27 jun. 2010

El habla en Lubián y la Alta sanabria


"El rincón NO. de la provincia de Zamora, encajado entre las de León, al N., Orense, al O. y Portugal, al S., presenta unas características especiales que lo distinguen radicalmente del resto del territorio zamorano. Basta ojear ligeramente un mapa de la provincia de zamora para advertir al punto que dicho rincón constituye como un morro o saliente muy marcado en el conjunto de la línea lindera provincial. Quisieramos, desde los primeros renglones, señalar dos hechos decisivos que prueban que ni geográfica ni históricamente existe relación entre esta región y el resto de las tierras zamoranas.
Sea el primero la presencia allí del río Vibey [sic], el único que en toda la provincia no pertenece a la cuenca del Duero, sino a la del Miño, ya que se trata de un afluente del Sil, cuyos primeros kilómetros discurren dentro de las lindes provinciales zamoranas.
En cuanto al lado histórico y humano, señalemos que a partir de Padornelo, y hacia el O., comienza a hablarse no ya otra variedad dialectal, sino otra lengua: el gallego, constituyendo la doble barrera impuesta por los montes, de una parte, y por el habla, de otra, un hecho aislante de esta zona del resto de Sanabria (...)



Apuntemos como hecho significativo que un coche de línea establece el contacto diario entre Puebla de Sanabria y Verín (Orense), y que todos los pueblos situados al O. de la Portilla de La Canda miran en sus diarias relaciones hacia Galicia, limitando su trato con la Puebla, y nada digamos de la capital de la provincia, Zamora, a los trámites puramente ineludibles del papeleo burocrático oficial (...)



La situación de esta zona ha debido ser anómala desde antiguo. Baste para confirmar esta opinión el toponímico Trevinca, nombre del pico de 2.045 m. de altitud [sic. En realidad son casi 100 m. más], en cuya cima convergen hoy los límites de las provincias de León, Orense y Zamora, pero que es nombre antiguo y que indica que muchos siglos antes de la moderna división en provincias ya convergían en él los linderos de tres pueblos antiguos: Trevinca < TRIFINICA. (...)


Ya he señalado en otras ocasiones que al revés de la zona leonesa de Sanabria, en la que el dialecto se pierde a pasos agigantados, por tener sus habitantes un marcado complejo de inferioridad lingüistica al creer que hablan un mal castellano, y oírlo así de boca de maestros y funcionarios, no ocurre lo mismo en la zona zamorana de habla galaico-portuguesa, pues sus habitadores saben que no hablan mal, sino que lo hacen en otra lengua (...)"
Luis L. Cortés y Vázquez: El dialecto galaico-portugués hablado en Lubián (Zamora) Ed. Universidad de Salamanca, 1954.


Y os dejo con una leyenda recogida por el mismo autor en Lubián:

"Todas as mañás, según decían os vellos, saía a eso de nacer o sol, e baixaba onde a cachueira do pozo, e sentándose n unha pedra, púñase a pendarse, recolléndose depois a sua casa.
Cerca de este sitio, hay unha fonte, aonde dita moura iba pol-a agua, pra suas necesidades. A fonte chámase dos sete bocais"


(Traducción aproximada: "Todas las mañanas, según contaban los viejos, salía al nacer el sol y bajaba al salto de agua tras la poza y, sentándose en una piedra se ponía a peinarse. Cerca de este sitio hay una fuente donde la mora iba a buscar agua para sus necesidades. La fuente se llama de las siete bocas (caños)" Creo que se refiere al paraje ahora conocido como la Poza de la Moura, no lejos del Castro de las Muradelas.)


Enlace al libro en Google Books

Pd. El verano es para mí tiempo de especial jaleo. No es mi intención colgar el cartel de "Cerrado por Vacaciones" en ninguno de los blogs, pero sí es cierto que la actividad  -y las visitas a sus respectivos blogs- va a estar más amortiguada. Intentaré estar lo más al día posible y gracias por la comprensión.

