24 feb. 2013

Inés Camaro: Vivir y crecer en el entorno del Lobo (y 2)

Continuamos con las memorias de Inés Camaro Sánchez:


Un par de años después nos mudamos a otra casa en el barrio de arriba. Teníamos un prado en una zona hacia el norte, tras un monte, que no me gustaba nada, pero había que ir a conducir el agua para que se regase y diera buena hierba.

Pues un atardecer me fui con Chata a guiar el agua a este prado. Chata era nuestra perrita, no era muy grande y de pronto la noté muy nerviosa, ladraba y se ponía sobre las patas traseras intentando que yo la cogiera en brazos. Yo miré para ver que la asustaba pero no vi nada y de regreso a casa, subiendo el monte, empecé a notar una extraña sensación, como de frio en la nuca y como si el pelo se me erizara por la cabeza. Yo siempre llevaba el pelo cortito; mamá nos cortaba el pelo y ella decía que no podía dejárnoslo largo, porque casi siempre nos teníamos que peinar solas y el pelo largo daba mucho trabajo, así que nunca tuve coletas como otras chicas. Cuando estaba en lo alto del monte miré otra vez y entonces ya vi de lo que Chata se asustaba: saltando las paredes de el último prado como si fuera un caballo, venía hacia mí un lobo. Cogí en brazos a mi perrita, volví a mirar y ya eran dos los lobos que venían a toda velocidad. Como una ráfaga pasó por mi mente qué haría "él" si los lobos le persiguieran: un impulso me decía “¡corre,corre!”, pero las piernas no me obedecían y mi garganta no era capaz de gritar y pedir auxilio.


De pronto recordé cuánto era capaz de correr yo, aunque el vestido me estorbara  - entonces las niñas no llevábamos pantalones - y corrí monte abajo como yo sabía, saltando por encima de las escobas, los carpazos y las carqueixas, con mi perrita en un  brazo y la azada en el otro mientras mi corazón golpeaba fuerte en mi pecho y me faltaba el aire. Cuando llegué a la pared del callejón del corralón solté a la perrita y le dije “corre, que yo no puedo más”, me apoyé en la pared tosiendo para recuperar el resuello y miré hacia atrás. Allí los vi, se habían parado y en sus ojos la luz mortecina del atardecer me encandilaba como si fueran luciérnagas. Yo, un poco recuperada la voz, les grité: “¡queríais mi perrita? Pues si queréis cenar ir a cazar liebres” y seguí corriendo hasta casa. Al llegar tan acalorada mi madre me preguntó que porqué había corrido tanto. "Mírate" -  me decía - “con las piernas todas arañadas. ¿Crees que está bien que una niña tenga ese aspecto?” Yo le dije que me habían perseguido dos lobos y, como era de esperar, mi madre no me creyó, pensaba que me lo estaba inventando para que al día siguiente no me mandara ir otra vez. Yo sé que si hubiera sido "él" sí le habría creído y no pude dormir pensando en ello. Esa noche se oyó el aullido del lobo y algunos vecinos vieron sus huellas por la mañana en el camino de Robleda. Mi madre no se disculpó, yo sólo tenía ocho años y además era una niña torpe que no hacía nada bien, siempre tenía las rodillas y las piernas arañadas, tanto que mi padre a veces me decía que yo parecía la piedra del tope de la rueda del carro. La piedra del tope del carro cuando se deshacía por la presión de la rueda se sustituía por otra, pero mis rodillas no se podían sustituir, así que "cuídalas" me decía...


La siguiente vez que vi el lobo estaba con el ganado con mi hermana mayor, también al atardecer. Ya cerca del pueblo lo vimos saltar la pared de las cortinas de La Devesa, y eso era muy extraño, porque el lobo estaba entre nosotras y el pueblo. No era lo lógico. Se ocultó tras unos árboles y nosotras arreamos el ganado hacia un paso que había en una zona llamada La Lavandera. Pues por un portillo caído apareció el lobo, con sus fauces agarró un cordero y salió corriendo. Yo me quedé paralizada, petrificada como una estatua, pero mi hermana corrió tras él con tan buena suerte que por el camino que el lobo se iba estrechaba y se reducía al paso de un carro, y por él venían dos mujeres con un carro de salgueras del rio. El lobo, al verse acorralado, soltó el cordero y trepó monte arriba. Mi hermana regresó al momento con el cordero en brazos. ¡Ella si que era valiente!. Cuando llegamos a entregar las ovejas a una señora le faltaba un cordero, contamos el ataque del lobo y dónde le vimos anteriormente. Nos dirigimos a las cortinas de La Devesa y al llegar vimos un pequeño cordero, medio enterrado bajo los repollos. El lobo lo había enterrado para regresar mas tarde a recogerlo. Ese día el lobo se burló de dos pastorcitas.


