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22 feb 2014

Jenaro, el hombre que nunca caminaba solo - por Inés Camaro

De nuevo contamos con la presencia en el blog de Inés Camaro, rememorando en esta ocasión la figura de Jenaro Rodríguez, que fue sastre en Triufé y en Puebla a mediados del siglo pasado. Advierto que la entrada ha quedado un poco larga para lo que son los estándares habituales: también les digo que, una vez que se hayan metido en la historia, es posible que se queden con ganas de más.


Oh, quisiera tanto que tú te acordaras/ de los días felices en que éramos amigos/ en aquel tiempo la vida era más bella/ y el sol más ardiente que hoy/ las hojas muertas se recogen a paladas/ tú ves, yo no he olvidado…/ las hojas muertas se recogen a paladas/ los recuerdos y los pesares también/ y el viento del norte los traslada/ hacia la noche fría del olvido/ tú ves, yo no he olvidado/ la canción que tú me cantabas. (Las Hojas Muertas, Prévert - Cosma)          
El otoño siempre me causa melancolía, añoranza por aquel tiempo de la infancia cuando vivíamos la vida sin complicaciones, los días transcurrían rápidos sin darte tiempo para aburrirte y siempre aprendiendo de nuestros mayores, ellos siempre tan atareados con el trabajo que nunca faltaba. Todas las estaciones eran ajetreadas, sólo allá en el invierno, cuando los días son mas cortos, ellos se tomaban su tiempo para jugar a las cartas durante unas horas.

Cuando al caminar sentía bajo mis pies el sonido de hojas secas, siempre pensaba en Jenaro. Cuando cada otoño el aire juntaba las hojas de los castaños en la varjonca de la Villara y las recogíamos con la carreta con engarillas y un cancillo delante y otro atrás y las llevábamos a la cuadra para que los cerdos tuvieran buen colchón y de paso se comieran las castañas que quedaran de los últimos días, entonces también pensaba en Jenaro. También cuando sobre mis hombros llevaba del medero el feige más grande de paja que mis fuerzas me permitían, caminaba sobre las hojas del camino de la Villara pegado a su casa y a veces, si él estaba en el corral y oía el ruido de las hojas, se asomaba y me hablaba. Él sabía que yo no quería encontrarme con Sofía y me avisaba si estaba en la puerta de su casa o no; pues ella siempre me decía que mi hermana llevaba los feiges más grandes que yo. “¡¡Claro!!, ella es mayor” - le decía yo, pero además me entretenía con la conversación y para entonces yo ya iba justa de fuerzas y tenia que dejarla con la palabra en la boca, y yo sabía que eso era de mala educación. Un día Jenaro me dijo que lo que le pasaba a Sofía era que no tenia hijas que le hicieran los recados como mi madre. En mi ánimo empezó a crecer las ganas de decirle: “Sofía, cásate y verás que bueno es tener quien te haga los recados”. Pero nunca se lo dije. Años mas tarde Sofía se casó con un buen hombre de Santa Cruz de Abranes que la ayudaba, y además tuvo un taxi con él que paseó a los sanabreses por toda la comarca - a las fiestas de los pueblos, al Puente, al Lago, a la estación... Sofía tuvo una hija, pero para entonces mi vida fue apartada de nuestro pueblo. Yo nunca dejé de relacionar las hojas del otoño con Jenaro. Tampoco olvidé nunca sus sabios consejos para enfrentarme a la vida.

Jenaro era esa persona entrañable y especial del que todos querían ser amigos, un sanabrés querido y respetado por todos los que tuvimos la fortuna de conocerle. Un ejemplo de superación para todos nosotros.

La Casa de Jenaro en La Villara
Los primeros años de nuestra vida nos limitamos a ser observadores de los mayores y, después, surge de pronto a quién nos queremos parecer o cómo nos gustaría ser. Pocas veces se logran esos deseos porque cada uno es lo que le toca vivir y sus circunstancias, y eso es irrepetible en cada persona. Según pasaba el tiempo, la niña que no debió ser admiraba a Jenaro, él no era tan serio como los padres ni tan serio como nuestras maestras, con él se podía hablar sin miedo a que se riera de tu ignorancia, o se mofara si llevabas las rodillas rotas o el vestido, que era casi siempre. Él tenía un año más que mamá y su madre y la familia de mamá eran parientes, pero yo no supe, hasta escribir sobre él, que éramos familia, más que de otros. Él te ayudaba a comprender lo que no entendías de los libros y nunca perdía la paciencia. Y yo siempre tuve claro que nuestra vida hubiera sido mucho mas pobre sin la presencia de Jenaro, porque él llenó nuestras vidas de interés por todo lo que sucedía mas allá de las montañas que rodeaban nuestra comarca; porque él era quién mas sabía y siempre estaba conectado con la radio. Pero, a la vez, nos hacía ver lo bueno que había en nuestra tierra y lo afortunados que éramos de estar allí y no en otro lugar.

