29 de feb. de 2012

Desaceleración Redux


¿Saben? A menudo me planteo preguntas sobre este mundillo de la blogsfera. No se asusten, no tengo intención de hacer un estudio socio/antropológico sobre el tema. Es sólo que pronto se cumplirán tres años de mi primera entrada y, durante todo este tiempo, esto ha ocupado una parte muy importante de mis ratos de ocio - y el de unos cuantos lectores.

¿Qué nos impulsa a iniciar y - sobre todo - mantener un blog? Hablo por mí: lo primero, por una vocación de comunicarme. Es un afán altruista; creo que la gran mayoría de los blogueros no obtenemos un duro de esto y la satisfacción viene más por el "eh, miren: aquí hay algo que les puede interesar" -aunque de seguro esconde también un punto narcisista: "es interesante y soy yo quien lo esta contando (y qué bien que lo hago)" Hay, además, otras cosas con las que no cuentas cuando te lanzas por primera vez. Vuelvo a hablar de mí: este blog ha servido para que muchos sanabreses y carballeses de la diáspora tengan un lugar de contacto con su tierra - un inmenso honor y una obligación. Y, por otro lado, los lazos que se crean. Yo he tenido la suerte de conocer en persona a alguno de mis lectores: con todos he sentido un vínculo más allá de los comentarios escritos a vuela pluma. Estoy seguro de que lo mismo me pasaría con el resto. Llega un momento que nuestro avatar, nuestro nick se vuelve translúcido. Más allá de las normas de cortesía entre blogueros, priman los intereses comunes: creo que nadie puede mantener durante demasiado tiempo unas visitas y comentarios a un sitio que no le interesa, simplemente a la espera de la visita y el comentario recíproco.

Y ¿a qué viene todo esto? Pues a que no me llega el tiempo - lloriqueo otra vez, como si fuese el único - y se me acumula el material para presentar, me coge moho en la espera. El año pasado opté por retirarme, pero no me parece una buena idea para este momento. Amio declaró hace poco su Academia Cajander en recesión; yo, como aquellos, no llego a tanto: entro en fase de desaceleración. En la medida de lo posible seguiré compartiendo historias aquí, música en la Arqueta y fotos en Xibeliuss Sólo Fotos. Seguiré visitando y comentando tantos blogs como pueda. No será con la regularidad que me gustaría, pero seguiré por aquí e intentaré acabar todo lo pendiente (incluidas las andanzas de Carambola y Castañuela, que conste).

Creo que ya lo he dicho en más ocasiones: facebook, twiter, google +, están bien para mantener el contacto; pero a mí me gustan los blogs porque tienen contenido. Aunque devoren tiempo.

Pd. No sé si les pasará a ustedes: a menudo releo este blog. Pero sólo los comentarios.

23 de feb. de 2012

Ronda de Hielo y Fuego




Recordaremos este invierno en Sanabria y Carballeda. No por las temperaturas extremas - aunque nos saquen cada día en el telediario: yo, que no soy el abuelo cebolleta, las recuerdo iguales y más bajas - sino por la falta de nieve y de lluvia. Esto sí que no es habitual.

La suma de sequía y maleza (y mala leche) producen indefectiblemente incendios, aún en invierno. Dice D. Alberto de Castro, delegado territorial de la Junta de Castilla y León en Zamora y objeto de una querella criminal por prevaricación y cohecho, que son "provocados por los lugareños" y ha solicitado más vigilancia policial.


Es como si yo dijese - no lo hago - que LOS miembros del SEPRONA del cuartel de Puebla están conchabados con los furtivosLOS lugareños no nos reunimos después del café para subir a quemar el monte. Nunca defenderé el uso de los incendios como arma - es un cañón que hace más daño al que lo maneja que al enemigo de enfrente - pero  un refrán indigena dice que quien siembra vientos recoge tempestades. Y hay declaraciones que son muestra de la actitud con la que se encaran las diferencias de opinión. No son las primeras del mismo tono.


Pd. Me da cosilla salir a "denunciar" cosas como ésta y no decir nada sobre  asuntos mucho más importantes que están ahora mismo sobre la mesa, pero...