Llegó otro invierno y un domingo a media mañana nuestro padre se acercó a ver unos árboles en Santiago de la Requejada, a lomos de la burra. Al mediodía el tiempo tuvo un cambio muy brusco y se puso a nevar, llegó el atardecer y seguía nevando. Mi madre empezó a preocuparse, a eso de las diez de la noche escampó y se quedó una noche estrellada con una luna tan grande que parecía de día. Al ver que mi padre no llegaba, mi madre dijo que teníamos que salir a buscarlo, porque seguro que se habría caído de la burra y estaría con una pierna rota o quién sabe si la cabeza, o tal vez le hubiera atropellado un camión en la carretera entre Otero y Remesal. Me dijo que la acompañara yo. Nos abrigamos y nos pusimos las katiuskas y emprendimos la marcha por la carretera hacia Otero, que entonces era de tierra y guijarros. Era la noche más hermosa que yo hubiera visto; sólo otra noche recordaba tan hermosa y era la de aquella ocasión que regresé en tren de pasar unos días en Madrid con los tíos. También había nieve y el recorrido desde la estación hasta el pueblo lo hice andando, iba en compañía de dos vecinos del pueblo. A mí me pareció que la tierra se había cubierto de diamantes y esa noche brillaban tanto que parecía de día. Pues igual brillaba esa noche, la luna era enorme.


Esa noche la nieve crujía a nuestro paso pues estaba helando. Bajamos las Majadicas, llegamos a Vidoleo y emprendimos la cuesta hacia Otero. Mamá de cuando en cuando llamaba a voces a papá, pero no había respuesta. Cruzamos Otero ya por la carretera de asfalto y llegamos a Prinoy, mamá volvió a vocear, pero nada: miraba por las cunetas temiendo que algún camión le hubiera atropellado, así llegamos a la aserradora de Remesal, donde partía el camino para Santiago. Mamá pensó que si no le habíamos encontrado hasta allí, tal vez decidiera en el último momento quedarse a dormir en Santiago. Nos dimos la vuelta. Para entonces yo ya no sentía los pies, pues la nieve me había entrado por las  botas.

Desandamos el camino y al incorporarnos de nuevo a la carretera de Otero a Triufé, como a doscientos metros al lado derecho hay castaños. Yo llevaba la mano derecha en el bolsillo de mi madre agarrada a su mano y noté que mi madre la presionó con fuerza y dijo: “creo que llevamos compañía”. Yo miré hacia los castaños, donde miraba mi madre, y vi varios ojos brillantes que se movían sin cesar. Mi madre dio varios golpes en el suelo con la vara de la guillada que llevaba en la mano, pero con la nieve apenas sonó, así que nos apresuramos a caminar todo lo rápido que la nieve helada nos permitía. Yo sentía ese frio repentino en la nuca, mis piernas ya no me obedecían y mi garganta era incapaz de pronunciar palabra alguna. Mamá tampoco hablaba y de vez en cuando se paraba y escuchaba.


Ya bajando, casi en el puente de Vidoleo, nos paramos mirando hacia la sarrieta que queda a la derecha, temiendo que los lobos nos salieran al paso por allí. Mamá dijo que no oía nada, pero yo, en lo profundo de mis oídos, escuchaba a la manada de lobos corriendo, jadeando cuesta abajo y me pareció que en cualquier momento saltarían sobre nosotras. Apretamos el paso y mamá dijo que igual teníamos que correr porque esas fieras eran muy capaces de darnos un disgusto.

Cuando superamos la cuesta a las puertas de Triufé nos paramos intentando ver si nos seguían, y sí que lo hacían: por lo alto del monte que da al cementerio, a pesar del brillo de la nieve, sus cuerpos oscuros y sus ojos brillantes destacaban en la noche. Llegamos a casa y al momento todos los perros del pueblo ladraron impetuosamente, pues sintieron el enemigo cerca.