22 jun. 2010

Concurso de Microrrelatos: La luz, la luz

Una mañana más. Batín de cuadros. Chanclas de cuadros. Colacao con magdalenas, mesa camilla. El periódico del día, anuncios por palabras, ofertas de empleo.
Comercial, vendedor, encuestador. Empapa la primera magdalena. El día se ve gris tras los visillos. Se está levantando la pintura del marco. Hay que hacer algo o se descascarilla entero.
Señoritas liberales, gente con iniciativa, grandes retribuciones. Segunda magdalena. Hoy falta el de Rajusa. Ah, no, está más abajo. Se habrán retrasado al mandar el anuncio. O que se van a la ruina. Será eso. Cómo está todo.
Uno nuevo: “Gracias, Espíritu Santo
Sí. Gracias.
No te jode.(...)

Pd. Ay, soy un metepatas sin solución. Esta entrada no pertenece aquí, sino al blog "Igual te Interesa". Una vez más me he liado con los botones y el feed está mandando a una página que no existe. Lo siento.
En fin, si os apetece conocer el final del cuento, podéis verlo aqui.

17 jun. 2010

Una muerte en la Puebla del S.XVIII


Creo que todos podéis imaginar lo que suponen herramientas como Google Books para los que vivimos lejos de las grandes bibliotecas o centros de estudio. No tenemos otra manera de acceder a documentos como éste que hallé recientemente.

NOTICIA de una Operación Cesárea, hecha en la Puebla de Sanabria

"Hallándose enferma Narcisa Nieto, de edad de 21 años, mujer de Pablo López, vecinos de la Villa de la Puebla de Sanabria, que estaba embarazada de ocho meses y medio; después de aplicados los medicamentos correspondientes a la enfermedad, que según los síntomas padecía, por D. Joseph de León, Medico titular de dicha Villa, fue llamado el día 19 de Agosto próximo pasado a las ocho de la mañana el Licenciado D. Pedro Perez, Cirujano mayor del Regimiento de Dragones de Villaviciosa, quien la encontró con un accidente al parecer apoplectico; y habiéndose informado de los asistentes le insinuaron hacia cuatro o seis días no sentía el feto, según lo habían oído a la paciente, de lo que se cercioró por el reconocimiento que hizo, hallándola el vientre disformemente abultado, y sin señal alguna de que pudiese estar vivo, conociendo ser esta la causa del accidente, que impedía con su compresión a los vasos principales el regreso de la sangre hacia el corazón. Viendo que los síntomas se aumentaban y que indispensablemente moriría la paciente, propuso hacer la Operación Cesárea con animo de ver si podía libertarla, y si alcanzaba el socorro del Bautismo el feto, lo que no consintieron, aunque hizo varias instancias, y así murió la Narcisa a las 24 horas de su primera visita.



Inmediatamente que falleció, a presencia del Medico y de varios facultativos de Cirugía hizo la Operacon Cesárea en menos de siete minutos, y extrajo dos niñas muertas íntimamente abrazadas, su largo dos cuartas y dos pulgadas cada una; la una perfectamente organizada por lo exterior, y la otra muy defectuosa en partes...
[Continúa con la descripción detallada del estado de los fetos]" Explica el documento que fue D. Francisco Xavier de Torres, Corregidor y Alcalde Mayor de la Villa, quien ordenó que se "hiciese disección anatómica de ellas, y declarase lo que hallase en orden a su estructura interior y exterior"


El artículo fue publicado en 1790 en el libro "Memorial literario instructivo y curioso de la Corte de Madrid, Volumen 21" en la Imprenta Real (Madrid)

Enlace en Google Books

13 jun. 2010

El Gaitero Cojo (y IV)

 (viene de aquí)

Al cabo de unos cuantos años, la edad y los pesares habían ido encogiendo a Felisa hasta convertirla en poco más que un montoncillo de huesos y pellejo, apenas lo justo para que no se desmoronaran sus ropas. Ella, que un día creyó que no le quedaban lágrimas, volvió a encontrarlas a la muerte de su hijo. Y dedicó la vida a su recuerdo y a rezar por su alma, pues de alguna manera comprendió que el cambio de Gelín fue a resultas de un pecado. Y ella, que nunca hizo mal a nadie, se culpó a sí misma: llegó a estar tan orgullosa de su guapo rapaz gaitero que seguro ofendió a Dios con su soberbia, un pecado capital que pagaba con la desgracia de su hijo. Y las horas se le iban rezando, pidiendo por la redención de Gelín y el desvío del castigo hacia ella misma, la pecadora al fin.

