ya me estaba reclamando para que fuera a su lado.
A finales del año 1929 emigré con mi tía Clara a Cuba. Esperando el barco permanecimos en La Coruña por un espacio de cuatro meses en una casa de huéspedes. Recuerdo que la señora de la casa tuvo muchas atenciones conmigo y le decía a mi tía que yo era una niña muy guapa,cariñosa y obediente. Nos cogió mucho cariño,recuerdo que cuando se despidió de nosotras lloraba mucho.

San Juan de la Cuesta
Estos fragmentos pertenecen al proyecto “ Memoria de la Emigración Zamorana ”, una recopilación de testimonios de emigrantes y familiares editada en tres volúmenes por la UNED de Zamora y que pueden descargarse gratuitamente en este enlace . Un hito de la historia de España - aunque estos se centren en Zamora, los testimonios son extrapolables a cualquier lugar – escrita por sus protagonistas, con nombres y apellidos. 
La primera parte, aquí.

16 feb. 2010

Memoria de la Emigración I


Héctor Francisco Álvarez (San Pedro de Ceque)
Recuerdo una mañana muy temprano y con mucho frío, típica del invierno que se avecinaba, con un paisaje nevado, llegamos a Calabor, a treinta kilómetros de Puebla de Sanabria, frontera con Portugal. Era un momento de tensión de todos los que allí estábamos, sólo había militares, muy pocos españoles se atrevían a intentar cruzar la frontera. La inspección de papeles y equipaje era muy estricta, sólo podíamos pasar lo indispensable. Vienen a mi memoria las palabras de ese Comandante de la Guardia Civil diciendo que no perdiéramos tiempo y que marcháramos cuanto antes, ya que al otro día sería demasiado tarde, dado que los partes de guerra cambiaban a diario y tal vez la nueva orden fuese impedir la salida. Siempre le estaré agradecido por su generosidad. Esa mañana me despedí finalmente de mi padre con gran dolor pero ilusionado con esta nueva oportunidad que se nos brindaba. Como perseguidos, habíamos llegado a Calabor y casi conteniendo el aliento hicimos el último trámite para abandonar el país, que a esta altura ya se notaba un estado de tensión en todos lados.


Sergio Rabanillo Prada (Triufé)
Su madre, Antonia Rabanillo de Prada,hija de José Rabanillo e Ildefonsa Prada,era parte de una familia campesina pobre,formada por sus padres y tres hermanos, Dolores, Pedro y Gumersindo. Dolores y Pedro viajaron a trabajar, ya siendo Sergio un muchacho,para las minas de Bilbao. Para ayudar a la familia, Antonia se contrató como doméstica en una casa de Valdespino, un pueblo cercano a Triufé. Allí estableció una relación amorosa en la casa donde estaba empleada de la cual nace Sergio Rabanillo de Prada. El padre no lo reconoció y quedó a cargo de su madre. Por las versiones que dio hasta el final de su vida de esta etapa,como veremos más adelante,las relaciones con parte del resto de la familia no fueron buenas,y el ser hijo natural le resultó traumático para el resto de su vida.
Lo crió su madre,aprendió apenas las primeras letras y recibió,especialmente de su tío Gumersindo, un trato cariñoso. Recordaba en particular los crudos inviernos con más de un metro de nieve. En una oportunidad salió con su madre de madrugada,teniendo aproximadamente 12 años,en un carretón tirado por un caballo. Para poder avanzar,tenía que ir doblado sobre las ruedas con un jabón para que pudieran girar. En otra oportunidad,un muchacho y él cogieron por las montañas buscando un atajo para ir a Ourense. Cuando llegaron arriba,la nieve les daba por el pecho. Para salir de esa situación,se dejaron caer rodando por la nieve para bajar la loma.


Angel Lorenzo Iglesias (Mombuey)
Nuestro padre, perteneciente a una familia extensa de diez hermanos, siendo el segundo en el orden de nacimiento y el primogénito de los hijos varones, por lo que, a pesar de que nuestros abuelos tenían tierras, tuvo que dedicarse a trabajar desde muy joven para ayudar a su padre en la economía de la familia. A los dieciséis años y siendo apenas un adolescente se vio en la necesidad de crecerse y separarse del seno familiar para emigrar a Cuba y así salvarse de ser llamado al servicio militar.