Papá llegó al día siguiente al mediodía. Dijo que no se atrevió a salir con la tarde que se puso.


Teníamos otro prado que en primavera y verano teníamos que ir a conducir el agua y nuestra vez comenzaba a las doce de la noche. Era bastante lejos, cerca del puente de Manzanal, en la antigua carretera a Galicia. Hasta allí íbamos mi hermana mayor y yo y llevábamos la burra. Mi hermana sólo tenía dos años más que yo. La burra a veces se paraba, ponía las orejas tiesas, daba golpes en el suelo con una pata delantera y no quería caminar. Eso no podía significar otra cosa más que el lobo andaba cerca. Nuestra burra era muy valiente cuando se trataba de llevar una carga grande o saltar las paredes mas altas, aunque siempre nos descabalgaba por las orejas, pero cuando presentía al lobo era una miedica. Las noches de luna llena no nos daba tanto miedo, pero cuando no había luna era como ir a tientas y cada carpazo y cada escoba nos parecían monstruosos lobos que nos atacaban.


Lo  que se dice verlo de cerca, al lobo no volví a verlo hasta los catorce años, que abandoné el pueblo; pero oírlo y presentirlo fueron muchas las veces que, quizás sin razón, sentía ese frio en la nuca y esa sensación en el pelo como que se erizaba. Cuando de mayor he leído sobre los lobos, no he encontrado que haya habido ataques de lobos a humanos. Pero el miedo es libre cuando tienes pocos años y, además, los mayores cuentan historias terribles que los pequeños hacíamos ciertas. Hoy, ya mayor, admiro el modo de vida de los lobos; porque viven en manadas, son fieles, respetan las jerarquías y todos cuidan del grupo. Forman una sociedad bastante parecida a la nuestra, sólo que ellos no necesitan leyes escritas para respetarlas. Y pensar que en aquellos años casi se extinguieron... Bueno, se los podía ver abrigando los cuerpos de los humanos.

Tal vez parezca que unas niñas no deberían hacer ciertos trabajos o andar a deshoras regando prados, pero es que, en el mundo rural, cuando empezabas a caminar y sabías llevar un palo en la mano ya te mandaban a pastorear, y en tiempos de siega nuestros padres andaban muy cansados y había que ayudar.

Inés Camaro Sánchez - La niña que no debió ser V


(N. de A.) Algunos ya habrán adivinado quién es "él", pero aún no puedo decirlo porque escribiré más cosas de esta niña, hasta que cumplió catorce años y se vio apartada de esta vida - que ella siempre tanto añoró, a pesar de esos momentos en los que el lobo fue protagonista de sus miedos. Vistos desde la distancia del tiempo transcurrido no son nada comparados con otros miedos que conoció.


Nota: Las ilustraciones de lobos se han realizado a partir de fotos recogidas en feedio.net (1) y en funny pictures images (2), catalogadas ambas como public domain.

16 feb. 2013

Inés Camaro: Vivir y crecer en el entorno del Lobo (1)

 "No hay nada más universal, menos elitista, que el impulso humano primario de dejar constancia de nuestro paso por la vida, de dar forma a la experiencia a través de imágenes y relatos. Por eso conmueven tanto esas manos abiertas impresas en la pared de una cueva, hace decenas de miles de años, o esos cuentos que no han necesitado ser escritos para transmitirse como mensajes de ADN de una generación a otra. Queremos contar lo que nos ha pasado. [...] Pero las historias que se conservan casi nunca son las de los trabajadores, los pobres, los analfabetos. El archivo inmenso de esas vidas se borra casi sin rastro en el tránsito de cada generación"  
Antonio Muñoz Molina - Dejar constancia, 2012 

Quiero agradecer públicamente a Inés Camaro Sánchez que haya elegido este blog para dejar constancia de sus recuerdos.


Recuerdo de cuando era muy pequeña ese cuento de "Pedro y el lobo" y que no era bueno decir mentiras.

Pues con esa idea crecías y tenías que demostrar ser valiente, además yo, especialmente, no podía permitir que nadie pensara que yo pudiera tener miedo a nada, tenía que ser valiente como lo hubiera sido "él"; Pedro no, "él".... Así que no daba un paso o tomaba una decisión sin pensar que haría "él" si estuviera en mi lugar. E intentaba que no se notara la diferencia, aunque ahora sé que era un vano intento. Cada uno es quién es y jamás, por mucho que lo intente, puede ser otro.