Jenaro nunca caminaba solo, siempre iba rodeado de pequeños y grandes cuando recorría las calles, camino a la taberna o a la iglesia o a cualquier lugar que fuera. Todos querían ir a su paso y lo más cerca posible para no perderse una coma de lo que dijera - alguna voz siempre pedía: “Cuéntanos algo, Jenaro

La Escuela

Jenaro era hijo de José Rodríguez Prada y Avelina Losada Ramos, vecinos del pueblo de Triufé de Sanabria. Avelina tuvo ocho hijos de los cuales solo vivieron tres: Julia (1924), Victorina (1925) y Jenaro (1928). En aquellos tiempos, la media de hijos en un matrimonio era de ocho o diez, que se murieran tres o cuatro también era normal. Morían muchos niños, de meningitis o por unas simples anginas. Las mujeres se ayudaban unas a otras en esos trances de la maternidad y la madre naturaleza hacía el resto. Jenaro a los dos años sufrió de poliomielitis y, a causa de esto, una de sus piernas quedó prácticamente inutilizada - en el pié llevaba un zapato con un suplemento de algunos centímetros. Para moverse precisaba de una alcayata de madera en la que se apoyaba. Él tenía un carácter afable y nunca se quejaba de su situación, decía que no sirve de nada pasarse la vida lamiéndose las heridas y que había que tirar "p´alante". Su padre, José Rodríguez trabajó a comienzos del siglo XX en las minas de Rio Tinto, y cuando se construyó la escuela de Triufé sufrió un accidente, allá por 1931 -1933: le cayó una viga encima y a consecuencia de ello al poco tiempo murió. La situación para la familia fue tan mala que Avelina mandó a Victorina con un familiar a vivir en Chaguaceda, pero al poco tiempo la niña se escapó y regresó a casa - ella me confiesa que tenía necesidad de madre. Avelina no encontraba cómo salir de esa situación tan difícil y en 1935 tuvo que recurrir a llevarlos al hospicio de Zamora. Ella buscó trabajo en un pueblo cercano en Tierra de Campos, pero Victorina sólo aguantó allí unos meses. A Jenaro nunca le oí hablar del hospicio, salvo un comentario sobre una noche de lluvia y un patio muy frío. Sea como fuere, aprovechó muy bien el tiempo y allí aprendió el oficio de sastre. Cuando regresó a Sanabria, después de dejar el hospicio, puso una sastrería en Puebla, a medias con un primo de Robleda, en una casa de Mato.


Cuando yo conocí a Jenaro ya no tenia la sastrería en Puebla; seguía cosiendo, pero desde la casa de su madre en Triufé. Era un hombre soltero que vivía con su madre (la señora Avelina) en la casa de ésta. Jenaro tenía dos hermanas ausentes del pueblo:Victorina, casada con Pío, ambos ciegos, vivían en San Sebastián – Victorina, trabajando en Madrid, sufrió un golpe en la cabeza que poco a poco la fue dejando ciega, hasta aprendió braille esperando una posible ceguera. Julia era monja y enfermera, estaba en un convento.

Aún después de los años transcurridos me emociona hablar de Jenaro. Mis primeros recuerdos de él son de cuando yo era muy pequeña y vivíamos en la casa de las aventuras, en el barrio de Las Llamas. Él segaba otoño (hierba verde) para el burro con la guadaña, debajo de los manzanos en el Prado del Sancho, detrás de nuestra casa, y silbaba una canción entonces desconocida para mí: El puente sobre el rio Kwai. Yo le veía desde el balcón y me escondía cuando él miraba hasta que cogí confianza. Me sorprendía su habilidad para segar estando cojo y ademas hacia las güeras al prado con la azada y le rastrillaba las hojas secas en otoño, cuando caían después de coger las manzanas. 

Yo entonces era una rapaciña traviesa que caminaba subida por las paredes de los huertos, como las cabras, decía nuestra vecina Rufina – una mujer soltera que vivía cerca de nuestra casa con María Antonia y José, sus hermanos también solteros. Pero es que a ella no le gustaban las niñas traviesas, aunque fueran un poco tímidas como yo, y menos si silbaban como los chicos y echaban carreras en burra y a pelo. Eso no podía ser...

La Casa de las Aventuras

Desde el tejado de aquella casa veíamos a Jenaro cuando pasaba camino de la Puebla, al trote en su burro con las alforjas llenas de paquetes. Le gritábamos: ¿A dónde vas, Jenaro?. A la Villa, contestaba. Él vivía en el barrio de arriba y sabíamos que tenía una sastrería y una radio que escuchaban todos los vecinos, la tenía siempre puesta allí en su galería soleada y las mujeres que lavaban la ropa en el lavadero de la fuente seguían la programación y, a veces, a él se le oía cantar. En 1954,  cuando nació el primer hijo de Victorina, se fue con su madre a San Sebastián y allí estuvo haciendo ropa de trabajo y gabardinas para una tienda llamada "Pluviax". Pero Jenaro sintió pronto la llamada de Sanabria y los dos regresaron al pueblo.