1 de feb. de 2012

A Verea da Louxa, por Tanxilde

Una vez más mi amigo y paisano Kiko Blanco, Tanxilde, honra este blog con  una historia portexa, una historia de trabajos olvidados, de amistad y de iniciación con la Sierra y Trevinca como telón de fondo. Espero que la disfruten tanto como yo.


Joaquín tiene 14 años, su amigo Julio  alguno menos. Estamos en la década de los 60, los americanos están pensando en ir a la luna en un caballo lleno de brío pero manso y dócil a la vez llamado Apolo.
En Porto, más modestos, han preparado otro viaje. Unos treinta kilómetros, pero para ellos es la aventura con la que soñaban desde el año pasado, desde que le hablaron de unos montes altos y unos valles muy profundos, allá por Trevinca, tanto que daban vértigo.
Están atemorizados, por lo que les han contado los mayores de la vereda por la que van a surcar estos días… viajes de ida y vuelta durante una semana. Les quita el sueño el dicho de que siempre se despeña un caballo hasta el fondo del valle, aunque los jamelgos que dispondrán son viejos, torpes y lentos, nada de bravura…
Joaquín, para dominar su temor y distraerse, piensa en una anécdota muy graciosa que hace unos años le hizo reír a carcajadas,  pero ahora ni se inmutan las comisuras de sus labios… se acuerda de fulano… no sé el nombre. Que siendo niño como él iba de camino a la escuela. Era tiempo de matanzas y en esto que se topa con una de ellas, el cerdo tumbado en un banco, rodeado por media docena de mozos, berreaba como reo a muerte. Se le ocurre decir al niño.

- ¡Berra, berra cobarde porque te matan… anda que si tuvieses que ir a la escuela, que no harías!!!!


Lo de ir a la escuela es una broma comparado con lo que van a vivir estos días y este recuerdo que en otro tiempo le hizo reír a carcajada limpia, ni le perturba ni le aparta el pensamiento de la maldita vereda.
El viaje de ida hasta la cantera de pizarra durará seis ó siete horas, por lo que salieron durante la noche para que el amanecer les ilumine el camino a la altura de Moncouvo, donde empezará la subida más fuerte y al mismo tiempo hacerlo de mañana, cuando el sol todavía no calienta demasiado… será un tercio del camino.
Julio lleva un rato mirando  a Joaquín, no entiende cómo puede mantenerse encima del caballo dormido y con las manos metidas en los bolsillos; claro que su padre que va caminando delante, lleva las riendas, (lo que no sabe es que solo lleva los ojos cerrados, pero sus sentidos van en vigilia). El sin embargo va cómodamente tumbado en los “feixes de palla” (manojos de paja) que utiliza como colchón, pero  el traqueteo del carro y el sonido del roce del acero de las ruedas con la  roca del camino le impide dar cabezada…aunque  el choque de las herraduras de los caballos con las piedras del camino, (su padre también lleva en los zapatos “de pao” herraduras, para evitar el desgaste de la madera), que emiten el mismo sonido que los caballos,  le hacen  adormecer…