La  tierra donde nací y me crié, la comarca de Sanabria en el noroeste de Zamora, tiene un clima bastante riguroso en invierno, con intensas nevadas. En la segunda mitad del siglo pasado se daba caza al lobo, era frecuente escuchar sus aullidos en las largas noches del invierno cuando escaseaba la comida y bajaban de la sierra buscando alimento. Siempre oí hablar del lobo y del cuidado que los pastores de las ovejas tenían que tener, porque éstas o sus corderos eran su objetivo.


Los primeros momentos en los que el lobo influyó en mi vida se remontan a un invierno de nevadas muy fuertes. Por entonces vivíamos en una casa que casi era la última del barrio de abajo, allí vivíamos mis tres hermanas, nuestros padres y yo; yo era la segunda. Era una casa al abrigo de otras casas sin habitar y pajares donde se guardaba la hierba seca o los ramajos. La casa tenía forma de herradura en torno a un corral, en la parte baja había cuadras donde se cobijaban los animales: vacas, ovejas, gallinas, cerdos, una cabra y la burra, entonces todos los vecinos tenían burro o burra pues eran muy útiles para transportar carga. Cuando las nevadas eran intensas los animales no salían al campo, sólo hasta la poza mas cercana a beber agua, comían hierba seca, paja de las cuañeras y ramajos, grano de centeno, remolacha troceada, castañas, manzanas y berzas, que de esta verdura siempre había en invierno porque no se helaba. De ella se hacía también el escaldao para los cerdos, mezclándolas con patatas y harina. De todos esos alimentos se hacía acopio durante verano y otoño y se almacenaban en los pajares.


En uno de estos días de nevada, mientras cenábamos mi padre dijo “Se han visto pisadas de los lobos bien cerca y los perros del pueblo no dejan de ladrar. Hay que atrancar bien las puertas y guardar al perro”. No se equivocó: esa noche, al escuchar mugir a las vacas,  mi padre se levantó, salió al corredor y encendió un fachón de paja que siempre tenía preparado en un soporte de la pared. Cuando bajó las escaleras enseguida encontró las huellas de sus pezuñas: los lobos se habían paseado por nuestro corral.

Al día siguiente, hablando con otros vecinos, supimos que la perra del ti Juan y la ti Teresa había salido tras los lobos y aún no había regresado. Los lobos estuvieron aullando toda la noche. La perra se llamaba Loba y era tan grande como los ellos, era la guardiana del barrio de abajo y la ti Teresa era nuestra guardiana cuando mi madre nos dejaba solas. Loba muchas veces se venía con mis hermanas y conmigo cuando salíamos al campo con las ovejas y compartíamos con ella la merienda.

Pasaron varios días y Loba sin aparecer.


Por fin salió el sol y la nieve se deshizo un poco, se reanudaron las clases en la escuela. Era mi primer curso y vino el cartero con las cartas, pues cuando nevaba el cartero no venía, y los animales pudieron salir al campo. Cuando bajábamos de la escuela al mediodía, al pasar por un corral pequeño junto a una casa habitada oímos unos gemidos lastimeros y nos acercamos a ver qué sucedía. Allí, en un estado lamentable, estaba Loba con su piel hecha jirones; las orejas mordisqueadas, a su boca le faltaban pedazos de carne y parte de sus dientes quedaban al descubierto. Se lamía las patas, o lo que quedaba de ellas, y sus ojos estaban hundidos. Ella gemía y temblaba sin cesar, tenía un sufrimiento indescriptible que nadie sabía cómo aliviar. Creo que ya nadie esperaba encontrarla con vida y allí estaba... Debieron ser varios los lobos que la atacaron para dejarla así.

Nadie supo dónde estuvo ni cómo llegó allí; ni porqué se cobijó en aquella cuadra que estaba a cien metros de la casa de sus dueños. Parecía como si no quisiera que la vieran  tan maltrecha y herida. Todos nos volcamos en cuidarla, pero estaba tan débil que no parecía que pudiera sobrevivir. Con agua y leche se alimentó los primeros días y pasó mas de un mes antes de ponerse en pié. Hasta que no recuperó las fuerzas no regresó a la casa de sus dueños.