Antonio Fernández Unzueta, (Villardeciervos)
Sobre su llegada a la Argentina, no hay demasiadas certezas. Estimativamente, se supone, que llega hacia 1910, porque los relatos afirman que contaba con apenas 15 años, cuando salió de su Villardeciervos natal, en la provincia de Zamora, España. Allí nació un 27 de abril de 1895, a las siete de la tarde, según consta en el acta Nº 376 y creció en el seno de una familia humilde, compuesta por sus padres don Antonio Fernández, su madre, doña Josefa Unzueta, y sus hermanos: Adelina la mayor, Eduardo y Laura, que fallece siendo muy joven y de la que no se conocen mayores detalles.
La primera de ellas [cartas desde Argentina], tiene fecha del 28 de mayo de 1916, y es enviada desde Catriló, provincia de La Pampa. Allí claramente expresa su pesar por no haber escrito antes y manifiesta cierto desánimo. Pero lo más interesante es que comunica su firme decisión de no realizar el servicio militar en España, dando como razones su total desacuerdo con la política imperante que exigía la obligatoriedad del mismo. En Argentina, por un decreto del presidente Urquiza en 1852, se exceptuaba a los españoles del servicio militar. Envía afectuosos saludos a las hermanas y a la madre.
En 1935 muere su madre, quedando pendiente su viaje definitivamente. Este hecho representa tanto para Antonio como para Eduardo una circunstancia muy dolorosa, ya que no puede cumplir su voluntad de volver a verla y mostrar esa prosperidad lograda al llegar a América. De allí que el nacimiento de su segunda hija, Elsa –sumado a que esperaba un varón– no sea narrado con la misma alegría que el primero. Asimismo, comienza a hacer referencia a la situación de España por la Guerra Civil, expresando su dolor y consternación: Con sumo interés sigo los sucesos de España por medio de los diarios, y con gran pena leo como se matan entre hermanos, la mayoría sin saber por qué..., lo esencial sería que quedase terminado cuanto antes y que todos antes que otra cosa se dieran cuenta que son Españoles y que con destruir España se destruyen ellos.


Dolores Ethel Álvarez de Cometto (San Juan de la Cuesta)
Y por las noches las tertulias ¡Ah! Eso si era infaltables [sic] en las charlas, los recuerdos, en los viejos, de su querido terruño que aun sin querer nos atrapaban a los niños y jóvenes ¿Cuántas veces habremos oído nombrar Peña Serrapia, Mercado del Puente, Puebla de Sanabria y mi padre y tíos contar de sus travesuras con las mozas, sobre todo las de los pueblos vecinos?


Estos fragmentos pertenecen al proyecto “ Memoria de la Emigración Zamorana ”, una recopilación de testimonios de emigrantes y familiares editada en tres volúmenes por la UNED de Zamora y que pueden descargarse gratuitamente en este enlace . Un hito de la historia de España - aunque estos se centren en Zamora, los testimonios son extrapolables a cualquier lugar – escrita por sus protagonistas, con nombres y apellidos.

Fotos: Los restos del antiguo paso fronterizo de Calabor.
La segunda parte, aquí

14 feb. 2010

Don Carnal Visita El Puente










Reconozco que no son tan interesantes como las imágenes que nos presenta Carlos González Ximénez...
Pero cómo nos lo pasamos!

Pd. Tenía intención de traeros algunas fotos del Carnaval de Villanueva de Valrojo, pero me temo que tendrán que esperar.

11 feb. 2010

Mares de Tierra Adentro: En las Alturas de Pedralba


DISTANCIA : 8,9 km.
DURACIÓN : 2 horas.
TIPO DE RUTA : Circular, por caminos abiertos.
COMO LLEGAR : Desde A-52, salida 79 Puebla de Sanabria – CL-622 Hasta Pedralba. Ver Mapa
COORDENADAS INICIO : N42 01.468 W6 41.659
CARTOGRAFIA : Nº MTN50 IGN Hoja 267 Cobreros
PUNTOS DE INTERÉS : Vistas panorámicas. Fauna
RECOMENDACIONES : En verano, evitar las horas de mayor calor. Bebida. Cámara de Fotos. Bueno para realizar en bici, aunque con un par de cuestas exigentes.