Y cuentan que una Nochebuena, al volver de la Misa del Gallo, atizaba las brasas del hogar antes de acostarse cuando sintió una presencia en el escaño. “No te asustes, Felisa, no traigo ningún mal” -escucho, pero no vio a nadie; quizás solo un punto donde la penumbra parecía temblar- “Soy el Ti Prada, tu vecino, y me ha sido dado venir a traerte un mensaje de Gelín: quiere que sepas que fue él, él y no tú, quien ofendió a Dios gravemente y bien que lo está pagando. Que sus sufrimientos son muchos, pero el peor de todos es ver los dolores que sufres sin culpa ni consuelo

Yo salí hace tiempo de donde él está, pero ya entonces sabía de su error y mostraba gran arrepentimiento. Eso, con tu injusto pesar y tus oraciones, han apiadado a los cielos y el mozo va a tener una oportunidad más

Has de encargar una misa, una de gran solemnidad, que cantarán cinco curas y el Cuerpo de Nuestro Señor expuesto en la custodia más rica que conseguir puedas. Y llevarás tres gaiteros a tocar junto al altar” “Pero yo no tengo dinero, ¿cómo lo voy a pagar?” “No te sofoques, mujer: con mucho del dinero que ganó, Gelín enterró un tesoro y ahora te digo dónde has de buscar

_ o O o _

Felisa cerró la cancela del camposanto y entró en la iglesia aledaña. Las campanas llevaban rato llamando a los fieles y el templo estaba de bote en bote, pues no en vano se había corrido la voz que iba a ser la mayor fiesta del Corpus que jamás viera la aldea. Los niños estrenaban los trajes de pana que habían de durarles durante todo el año y los mayores rescataron para la ocasión capas y pañoletas primorosamente bordadas, con olor a naftalina y a manzana. Cada uno en su lugar de la iglesia, sin mezclarse hombres y mujeres, mas todos se pusieron de pie al unísono cuando los cinco sacerdotes salieron en fila de la sacristía. En el lugar de honor del altar relumbraba una hermosísima custodia de oro y piedras preciosas y en los bancos laterales, tres gaiteros templaban sus instrumentos.

Felisa, contra su costumbre, siguió la ceremonia un poco despistada, pues había algo que la inquietaba: un desazón, un no se qué. Había cumplido una por una las instrucciones que le dio el fantasma del Ti Prada: cavó en el escondrijo donde se ocultaba el tesoro, ofreció la nueva custodia, pagó la misa... pero dudaba si habría de hacer algo más, qué se esperaba de ella, si sucedería algo y cuándo sería... Y con este reconcome giraba la cabeza, miraba de un lado a otro y hasta su hija Carmen tuvo que darle un codazo porque se confundió de rezo.

Y cuentan que entonces, en el momento de la Consagración todo quedo en silencio. Los tres gaiteros se aprestaban para el toque de alzar cuando, por el pasillo del centro, amortiguado por las alfombras de honor, se oyó claramente un ruido que todos conocían bien: Toc, toc, toc.

Y empezó a sonar un roncón que no era el de ninguno de los gaiteros del altar y a muchos se le erizaron los vellos al reconocer dos de los tres tonos enteros con los que Gelín empezaba sus bailes: pero el tercero no sonó. Cambió a un acorde muy dulce y la música contó la tristeza de Dios Padre ante el pecado de nuestros primeros padres, de cómo sufrió al expulsarlos del paraíso y de cómo se apiadó de los hombres y decidió enviar a su Hijo unigénito para redimir nuestros pecados y establecer una nueva Alianza de Perdón que no habría de romperse jamás. Y la melodía entonces cantó a la Gloria prometida y el regocijo que nos espera a la diestra de Dios y un coro de miles de ángeles mezcló sus voces con la gaita para alabar al Señor.

Y fue tan hermoso que ninguno de los allí presentes pudo contener el llanto y cuando el cura alzó el cuerpo de Cristo, cuando las últimas notas ya se apagaban, un rayo de luz atravesó la cúpula de la iglesia y llenó la Hostia de luz. El oficiante cayó de rodillas y dijo: “Está escrito: habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Hemos presenciado un sacrificio que ha sido del agrado del Padre. Hoy, un alma condenada ha escapado del infierno y vuela hacia la paz. Alabemos al Señor

A la salida de misa, los vecinos formaron corros junto al cruceiro, asombrado por los prodigios que habían visto y pidiéndose explicaciones los unos a los otros. “¡Milagro, milagro!” -decían los más. De repente, Carmen advirtió la falta de Felisa. La buscó entre los distintos grupos, la buscó en el cementerio y, al no encontrarla, entró en la iglesia de nuevo.