Al finalizar ese invierno los cazadores pasaron por el pueblo y llevaban expuestas varias pieles de los lobos que habían abatido. Era costumbre que fueran por los pueblos y la gente les daba obsequios, porque se suponía que la eliminación de los lobos beneficiaba a los propietarios de ganado. Yo pasé la mano por la suave piel y sentí algo extraño que no sé cómo explicar: yo quería mucho a Loba y lo pasé mal al ver lo que sufrió, pero no entendía que tuvieran que morir los lobos.

Aunque fuera mi primer curso en la escuela y no supiera de lo que enseñan los libros, yo ya había aprendido que los animales debían estar bajo el dominio del hombre; por lo menos desde aquel día que me escondí bajo la cama porque no quería oír ni ver matar a los cerdos, aunque no me sirvió de nada porque me encontraron y me obligaron a sujetar el cubo para recoger la sangre. Nunca he podido olvidar el olor dulzón de la sangre caliente chorreando hacia el cubo, tampoco el vapor que desprendía por el frío invernal. Comprendí que de aquello dependía nuestro sustento para el resto del año, al igual que del resto de animales que teníamos. Me enseñaron a tratarlos bien, aunque el final fuera que tuvieran que morir. No era bueno encariñarse con un pollo, o con un cordero, porque desde que nacía ya estaba sentenciado para una fecha. Las gallinas y las corderas servían para aumentar el gallinero o el rebaño. Esto era una de las cosas más crueles del mundo rural, yo reconozco, y no me avergüenzo, haber llorado por algún cordero o un cabritillo al que le había dado besos y abrazos.


Pero los lobos no nos pertenecían, eran animales del bosque y de las montañas y sólo cazaban para alimentarse. ¿Porque éramos sus depredadores? Al preguntarle a mamá por esto ella me dijo que lobo muerto era oveja o cordero que se salvaba. Entonces no había compensaciones para los que perdían ovejas por culpa de los lobos y esto podía causar estragos en la pequeña economía rural, no había seguros que protegieran cuando una vaca se despeñaba en el monte o un cerdo moría del mal rojo etc.etc. Cuando se despeñaba una vaca solía ser en lugares de difícil acceso, entonces la desangraban, la troceaban y se daba carne a todos los vecinos. Si un cerdo u otro animal moría extrañamente se le enterraba al pie de un castaño, bien profundo para que no le desenterraran las alimañas.

A menudo mi hermana mayor y yo nos subíamos al tejado de nuestra casa, a escondidas, para comer uvas de las parras; sobre todo los lunes, cuando nuestros padres se iban al Mercado del Puente. Nos tumbábamos sobre las pizarras y a veces nos quedábamos dormidas, con el peligro de rodar hasta la calle o el corral y caer sobre el tajo de cortar leña o sobre la macheta. Nosotras no advertíamos el peligro: entrecerrando los ojos veíamos  miles de telarañas que se deslizaban con el viento y soñábamos con lo que haríamos cuando fuéramos mayores. Allí nos sentíamos seguras y si venían lobos de cuatro patas - o de dos - nunca nos verían. De los de dos patas nos avisó mamá que eran los peores y que tuviéramos mucho cuidado. Cuando fui más mayor comprendí lo que mamá quería decir con eso y agradecí esos sabios consejos. Supe que sí, que hay lobos de dos patas y que siempre están al acecho. En los últimos años me parece que las mujeres han bajado la guardia.

Nosotras pasábamos muchos días totalmente solas, pues nuestra madre acompañaba a nuestro padre a realizar trabajos muy duros cortando árboles. La madera era parte de la economía de la gente, pues cuando llegaba la siega o la matanza quien más quien menos necesitaba dinero para comprar pimentón o pagar a los segadores, y era entonces cuando recurrían a vender un árbol. El que vendía un árbol sabía que debía que plantar otros tres para que Sanabria siempre tuviera árboles.


Nuestras aventuras en el tejado finalizaron el día en que la tabla donde nos apoyábamos para subir cedió bajo el peso de mi hermana: los clavos se le hincaron en el costado y ella quedó colgando, suspendida del corredor y la sangre chorreando por una de sus piernas. Menos mal que mamá estaba en casa en esa ocasión. No fue fácil rescatarla, pues mamá no la alcanzaba desde abajo. Al final pudo bajarla arrimando el carro para cogerla. Mamá estaba furiosa y creo que tenía un ataque de nervios. Gritaba: ¡Me vais a matar a disgustos!. Fue mamá quien curó a mi hermana. Cuando le apartó el vestido se podía ver como se movían los tejidos internos por entre las costillas abiertas al respirar. Mamá desinfectó la herida y le dio puntos como ella hacía siempre, tenía un valor difícil de definir. A mí también una vez me cosió una ceja, que me rompí patinando en el hielo de la poza. Cuando le contaron como había sido, primero me dio unas chuletas en el culo y después me curó. Mamá nos cosía como cuando cosía la ropa que nos hacía, pulcra y segura, con una aguja de coser normal e hilo normal, agua y jabón casero para limpiar. Entonces no era fácil encontrar un médico urgentemente. Vivía en otro pueblo y el transporte más rápido era la burra.