Iniciamos nuestro itinerario a contracorriente: desde la Ermita de la Virgen del Carmen, de gran devoción en Pedralba, nos unimos al gran Camino Jacobeo, solo que en vez de en busca del apóstol seguimos dirección a Lobeznos . Es un pequeño tramo, que pronto abandonamos hacia nuestra derecha, pero nos permite por un momento casi sentirnos parte de la gran riada atemporal de peregrinos. Este desvío, tras cruzar la carretera de Calabor , nos interna en una hermosa zona de castaños desde donde iniciamos la subida hacia Llampazas. Es el momento en que cada caminante debe marcar su propio ritmo, pues el desnivel puede hacer flaquear a los menos preparados. Pero amigos, una vez coronada la cuesta la recompensa es grande: unas vistas sobre los alrededores que te hacen sentirte como el vigía en lo alto del palo mayor del barco. Allí, en nuestro frente, el Monte del Tejedelo y tras él, las portillas de Padornelo , donde los eólicos tal vez puedan ser velas de otros barcos que se alejan. A nuestra izquierda, quizás babor, la Sierra de la Atalaya , que según avanzamos nos enseñará incluso villas portuguesas en la lejanía. Y a estribor, o derecha, la línea de la costa: los pueblos que se extienden en la otra vertiente del Valle del río Castro, desde Requejo hasta más allá de Cobreros .




El pecho se nos hincha de aire puro y nos vemos capaces de recorrer los montes de uno a otro confín, disfrutando del paisaje y aspirando los aromas de la vegetación de monte bajo que nos rodea. Pero en algún momento hay que iniciar el descenso, y nosotros lo hacemos por Peña Mensa. Este es un desnivel incluso más pronunciado que el anterior, pero también más resguardado al ir acercándonos a parajes con fuentes y arroyuelos. Y así, como marineros de vuelta a puerto, regresamos de nuevo entre castañares hacia nuestro punto de partida, entrando en Pedralba cerca del puente del tren.


8 feb. 2010

Fragmentos de La Ciudad Sumergida

V. Allá abajo




Les contaron la vieja historia de Valverde de Lucerna en una tabernilla del pueblo. Fueron los fabricantes de cohetes cuando en víspera de fiestas tomaban vino tras haber vendido todos sus artificios aquella misma mañana.
“Cuentan por aquí que debajo del lago hay un pueblo –les dijeron entre sorbos-. En épocas remotas un surtidor de agua brotó de la tierra y lo anegó para siempre. Valverde de Lucerna se llamaba. Pero no son más que leyendas...También cuentan que algunas veces se escucha el tañido de las campanas de la iglesia del pueblo dormido. Ya me dirán ustedes...”


Yerba, sobrecogida, apretó la gigantesca mano del buey con sus dedos de ninfa. Carlos apuró la copa. El vino era áspero y pedregoso como la tierra que lo amamantaba. “Yo creo –sentenció con voz profunda- que allá abajo no hay nada más que piedras y oscuridad”. “Yo también –contestó el hombre- pero en todas las leyendas hay un pozo de verdad, ¿no cree?”


[Continua en Por el Color del Trigo]

Texto: alicia
Fotos: xibeliuss


Una vez más tengo la satisfacción de traer a estas páginas el fruto de la colaboración con uno de sus lectores. Alicia, paisana y amiga, nos presenta un cuento "escrito al calor de esta tierra" -según sus propias palabras. Forma parte de una colección inédita que ojalá algún día tengamos la suerte de disfrutar en su totalidad.
Mientras tanto podemos leer la continuación en su magnífico "Por el color del trigo" y recrearnos en su particular universo de momentos cotidianos y magias escondidas.
Un abrazo, alicia.

1 feb. 2010

Orígenes


En agosto de 2001, mi familia se reunió en el pueblo para las vacaciones de verano -ya no vivíamos todos juntos. Sin embargo, a mi padre le habían citado en un hospital de Madrid justo a mediados de mes. Decidimos hacer el viaje en el día para perder el menor tiempo posible de estar juntos.
En el coche charlamos de todo y de nada, como solíamos hacer. Música de fondo, probablemente Van Morrison -al que estaba enganchado entonces-, pero a un volumen tan tenue como para escucharnos con tranquilidad. Cuando no llevábamos más de cincuenta kilómetros, a la altura de la recta de Mombuey, un golpe de viento lateral casi nos sacó de la carretera. Nos quedamos unos minutos en silencio recuperándonos del susto.
-Me alegro de hacer este viaje contigo -dijo mi padre- Quién sabe cuándo podremos repetirlo.
Un “claro que sí, hombre, en cualquier momento” solventó la situación y seguimos charlando por encima de la música.
Estaba muy enfermo ya y los dos lo sabíamos.
Murió apenas cinco meses después.