Allí la vio, arrodillada junto a su banco, tan poca cosa que casi pasaba desapercibida. Tenía los ojos abiertos fijos en el altar y la cara como iluminada de una santa luz; pero ya no respiraba.

Había partido hacia el cielo para abrazar, una vez más, a su hijo Gelín, el gaitero cojo.



Si queréis escuchar un toque de alzar tocado por una gaita de fole, pulsad aquí. Es una interpretación de Alberto Jambrina a la gaita y Germán Bragado a los teclados de un toque del (verdadero) Julio Prada. Más información en la página "Gaita de Fole en Zamora"

11 jun. 2010

El Gaitero Cojo (III)

(viene de aquí)

Las noches de los sábados siempre fueron de gran movimiento en la Venta de la Touza Oscura; más cuando se avecinaba el invierno y arrieros y viajantes debían apresurarse en cruzar las Portillas antes de las nevadas más serias. Los sábados se juntaban con los vecinos del Valle, con no demasiada labor en el campo y siendo festivo al siguiente. Así que aquella noche, en la que corrían los jarros de vino y se alzaban risotadas por doquiera, a nadie sorprendió cuando se abrió la puerta y dejó entrar al último parroquiano. Pero, según avanzaba entre las mesas, las voces fueron bajando de tono y los más giraron la cabeza hacia él. Era un hombre enjuto, encogido, que mantenía la cabeza gacha y se cubría con un capote que algo ocultaba. Lo que llamó la atención fue el ruido de su pata de palo marcando los pasos en el solao: toc, toc, toc.

Llegó hasta el mostrador y pidió vino; luego, se giró hacia la concurrencia y dijo “Quizás alguno de ustedes quiera pagar esta jarra a cambio de un poco de danza” y abrió el capote para mostrar la gaita que debajo guardaba. “¡Es Gelín!” -dijo un paisano, y un viajante rompió a reír con estrépito: “¿Y nos quieres hacer bailar con eso? ¡Yo te doy dos duros de plata si la haces sonar siquiera!” Porque el instrumento era para verlo: roncón y punteiro hechos de astillas mal juntadas; las cajas, de espinos, el fole lleno de remiendos y los farrapos, desarrapadas telas de araña. “Hecho” -dijo Gelín, y se desembarazó del capote y se fue para el centro.

Y cuentan que el roncón dio una nota tan profunda como si saliera de los pozos del infierno y sobre ella Gelín marcó un intervalo de tres tonos enteros, y desde allí construyó una melodía que a todos descompuso el cuerpo. Tocaba febril, con los dientes apretados y gesto fiero, y, a la vuelta del cuarto compás, comenzó a marcar el ritmo golpeteando la pata en el suelo y ya nadie pudo parar quieto: todos salieron a bailar, sin mesura ni freno, una danza desconocida para ellos. Y así durante horas y horas, y Gelín reía con carcajadas destempladas y pedía más vino para mojar la payeta, sin dejar de tocar en ningún momento. Y hay quién dice que aquella noche en Touza Oscura hombres y mujeres revolvieron sus cuerpos sin saber quién era quién o qué; pero hay cosas que no deben contarse y los que en verdad allí estaban nunca lo hicieron.

La nueva pronto recorrió los cuatro costados del Valle: Gelín tocaba otra vez y lo hacía como nunca ningún gaitero lo hizo antes, que traía músicas y danzas jamás vistos y que a su embrujo nadie podía dejar de bailar. Su fama se extendió por Sanabria, La Carballeda, aún por la Baña y más allá de La Raya. Todos querían ver esa gaita de astillas, espinas y remiendos, escuchar tonadas que eran rodar y mecer, sensuales como un beso y violentas como un puñetazo en la cara. El gaitero cojo se convirtió en el alma de todas las fiestas: ganó dinero, bebió vino, anduvo con muchas mujeres. Dicen que desprendía una atracción oscura: que era pendenciero, malhablado y orgulloso, que sólo se le veía contento al tocar; pero, que aún así, no parecía una alegría sana sino la calma de un ansia. Nunca le convencieron de volver a tocar en una iglesia, como cuando acompañaba al Ti Prada: “Mi música es baile, no es rezo. Eso, para curas y santos” -explicaba- “No estoy para misas, hay que madrugar demasiado”. Arrastraba tras él una cohorte de vagos y juerguistas que le reían las gracias y a todo decían que sí, aunque él les tratara con desprecio.