Puede parecer que nosotras éramos unas pequeñas salvajes y que nos arriesgábamos más de lo que nuestra madre pudiera controlar, pero así era la vida de todos los niños en aquellos tiempos. Las que decían que éramos salvajes eran nuestras tías, cuando venían al pueblo de vacaciones, y es que ellas se habían hecho muy finas: eso de subirse a los tejados o a los árboles ya no las parecía bien. ¿Por qué? Si ellas habían hecho lo mismo...

Inés Camaro Sánchez - La niña que no debió ser V



Nota: Las ilustraciones de lobos se han realizado a partir de fotos recogidas en Beautiful free pictures (1) y en All about wolves(2), catalogadas ambas como public domain.

9 feb. 2013

El Jirón de Niebla y el Lubicán

    - Ven conmigo – dijo el Jirón de Niebla.
      Y fue. Tampoco le quedaba otra
.



   Cuentan, mi señor, que aquella noche de enero Buenaventura volvía a casa por el camino de los tejos como si una estrella hubiese nacido en su regazo. El fuerte viento doblaba los roblicos de la majada hasta que sus ramas sin hojas arañaban el suelo y el granizo picoteaba su rostro con más saña que un enjambre de abejas enfurecidas, pero a él la risa le bailaba en los labios y traía una conversación consigo mismo que llenaba el aire de suspiros. Ella le había dicho que sí. Que hablara con su padre. Y la estrella creció en su pecho.

    Y cuentan que la luna, una luna como sólo pueden ser las lunas de enero, decidió asomarse para admirar a la estrella. Y el camino, antes todo oscuridad, tornó en plata y carbón. Y Buenaventura, aún sin verlos, sintió el resuello de cuatro lobos de tan pardos casi negros que pasaron por su lado corriendo como el diablo. Y cuando el mozo se supo salvo, cuando todo el vello de su cuerpo amansó y volvió en sí, oyó el gorgoteo de unas fauces ansiosas y algo desgarró su brazo hasta el hueso vivo. Y no recordó más.

    Dicen, mi señor, que ella languideció en la espera, pues Buenaventura no regresó para hablar con su padre. Él despertó en su jergón a la mañana siguiente y buscó con sus manos la herida, pero no la encontró. Sólo una cicatriz violeta de cabo a rabo en su antebrazo. Algo nuevo había en su interior. Algo que recorría sus venas como un millón de hormigas hambrientas. Cuando se llegó a la cocina la vaharada de olores golpeó su olfato con la fuerza de un mazo: el rancio unto en el puchero, el pimentón y el orégano de la carne puesta en adobo; incluso el sudor agrio incrustado en las costuras del sayo de su madre. Durante los próximos días todo fue a peor. Conoció las intenciones de sus vecinos escondidas tras gestos y buenas palabras. Descubrió colores insospechados y supo de la podredumbre que acecha bajo unas mejillas rubicundas. Aborreció el fuego y la carne cocinada. Se le cerró la barba. Las hormigas en sus venas le empujaban hacia la sierra. Y cuando la siguiente luna se alzó en los cielos...

    Han pasado unos cuantos inviernos desde aquello. Buenaventura es una criatura en la plenitud de su madurez: grande, fuerte... y solitaria. Le es difícil soportar a sus antiguos vecinos y los evita en lo posible. Ellos también lo hacen. Desde hace tiempo ya abundan las habladurías y las miradas torcidas. Tampoco le soportan aquellos con los que él sí quiere estar. “Eres demasiado humano” - le habían dicho - “No eres de fiar”. Y sabe que tienen razón.