o O o

Una vez mi bisabuelo tuvo un percance con los mozos del pueblo vecino. Pasaba la noche al claro, vigilando el riego, cuando aparecieron en cuadrilla, le tiraron para la poza y luego la destriparon a conciencia. Eso le salvó, porque no sabía nadar. Peor fue la herida en su orgullo. Algún tiempo después, trabajando de nuevo en las cortinas del río, divisó a lo lejos a uno de sus agresores y se fue para él hecho una furia: “ ¡Ladrón! ¡Yo te mato! Espera que venga mi hijo y verás ¡Ventura! ¡Ventura! ¡Traete los guinchos !” El vecino estaba aterrorizado pensando en lo que aquellas dos bestias -el que le zarandeaba y el hijo que surgiría de la nada en cualquier momento- iban a hacer con él. Se deshacía en disculpas: “ Hombre, por Dios te lo pido, que tengo mujer e hijos, ten compasión” Parece ser que mi bisabuelo le dejó marchar sin darle siquiera un lambriazo.
Mi padre me contó esta historia miles de veces y, cada una de ellas, los dos acabábamos partidos de risa. El chiste era que Ventura, mi abuelo, en el momento del altercado tendría tres o cuatro años y seguramente estaría tan tranquilo en casa, enredando entre las faldas de su madre.

o O o

Mi padre salió de Sanabria muy pronto, con no más de quince años -ni él lo sabía con seguridad. Era el segundo de los que llegaron a ser ocho hermanos, aunque entre los tres primeros y el resto había una cierta diferencia de edad. Partió para Sevilla a trabajar en un cortijo donde antes lo había hecho mi abuelo, y donde lo hacía también otro puñado de sanabreses de distintos pueblos. Pese a la dureza de aquellos años de posguerra no le fue mal del todo. Le encomendaron la tarea de transportar la leche desde el cortijo a la capital, lo que hacía con una calesa de caballos que le daba mucho empaque. Sin control paterno, con algún duro en el bolsillo, libertad en el trabajo... nunca me contó en detalle sus correrías sevillanas. Intercambiaba frecuentes cartas con la familia, sobre todo con el hermano mayor. Ambos estaban preocupados por la salud de la madre, que, pese a su débil constitución, encadenaba embarazos a una edad ya tardía. Mi padre le insistía a mi tío, aún en la casa familiar, que tratase de explicárselo a mi abuelo. O mi tío no lo supo explicar o mi abuelo no le hizo demasiado caso.
Poco antes de abandonar definitivamente Sevilla camino del servicio militar, mi padre recibió carta desde Sanabria: “ Querido hijo: nos alegramos que al recibo de la presente te encuentres bien, así como nosotros, gracias a Dios. Has de saber que el día cinco de mayo nos vino una tremenda helada que ha arruinado toda la cosecha y tres días después te ha nacido una hermana”.
La niña fue mi tía Maruja, la definitiva benjamina.

o O o

Mi padre fue, entre sus hermanos, el que finalmente se quedó con la casa familiar. No era su intención, pero una serie de carambolas y el convencimiento por parte de todos de la imposibilidad de partirla acabaron por hacer que cambiase el resto de las suertes de la herencia por la casa. Con gran esfuerzo económico la arregló -estaba en muy mal estado- y en los últimos años pasó en ella todo el tiempo que pudo, nunca suficiente. Plantó árboles, labró un pequeño huerto. Disfrutaba llevando a sus nietos por el camino del río hasta la Poza del Sastre, aquella a la que habían arrojado al padre de su padre. Debió contar la historia otro millar de veces.
El momento en el que mi padre decidió aceptar en herencia la vieja casa -algo, repito, que no se le pasaba por la cabeza- es el cruce de caminos que me ha traído a vivir en esta tierra.

o O o

Mi hijo no llegó a conocer a su abuelo, pero me pregunta mucho por él. Yo le cuento éstas y todas las historias que consigo recordar.
Es bueno que sepa de dónde viene.