11 jun. 2009

As Muradellas, enigmas sin resolver


Un enigma arqueológico sin respuestas claras. ¡Cáspita! ¿Y yo iba a abandonar Sanabria sin visitarlo? Debí dar un buen respingo, porque espanté a las palomas que ramoneaban por los andenes. La tarde había transcurrido perezosa en la vieja estación de piedra. Apenas media hora antes hubo algo de movimiento con el tren de Zamora, pero ya sólo quedábamos el jefe de estación y yo, a la espera del último tren del día. Revisando mi cuaderno encontré unas notas apresuradas sobre un lugar que me había parecido fascinante: el Castro de As Muradellas, en el término de Lubián. Con el ajetreo de los últimos días había quedado olvidado y no podía ser. Sin pensarlo dos veces cogí mi equipaje, llamé a la universidad y pospuse mi viaje un día más.
La mañana siguiente amaneció entre nubes, pero yo ya estaba en el aparcamiento de inicio del camino, rodeado de montañas. Ojeando el primer panel explicativo, me sorprendió que el sendero hacia el castro fuera cuesta abajo. La ladera por la que avanzaba hacia mi destino estaba cubierta de brezo y retama en flor, con salpicaduras de gamón, violetas y fresas silvestres. Iba tomando abundantes fotos y notas, sin miedo a perderme: balizas amarillas para la ida, blancas para la vuelta.
A poco del primer desvío encontré un diminuto chozo de pastores, casi escondido entre los robles. Los he visto similares en la zona de los Arribes y me pregunté cómo habría llegado a ésta comarca: ¿influencia arquitectónica, constructores trashumantes? Dediqué un buen rato a dibujar la cuidadosa colocación de las piedras de la bóveda, pero abandoné el paraje precipitadamente cuando me pareció ver como se formaba la figura de un pastor dentro del chozo.
Poco más adelante me refresqué en un manantial que corre ladera abajo hasta encontrarse con el río. ¿Qué me estaba pasando? Era consciente del efecto del embrujo de esta tierra en mi temperamento, pero ¿no iba a ser capaz de terminar un estudio científico en condiciones? A no más de cien pasos tuve la primera vista completa del castro: un desordenado cúmulo de piedras colgado a cuchillo en un meandro sobre el Tuela, en el vértice donde se alcanzan las sierras de Marabón y la Gamoneda. El paisaje era sin duda espectacular, realzado en ese tiempo por los tonos morados y amarillos de la vegetación.


Intenté serenarme leyendo los paneles situados en el embudo de entrada al poblado: se trataba de un asentamiento astur, posiblemente zoela, datado entre los siglos II y III a. de C. Hay muchos cabos sueltos en las investigaciones: sorprende su localización –no parece un punto especialmente estratégico-, sus casas cuadradas de esquinas redondeadas –pero no fueron romanizados- y, sobre todo, sus formidables defensas, con doble muralla, doble foso y doble campo de piedras fincadas. Por su tamaño se deduce que no estuvo densamente poblado y parece ser que fue abandonado, no destruido por la fuerza, después de un tiempo relativamente corto. ¿A qué se dedicaban? ¿Tal vez una explotación minera, que explicaría la breve ocupación? No se han encontrado restos, con lo que es más fácil imaginarlos como ganaderos o cultivadores del lino, ya de fama entonces.
Deambulé entre las piedras fincadas, admirando su afilada talla que el tiempo aún respeta. Su colocación en ángulo y su altura -hoy unos 30 cm., entonces seguro que más- debían dificultar en grado extremo el avance enemigo. Llegué hasta los restos de las casas, me asomé al acantilado para ver el río, diminuto muchos metros más abajo. Por allí se encuentra también la Poza de la Moura, cuya leyenda he de transcribir algún día.
Allí sentado, bajo el sol primaveral que se abría paso entre las nubles, consideré resuelto uno de los enigmas de As Muradellas: independientemente de tu interés por la arqueología, es un magnífico lugar para vivir. O para visitar, porque la senda también había sido preciosa. Admiré como el sol hacía brillar el eléctrico azul de las montañas adyacentes.


¿Azul? ¿No era morado y amarillo? Descubrí que las laderas aparecían cubiertas de campos de lino, con sus bellas flores en plena eclosión. No se veía ni rastro de los robles, ni brezo, ni escoba, ni nada. Temiéndome lo peor, giré lentamente la cabeza: vi como las piedras saltaban hasta colocarse en sus lugares, como las murallas se erigían hasta su altura original, como las casas se techaban de cuelmo y el matorral desaparecía hasta despejar los fosos. Oí risas de niños, cantos de mujeres en sus trabajos… ¡Díos mío, estaba pasando otra vez! ¡El poblado se había reconstruido por completo ante mis ojos y en cualquier momento aparecerían sus habitantes!
- Noble extranjero, yo tengo las respuestas que has venido a buscar. –el anciano estaba junto a mí sin saber cómo, pero era mi oportunidad y debía aprovecharla –Me contaba mi padre que la razón por la que nos establecimos aquí fue…

- ¡Profesor, profesor! ¡Que pierde su tren!
- ¿Eh, qué?
- Su tren, profesor, es el último del día.
Conseguí arrastrar el equipaje a duras penas y encaramarme al tren en el último segundo. Realicé todo el viaje de regreso en estado de estupefacción, tuve suerte de no equivocarme en ningún trasbordo. Al llegar a casa la noche siguiente di un beso distraído a mi señora y me abalancé sobre el ordenador. Allí estaba, en photoxibeliuss.blogspot.com, toda la información y todas las fotos del castro de As Muradellas. Por supuesto, era el lugar que yo había visitado: las piedras fincadas, los restos de muralla, el sendero entre robles y brezo, el río al fondo del barranco… ¿Alguien, por favor, puede explicármelo?
Profesor Herbert Von Patto
Universidad de Chiquitistán 2º Catedrático más laureado
(with a little help from my friends: Patri)

6 comentarios:

  1. Y que hace un profesor como el en una universidad como esa?

    Me hubiera encantado acompañar al profesor Herbert en su bucolico paseo, pero me temo que soy demasiado patosa en el campo. Me hubiera desnucado, seguro. Si ayer mismo, en la seguridad del asfalto que me es tan conocido, resbalé y me hice un esguince, imaginese usted qué no me haría brincando por esos bellos parajes.

    Bisous, monsieur

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  2. ¿Qué me decis, Madame? Os supongo bien atendida, si no ya sabe que me tiene a su disposición.
    Saludos

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  3. O como los sueños se funden a veces con la realidad.
    De lo que no hay duda es que, vistas las fotografías, es un paraje digno de ser visitado y admirado.

    Abrazos.

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  4. Un bonito relato y un paraje bocólico... hecho de menos mucho los pateos campestres....

    Enhorabuena

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  5. Anónimo14/8/09 0:07

    Quizas deberias visitar el castro de hermisende,localizado pero no estudiado.Encontrarias respuestas.

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