Felisa no reconocía al hijo que había criado. Recordaba al niño sentado a los pies del Ti Prada, al que corría por la era en pos de su hermana entre risas infantiles, al mozo que se fue llorando cuando lo llevó el Ejercito... incluso al tullido que volvió de la guerra y no era capaz de conciliar el sueño. No. No era ese hombre que volvía al amanecer, agotado y borracho como un cántaro, aunque ocupase su jergón. No el que retiró la palabra a su hermana, después de una pelea que él provocó en la que casi le mata al marido. No, en fin, el que contestaba con blasfemias a sus dulces reproches. Felisa tenía roto el corazón y no le quedaban lágrimas. Sólo podía mirarle ir en la noche, con la maldita gaita de astillas bajo el brazo, y tumbarse en la cama con los ojos abiertos a la espera de que sano volviera.

Seis años, seis meses y seis días después de aquella lejana Víspera de Todos los Santos, Felisa se incorporó en su cama con un fuerte sobresalto.

Dicen que fue en el mismo momento que, en una taberna, a Gelín le mató un marido descontento.

(continuará)

10 jun. 2010

El Gaitero Cojo (II)

(viene de aquí)

Durante días, Gelín rondó el gran arcón del cuarto de su madre. Lo acariciaba con dedos trémulos, se mordía los labios y acababa por salir de la casa sin hacer nada más. Felisa, sin ser vista, lo miraba hacer mientras retorcía las manos en gesto de dolor. Luego, al huir su hijo, suspiraba desde lo más profundo de las entrañas.

Hasta que llegó el momento en el que, cargado de valor, alzó la tapa y desdobló el lienzo. Allí aguardaba, en profundo sueño, la gaita, la mejor gaita que jamás construyó el Ti Prada para su alumno más querido. Gelín cerró el hato de nuevo, lo guardó bajó el brazo y salió con él como quien lleva un contrabando que hurtar a los guardias. Su madre lo supo, claro, y se retorció las manos con más fuerza. En sus ojos, esperanza.

Y cuentan que Gelín buscó unas peñas apartadas que en el pueblo había y que sacó la gaita y se colocó como tantas otras veces, tal como el Ti Prada le enseñó cuando niño era. Y dicen que muy despacio pegó los labios al soplete y movió los dedos sobre el punteiro, recordando el pulso de las viejas tonadas. Pero no pudo. Ni sus pulmones maltrechos tras las fiebres dieron aire suficiente para llenar el fole ni encontró en la madera los caminos de donde antes surgían las melodías. No pudo. Y del mismo dolor, de pura rabia, estrelló contra aquellas peñas, hasta hacerla añicos, la gaita de las maravillas.

No afirmo que lo que dicen sea cierto: tal lo escuché, así lo cuento. Gelín cayó en el desamparo más absoluto. Y se encerró en casa y no quería salir, pasaba las horas muertas en el escaño de la cocina, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida en el fuego. Apenas hablaba, apenas comía. Y Felisa, que todo lo intentaba por hacerlo mover, presintió que esa negra desesperación acabaría con ellos dos.

Por eso un lunes, al volver del mercado, traía la risa en los ojos. Se sentó junto a su hijo y muy contenta le dijo: “No sabes que pasó hoy” “¿Qué fue, madre?” “Pues estaba con la Ti Tomasa, que ya habíamos terminado la compra, cuando se nos acercó un señorito muy elegante y me preguntó por ti, que teníais amigos comunes en África y se había enterado de tu pesar. Que te iba a ayudar: que tú sabes cómo llamarlo y que no dejes de hacerlo. La Ti Tomasa me contó después que es un señor muy rico y muy viajado, que se ha hecho una casa en La Carballeda donde la luz se enciende si pellizcas la pared, que tiene un ingenio para subir de una planta a otra sin escaleras y que para el jardín ha traído plantas de todo el mundo, también unos árboles que son tres veces más altos que la torre de Mombuey. ¿No es maravilloso? ¿Harás por verlo, verdad?” Y cuentan que el hijo miró largamente a la madre con esos ojos tan abiertos, tanto que Felisa pensó que no iba a responder. Que le temblaban los labios cuando al final dijo “¿Cómo no, madre? Seguro que es el único que me puede ayudar” Y que una lágrima, una sola, corrió por sus mejillas y su madre pensó que era de alivio.