    Esta noche Buenaventura corre al límite de su aliento. Sabe que se ha arriesgado en demasía, pero el invierno viene duro y el sabor a sangre de la borrega que lleva entre los dientes le empujan más allá del cansancio. Siente sobre el pasto las pezuñas de los mastines cada vez más cercanos. Desde más atrás le llega el tufo a quemado en los fachones de los campesinos. También los oye: sus gritos, su ira. Su miedo.

    La carrera le lleva hasta las proximidades de la ermita derruida junto al cruce de caminos. Sabe que si del pueblo vecino ha salido otra turba de cazadores los encontrará en pocos minutos y no habrá salvación, porque no le quedarán fuerzas para luchar contra todos. Percibe – ni huele ni ve - una sombra más oscura que las sombras junto a la tapia del camposanto. “Ven” - dice. Y va. No le queda otra.

    La verja cubierta de herrumbre gira sin el más mínimo ruido. Buenaventura persigue al aire por entre las lápidas hasta la cripta de la ermita y allí ve como retazos de la misma noche toman cuerpo en una figura alta y sinuosa, que se mueve con la suavidad de las meruxas en la calma de la fuente. Así, se despoja de su largo abrigo de niebla, lo pliega con cuidado meticuloso y lo deposita sobre el ara, junto a un cabás de piel pulida por el tiempo. Se viene hasta él y, con dulzura, arranca la borrega de entre sus dientes y la deja descansar sobre el suelo de piedra. Luego, por un instante, roza con su mano la sudorosa fuente de Buenaventura. “Tú también, reposa” - dice. El alboroto de los perseguidores se pierde en la distancia.

    - Sé lo que eres y sé lo que no eres – su acento evoca riscos escarpados en montañas lejanas – Nunca encontrarás la paz ni entre unos ni entre otros. Pero no eres el único. Somos más; de diferentes raíces pero todos iguales. Sabemos lo que significa estar maldito. Llegará un día en que ese algo que hay en tu interior, ese instinto enfurecido será dominado y tu alma romperá la sumisión. Entonces yo tendré una tarea para ti y podrás vivir entre los tuyos.
    - ¿Y si no lo hago?
    - Seguirás corriendo hasta el día de tu muerte. Perseguido por los que detestas. Rechazado por los que anhelas. Con la marca del mal en tu frente y cautivo del sabor de la sangre. Solo. Pero yo no puedo obligarte. Ofrezco una posibilidad. Puedes aceptar. O no.

    En el ventanuco de la cripta la profunda negrura de la noche se difumina ya en grises. La figura se agacha junto a la borrega y acaricia con dedos finos la garganta herida. El aire parece moverse muy despacio allí dentro.

    - Bien: es hora de partir – recoge el cabás de piel y dobla el abrigo sobre su brazo. Sacude una invisible mota de polvo en la solapa – Si te decides vuelve por aquí. Estaré al tanto.
    - ¡Espera! ¿Qué tarea tienes para mi? ¿Cómo sabré si ha llegado el momento?
    - Lo sabrás – y ya no está.

    Buenaventura se encuentra aturdido, como si acabara de despertar bruscamente de un profundo sueño. Intenta atesorar cada detalle de la extraña entrevista, pero, más allá de las palabras, apenas le quedan intuiciones que los sentidos comunes no alcanzan a explicar. Tal vez, el filo aguzado de unos colmillos tras una sonrisa paciente.

    Buenaventura permanece en la cripta mientras el sol se eleva sobre el horizonte. Luego sale a la luz de un nuevo día. Lleva la cordera entre sus brazos. Siente el corazón rebrincando tras las frágiles costillas. Siente la tenue suavidad de la lana contra su hirsuto pecho. En el mismo sitio donde, una vez, a él le nació una estrella.

    La deja en el suelo y la anima a mantenerse sobre sus patas temblorosas.

    - Vamos – dice – Hay que volver.


Nota: Este jirón de niebla se parece tanto al Silas que Neil Gaiman creó para El Libro del Cementerio que, de hecho, es un sincero y rendido homenaje.

