6/6/2012

Las Estaciones de Sanabria y Carballeda

Lubián


“De pronto, el autobús se ha parado, en medio de la carretera, en despoblado. Detrás del cristal aparece un paisaje esplendido. Hay un fondo de montañas de un perfil muy alargado y lento, suavísimo, tocado por un azul verdoso amoratado. Una leve neblina, vaporosa y sutil, flota aérea, sobre la tierra. El campo está cultivado con una exquisita delicadeza. Unas grandes masas arbóreas, de elegante pompa, encuadran el paisaje. A primer termino...
—¡Qué magnífico paisaje! —dice con la nariz en el cristal mi compañero de viaje—. Qué ordenación perfecta, qué ternura, qué delicadeza...
Mi amigo, ha pronunciado estas palabras con fuerza suficiente para que las oyeran las siete u ocho personas sentadas a nuestro alrededor. Sin embargo, nadie se ha movido. La belleza de la tierra deja, al menos en apariencia, a todo el mundo indiferente. Trato de comprobar la afirmación de mi compañero y mis ojos quedan como suspendidos en las líneas del fondo, en la sutileza con reflejos de absintio de la niebla vespertina, en los primeros términos. Los primeros términos, sobre todo, son bellísimos.
—Mire usted estos campos de primer término, estos campos de patatas... ¡Qué riqueza de verdes profundos y mojados! ¡Qué poesía!

Linarejos - Pedroso
Al oír la palabra patatas, se ha producido, entre los viajeros del autobús un movimiento de curiosidad vivísima. Oigo decir por todos lados a los viajeros: ¡patatas!, ¡patatas! La gente se levanta de los asientos. Hay un desplazamiento general sobre las ventanillas. Los enamorados de los bancos delanteros liquidan raudos sus inocentes juegos amorosos y después de una mirada profundamente significativa quedan como arrobados ante la naturaleza. Ante la mirada de ternura que un hombre o una mujer vierten sobre la naturaleza, ¡cómo no inducir un aumento notorio, seguro, importante, de la sensibilidad de las gentes?  ¡Patatas! ¡Patatas! El autobús de suyo tan monótono y opaco queda como envuelto en un torbellino vital. En el aire de su atmósfera flotan los más apetitosos tópicos geórgicos. Los ojos de los viajeros despiden una luz encendida. De pronto veo a un señor que no puede contenerse. Se levanta brusco de su asiento, da unos pasos rápidos en dirección a mí por el pasillo central —que por una rara casualidad está despejado de bultos y maletas— y me dice con una voz que me parece ligeramente engolada y muy nerviosa, los ojos un poco fuera de las órbitas:
—Pero oiga usted... ha dicho usted patatas, ¿no es cierto?
—Sí, señor, he dicho patatas... —le contesto tímidamente.
—¿Pero dónde están esas patatas? Me lo quiere usted decir?
—Pues ahí, ya las ve usted, en el campo de primer término, salvada la cuneta...
El caballero se dirige rápido y fogoso a la portezuela del coche... Pero llega tarde. El autobús echa a andar después de producirse en sus hierros y aceros un golpe de hipo que nos sacude a todos las entendederas. Los campos de patatas quedan atrás, en la vaguedad de la niebla.
Y yo me pregunto: si el caballero hubiera podido descender del coche, qué hubiera hecho? A qué excesos o quizá a qué arrobos se hubiera entregado su alma apasionada? Por las trazas aquel señor sentía un amor al paisaje frenético. Si el horario nos hubiera dado tiempo hubiéramos visto probablemente repetido lo que cuentan los libros antiguos de ciertos poetas bucólicos y silvestres los cuales sintieron un tal amor a la tierra y a las especies vegetales que crecen en ella que llegaron a comer la tierna hierba y los pastosos tubérculos. ¿Era aquel buen señor un enamorado tan decidido de la corteza terrestre para llegar en sus movimientos sentimentales a ser un herbívoro? O era quizá un poeta silvánico y rústico de esos que al conjuro de las formas de la tierra entran ni contacte báquico y dionisíaco con su musa predilecta?

Pedralba
—Ha visto usted —le digo a mi amigo con una emoción que apenas puedo contener—, ha visto usted cómo aumenta la sensibilidad de las gentes? La contemplación de estas escenas es un espectáculo realmente satisfactorio. Para mi gusto es quizá ya ligeramente excesivo y morboso. En todo caso piense usted el síntoma de salud moral y material que representa este retorno activo, irresistible a la bucólica y al silvanismo. Nuestra existencia terrestre se ha simplificado considerablemente. Este retorno a la naturaleza corregirá sin duda los crecientes embates materialistas de la época.
Mi compañero de viaje asiente con dos o tres profundas inclinaciones de cabeza.
—Realmente yo no sé cómo terminará todo eso —le digo para acabar—. Es muy posible que eso termine con una apoteosis de las verduras, de las legumbres, de los tubérculos y de las frutas y en general de lo que tiene de más agradable y confortador, el paisaje y la naturaleza. No creo que eso sea un mal final. Al contrario. Ese es un final sentimental, matizado de exquisiteces finísimas”

Josep PlaViajes en autobús (1942)

Puebla
Para bien o para mal, las obras del AVE avanzan por Sanabria y Carballeda sin pausa, también sin prisa porque todo en este país parece haberse convertido en titubeante. Para bien o para mal, la línea de Alta Velocidad hará que las estaciones aquí retratadas ya nunca vuelvan a ser las mismas: a fecha de hoy algunas de ellas ya están de hecho semi abandonadas – y cualquier deseable proyecto para su futuro será sustancialmente distinto de su objetivo original. Sirva pues esta colección de fotos – que, algunos ya lo saben, han sido publicadas con anterioridad en xibeliuss sólo fotos - como homenaje a su pasado, como testimonio de su presente y como deseo de porvenir.


El gran Josep Pla viajó en autobús, no en tren, por el nordeste y no por el noroeste, a mediados del S.XX y no en la segunda década del XXI. Y, sin embargo, el paralelismo es evidente.


Hasta en el apoteosis silvánico de las verduras, los tubérculos y las frutas.


Requejo
Música: David Michael Moritz The Water Journey