Y cuentan, bajando la voz porque hay cosas que no conviene que todos oigan, que poco después era la víspera de Todos los Santos, que esa noche maga Gelín aguardó que su madre durmiera y salió, con mucho cuidado que su pata de palo no alborotara. Con gran trabajo llegó a un lugar que no he de decir dónde, sólo que antaño allí cruzaban sus caminos pastores y monjes, y, después de asegurarse de estar en soledad, realizó algunos rezos extraños, no los que nos manda la Doctrina, sino otros que un moro malhadado le enseñó en tierras paganas. Y esperó y no pasó nada, y él creyó haberse equivocado o ser todo superchería al fin y estuvo a punto de volverse a la cama, pero se dijo “Ya de estar...” y recitó de nuevo, silabeando con sumo tiento, la invocación sabida. Y, en ese momento, la luna se asomó entre las nubes.

Y alumbró a un caballero que pareció surgir de la noche en mitad del camino, vestido con traje de blancas rayas y un sombrero que llaman “cannotier”, también bastón de caña y fina empuñadura de plata. Que se llegó a su altura y le saludó con mucha ceremonia. “Perdón por el retraso: hay tanto que atender...” -le dijo- “Ya sabes cómo va esto: tú tienes algo que yo quiero, yo tengo lo que tú quieres. Hablemos

(continuará)

8 jun. 2010

El Gaitero Cojo (I)

Contaban los viejos que Gelín, ya de niño, era guapo como un ángel y que nació con una gaita en las manos. No debió ser así, claro: lo cierto es que se crió en casa vecina a la del Ti Prada y desde muy rapaz su mayor afición era sentarse a los pies del gaitero y escuchar embelesado sus tonadas. Y el viejo le cogió tanto cariño que no sólo le inició en sus saberes, sino que con la mejor de entre todas las maderas de urz que tenía curando y el mejor curtido de los pellejos le construyó una gaita de prodigioso sonido, tanto que dicen era maravilla oírlos, el viejo y el crío que apenas levantaba unos palmos del suelo, tocando en los sagraos los días de fiesta en cualquier pueblo de nuestra tierra.

Como es ley los años fueron pasando y Gelín se convirtió en un guapo mozo, orgullo de Felisa, su viuda madre y aún de todo el valle. Dicen que no se afeitaba todavía cuando el Ti Prada reconoció que ya nada más podía enseñarle y le animó a volar en solitario, tan lejos como las alas de su saber pudieran llevarle. Pero el mozo no le hizo caso en esto y siguió tocando junto a su maestro hasta que le llamaron para el Servicio. Eran los tiempos en los que los moros del Riff andaban muy revueltos y a él lo llevaron para Melilla.

La vida a veces discurre plácida como los remansos de un río entre las cortinas y, otras, se precipita en torrenteras sin descanso. Los primeros años de Gelín habían sido muy felices, pese a las estrecheces de un pueblo pobre y de una familia sin padre. El tenía su música, el cariño del Ti Prada y el amor desmedido por su madre y su hermana Carmen. Cuando se vio en África sintió que era un arbolillo al que han arrancado de sus raíces y para el que ya nunca nada podría ser como había sido. Y cuentan que buscó consuelo en los cafés de los moros y que se aficionó a cierta hierba que ellos cultivan y que ayuda al olvido. Y, por lo que ya se verá, también encontró compañías de las que mejor hubiera huido

Pero la situación de los españoles allí se fue complicando: los rebeldes, cada vez mas envalentonados y azuzados por el maldito Abd el-Krim, entraron en Melilla a sangre y fuego y los soldados tuvieron que luchar por sus vidas. Su batallón entró en combate en el Monte Gurugú y fue una horrible masacre donde los hombres caían como moscas, entre gritos de dolor y órdenes de asalto a degüello y sin cuartel. Gelín conoció el miedo y la muerte. Allí dejó cuanto de inocencia le quedaba. Consiguió salir vivo, no entero.