2 feb. 2013

El Puente de San Francisco (sobre el río Tera)


Los seguidores más veteranos quizás recuerden esta foto de 1927, pues ya ha sido publicada en el blog y objeto de un experimento retronautico:

El "señor del connotier" es D. Aurelio Mato Romero

En ella - aparte por supuesto del señor de cannotier - llama la atención esa especie de andamio situado delante del Puente de San Francisco sobre el Tera. Entonces yo no conocía su origen y, como soy curioso, pregunté: "Es un puente de madera. Y es anterior al de piedra" - y eso fue todo lo que conseguí."¿Más antiguo?" - me dije - "No puede ser. Yo he visto fotos del puente de piedra y no estaba el de madera" Por ejemplo, ésta, tomada casi desde el mismo punto:


Pero... esperen. Fíjense bien en el arco del primer ojo: ¡no es el mismo puente! - en ese momento yo no lo sabía, pero "el detalle" supone que las dos fotos, tan similares, están separadas por cerca de veinte años como mínimo- Y apareció la imagen que empieza a aclarar las cosas:

Foto: Marcelino Requejo Rodríguez

Sí, aquí están bien a la vista las ruinas del viejo puente. Para conocer el porqué de su desaparación debemos remontarnos a las vísperas de la Navidad de 1909, cuando un fuerte temporal arrasó el norte de la península. Así se reflejó en la prensa:

El País 23/12/1909
Puebla de Sanabria 22 (8 n.)—Por efecto del temporal de agua se ha desbordado el río Tera, arrollando el puente de la carretera de Villacastín á Vigo. Por tal circunstancia esta localidad ha quedado incomunicada con Castilla. Hasta ahora no se tienen noticias de que hayan ocurrido desgracias personales. La lluvia continúa.

La Época 29/12/1909
ZAMORA 27.—Dicen de Puebla de Sanabria que el gran puente de San Francisco, en la carretera de Villacastin á Vigo, fué derribado completamente por las aguas. Las tierras fueron arrasadas; muchos molinos desaparecieron, y sus habitantes consiguieron salvarse saltando por las ventanas.

El Siglo Futuro 28/12/1909
El gobernador ha telegrafiado al alcalde de Puebla de Sanabria ordenándole prohiba que los abastecedores eleven los precios de los víveres, de los cuales carecen aquellos vecinos, que se hallan completamente incomunicados.


Un año después el invierno también se anunciaba bravío. El puente de madera no resistió los primeros embates:

La Correspondencia de España 12/12/1910
Noticias oficiales aseguran que hace tres días nieva copiosamente y que el rio Tera ha crecido extraordinariamente, llevándose un puente provisional que daba paso á Galicia. No se tienen noticias de haber ocurrido desgracias personales.

Ib. 19/12/1910
Comunica el alcalde de Puebla de Sanabria que se está efectuando con gran rapidez el deshielo de nieves depositadas en las sierras, y que por esta causa el río Tera viene creciendo de una manera extraordinaria.


Las autoridades de Puebla decidieron tomar cartas en el asunto:

La Correspondencia Militar, 18/03/1911
Una comisión de Puebla de Sanabria visitó al ministro de Fomento para solicitar la construcción de un puente sobre el río Tera, y de otras obras públicas de interés para la localidad.


¿La respuesta? Pues parece que fue rápida, al menos de palabra. Los hechos... ejem. Encontramos noticia de nuestros puentes en el relato de una excursión turística al Lago:

La Voz, 06/09/1922
Al llegar a Puebla hemos atravesado el Tera por un mal puente de tablas que el Estado declaró ruinoso antes de teminado; une las carreteras de Villacastín-Vigo y la de Portugal. Junto a él se construye un puente de piedra hace ¡diez años! ¡Misterios de la ingeniería o de los que la ayudan!

Si se fijan bien en la foto que acompañaba el artículo advertirán que el puente de piedra es todavía el antiguo, lo que nos confirma que la riada no lo derrumbó por completo y que las obras, efectivamente, iban lentas.


Y así volvemos al principio, a la fotografía del señor del cannotier en 1927 en la que el puente de piedra ya se ve completamente terminado. No he conseguido fijar la fecha exacta de la finalización de las obras, pero el mantenimiento del puente de madera me hace pensar que debió ser próxima. En 1929 se inaguraron en Puebla las obras del ferrocarril Zamora - La Coruña (así se denominó en la época) y una mínima infraestructura previa era indispensable. Salvo algunas modificaciones puntuales, el puente mantiene hoy el mismo aspecto (con algunos hermanos cauce arriba, sí)



[Y todo para decir que este fin de semana se celebran Las Candelas en el barrio de San Francisco de Puebla, justo al lado de este puente]

Pd. Incluso con la dormida vegetación de invierno, la repetición retronautica de la foto del cannotier sigue sin ser posible :)