Al pasar a la altura de la “casa de la Cacheta”, casi le entra el pánico al ver la sombra de los caballos y la silueta de los que iban delante proyectadas por la luz del farol que les iluminaba sobre la pared de la cabaña de ganado. Le recordaba las historias de bruxas y apariciones de difuntos en las veredas al anochecer…sintió como se le erizaban los pelos y le penetró un frío gélido hasta los huesos. Pero… seguramente los lobos y jabalíes, también sentirán ese miedo y saldrán huyendo, por lo que dio por buenas aquellas sombras atemorizantes.
En total para la expedición iban dos carros arrastrados por tres parejas de vacas cada uno, en el que iba Julio tumbado, acarreaba la paja que serviría para amortiguar los golpes de la pizarra y no se rompa en el transporte - entre pizarra y pizarra se pone una fina capa de paja - también además llevaban los víveres para una semana de todos nosotros y en el carro de atrás iban los “mañizos” de hierba para dar de comer a los caballos y vacas.
Allí en la cantera de la Mortera, llevaban unos días tres vecinos más arrancando la pizarra de la roca, por lo que cuando llegasen estaría lista para cargar en los caballos.
Cuando llegaron a la altura de Foio Castaño, allí establecieron el campamento, dejaron los carros y almorzaron un frugal trozo de pan con tocino curado al humo y cocido. Para seguir a partir de allí la vereda que discurría como un filo de navaja por la loma de una  montaña que descendía  hacia la cantera. Todavía le quedaba una hora de camino con los caballos.
Las vacas quedaban a cargo de uno de los vecinos que las pastorearía a lo largo del día y evitaría que se perdiesen en la serranía. Durante la noche habían establecido un perímetro en una vaguada del que no saldrían porque les estarían vigilando a turnos. Y si lo hacían sería porque siempre hay alguna vaca que hace de líder y les incita a seguirle, a buscar más seguridad o alimento. (A estas vacas líderes es a las que se les pone un cencerro (chocallo en su idioma, el portexo) y siempre estarán localizadas.
Terminado el almuerzo empezaron a descender por la vereda, por la derecha se hundía la montaña y formaba un valle profundo y al fondo un bosque donde apenas distinguía los árboles. Dicen los mayores que son tejos y tan espesos que hace pocos años los utilizaban los “huidos “como refugio y santuario. A mitad del camino había un recodo con una roca que sobresalía y en el cual muchos caballos tropezaban lateralmente con la carga y se precipitaban al vacío. Era el punto más peligroso del camino. Ese día hicieron dos viajes de pizarra, el resto de los días harían cuatro, dos de mañana y dos de tarde.


Al llegar con el último del día, siempre poco antes de ponerse el sol, para poder recoger leña, (normalmente brezo seco o piorno) y poder mantener una lumbre para condimentar ciertos alimentos, normalmente asar carne y el lujo de un café de puchero, (eso sí para los mayores), descansaban al calor de la lumbre. No faltaba  la bota de vino que se rellenaba de un pellejo de cabra. Y el agua que utilizaban la proporcionaba el nacimiento del rio Xares unos doscientos metros hacia Trevinca. Cuando las ultimas brasas e historias contadas por los mayores se apagaban, se metían enrollados en una manta entre los mallizos de hierba y los feixes de palla.


 Pegados unos a otros para mantenerse calientes y poder dormir y recuperarse del arduo trabajo. El dormir pegados unos a otros también les daba seguridad ante los habitantes de la noche, fuesen bruxas, lobos o jabalíes, que seguro les acechaban desde la oscuridad. Podían oír las conversaciones entre ellos en forma de aullidos, berridos…El sueño llegaba sin apenas enterarse. Julio y Joaquín se quedaban hipnotizados al ver tantas estrellas brillar en el firmamento, y de vez en cuando surgía alguna de la nada y desaparecía de la misma manera, dejando un rastro, brillante y fugaz. (Por ese mismo camino de los cometas y los dioses, había tres viajeros, de los que estaba la humanidad pendiente, (Armstrong, Edwin y Collins.) Su camino era más largo que el de Joaquín  y Julio, más peligroso y audaz, más excitante y grabado en nuestra historia. Pero el de estos dos niños que en estos días empezaron a cruzar la frontera de la adolescencia. Transformó para siempre su personalidad, entre bruxas, jabalíes, lobos y todos los habitantes de la noche.
Por la mañana ordeñaban una vaca del tío Francisco y comían unas sopas de leche muy calentitas para recuperarse del frio de la noche.


Así estuvieron durante una semana en el mes de septiembre. Julio y Joaquín vivieron la aventura que les hizo sentirse hombres, y sabían que durante los primeros días en la escuela serian la admiración y atracción de sus compañeros… seguramente también la envidia de algunos por este viaje que les ha transportado a otro mundo mágico. Porque habían vivido donde lo hacen los lobos, corzos, jabalíes y… todos esos seres que por las noches nos dan tanto pavor. Pero habían sobrevivido, no habían llegado a la luna… pero la habían tocado entre tantos, aullidos, bramidos y sonidos de las noches estrelladas en la montaña.

Texto y fotos: Kiko Blanco, Tanxilde