Le evacuaron con un disparo en la pierna. El hospital de campaña era una auténtica carnicería donde los médicos, sin medios y sin tiempo, trataban de salvar a cualquier precio cuantas vidas fuera posible. Gelín fue uno de los cientos de amputados en aquel día nefasto.

Unos meses después regresó al pueblo. Su cuñado -Carmen se había casado ya- lo fue a buscar al coche de línea y lo llevó a casa montado en una burra. Cuando partió era un mozo guapo y sano, siempre con una sonrisa para todos. Volvía con una pierna de palo, flaco como las arañas por unas fiebres no del todo curadas y un gesto amargo que no podía borrar del rostro. Felisa, su madre, sólo lo abrazó y lloró, lloró aún más que cuando estaba lejos.

No, nunca podría ser como había sido. Gelín, en su regreso, sufrió tres dolores que acabaron por confundir su alma por completo. El primero, aunque ya tenía noticia por cartas, fue ver a su hermana casada y haciendo su vida lejos del hogar, cuando en sus sueños infantiles los tres habían de permanecer juntos para siempre.

El segundo fue encontrar cerrada la casa del viejo gaitero. El Ti Prada murió poco antes de poder ver cómo volvía su más querido discípulo. Quizás fue mejor así.

Y el tercer dolor fue el más profundo de los tres.

(Continuará)

6 jun. 2010

Sobre el Mapa - Actualizado 08-06-2010

Nota: Raúl, el amigo que, como se cuenta en el texto, me regaló estos mapas, falleció en el accidente del Alvia en Santiago, en 2013. Queda esta entrada como pequeño homenaje a su memoria.

Dice el diccionario de la R.A.E., aquella que fija, limpia y da esplendor a nuestra lengua que mapa es una "Representación geográfica de la Tierra o de parte de ella en una superficie plana". No soy yo nadie para corregir a tan docta institución, pero, para mí, un mapa es, además, una invitación a soñar. Si el mapa refleja tierras extrañas, desconocidas para nosotros ¿quién sería capaz de resistirse y no planear un futuro -quizás improbable- viaje, pleno de emoción y de aventura? Y si lo que nos muestra es cercano a nuestras vivencias ¡qué placer recorrer con el dedo los caminos que un día hollamos con nuestros pies! O localizar el punto exacto en el que dijimos -o nos dijeron- aquellas palabras que llevamos grabadas a fuego en nuestra alma.

Fuente: Google Earth

En estos tiempos de satélites y fibra óptica nos resulta muy fácil entrar en Internet y encontrar al momento fotos detalladas de cualquier territorio que llame nuestra atención. Pero no hay que olvidar que no hace tanto tiempo los mapas se hacían de otra manera: con los zapatos pegados al suelo y dibujando a mano alzada en pliegos enormes, planos que luego habían de ser comprobados, aprobados y firmados, en los que si era necesaria una corrección, se hacía en tinta roja  y también, por supuesto, a mano, con la caligrafía del técnico responsable.

Fuente: Sigpac

Hace poco recibí a un amigo en casa. Al placer del encuentro quiso todavía añadir dos obsequios:
Uno, la plasmación que se hizo de Sanabria en 1936.


Otro, la joya que encabeza esta entrada, es un mapa del lugar donde se encuentran mis sueños fechado, nada menos, en 1910 ¡Cien años!.


Raúl, si llegas a leer esto, recibe mi agradecimiento infinito. Y quizás algún día podré mostrarte sobre el terreno Llampazas, Peña Alta, Campo Espinoso...


Pd. Por cierto: no sé si es común a otras zonas rurales, pero aquí en Sanabria Carballeda cuando el Catastro lo hacían técnicos a pié de obra tenía muy pocos errores. El último, realizado según creo a través de fotos aéreas, es un absoluto desastre.

Actualización


No quiero dejar de incluir el precioso mapa que nos envía Attaronyo, que, además de paisano, está realizando un gran trabajo de divulgación de la gaita sanabresa: http://www.gaitasanabresa.com/ y el foro http://es.groups.yahoo.com/group/gaitadefole/


Podéis ver el mapa con mejor resolución aquí
Y buscando, buscando, también he encontrado este de Madoz de 1863