Él tenía muchos clientes en Puebla y en Ungilde, hoy tal vez hubiera sido un sastre de renombre como los que presentan sus colecciones en Cibeles fashion week- Papá estaba muy guapo cuando se ponía las chaquetas que le hacía Jenaro. Bueno, papá era mas guapo que John Wayne y no era tan desgarbado. Cuando Jenaro regresaba de Ungilde, al llegar al bar Buenos Aires los amigos le decían que si mojaban la venta; Jenaro les decía que si y mientras ellos entraban a pedir la consumición, él picaba espuelas a su burro y salía a toda pastilla bajando la Peña el Letrero. Sabía que si se paraba cogería un pedal y sería día perdido, y faena siempre había. Pero que nadie vaya a pensar que Jenaro era tacaño.


Por la carretera, sin luz, Jenaro corría un gran peligro, pues el tráfico de camiones era constante, eso causaba gran preocupación a su madre. En la curva del Puente del Hospital mas de una vez las pasó canutas, pero su burro siempre le traía a casa; si no era erguido, era terciado como un saco. Recuerdo que alguna vez le preguntamos ¿Cómo haces  cuando te cruzas en el puente con dos camiones a la vez?. Él decía que no era cosa suya: el burro decidía, tal vez hasta se subía por las piedras del pretil. Cuando algún domingo en Puebla se prolongaba la velada, Jenaro por la mañana ya se iba directamente al Mercado del Puente a comprar telas, hilos y botones en el comercio de su tío Antonio Rodríguez, para los encargos de la semana, y de paso haber si surgía mas trabajo. Para subirse al burro lo aproximaba a una escalera para hacerlo más fácil; pero si no había escalera, Jenaro se subía trepando por el pescuezo del burro y después se daba la vuelta.


En aquel tiempo de mi niñez, creo que Jenaro era la persona mas intelectual que había en el pueblo: había estudiado en el hospicio y después siguió practicando la lectura. Me han dicho que el Decamerón y algunos ejemplares de Kung Fú formaban parte de sus lecturas,  y sobre todo escuchaba la radio, todo el día y parte de la noche, en su taller de costura. Él encontraba en su radio emisoras que contaban las noticias con otro enfoque. Cuando se reunían para jugar la partida de cartas discutían sobre lo ocurrido en la guerra de Vietnam. Él decía que las guerras sólo beneficiaban a los que hacían negocio con ellas y que siempre habría una guerra en cualquier parte del mundo aunque no hubiera motivos, porque si no los había, se inventaban. Esto a mi me asustaba pues era muy pequeña, y pasó un tiempo en que me daba miedo cruzar un camino por un campo de centeno por si venían a quemarlo con napalm como ocurría en Vietnam. Pero después de los años transcurridos y visto lo visto he podido comprobar que Jenaro tenia razón.

El Taller de Jenaro

Además de la costura, también ayudaba a su madre con el cuidado de los prados que daban hierba para el burro y cuidando de los huertos y cortinas que les proporcionaban alimentos. El centeno para la era y la hierba para el pajar se la traían familiares que les ayudaban, pues ellos no tenían carro ni vacas. Le recuerdo subido en la banqueta metiendo los manojos de centeno en la majadora, esta tarea la hacia siempre el dueño del centeno, pues se pagaba por tiempo de alquiler de la máquina y, salvo que se lo pidiera a otro, siempre el interesado hacía esa tarea.

También un día se puso a hacer un pozo en una parte del corral, pero encontró piedra cuando llevaba cuatro metros y hubo de pedir ayuda para terminarlo. Sus sobrinos, los hijos de Victorina la de San Sebastián, le ayudaron y le pusieron un motor a 125, como era entonces la potencia de la luz en nuestro pueblo, y Felipe y Pacote le ayudaron a antivarlo. También le llamaban para arreglar los fusibles de la luz si a alguien se le fundían; la luz era algo novedoso pues la gente aún estaba acostumbrada al candil. Y se le daba bien poner inyecciones, eso era muy apreciado por todos pues no había practicante y el médico vivía en otro pueblo.

Él era muy inteligente, sociable, audaz, ocurrente, un poco irónico, generoso y muy independiente; algunos dicen que era muy juerguista, yo diría que era de carácter alegre o al menos intentaba dar esa imagen, aunque a veces, tenía días malos con su pierna, pero lo disimulaba. Era muy popular, no he conocido a nadie con más amigos. Gente que se llegaban hasta el pueblo incluso con mal tiempo, sólo por charlar un rato o pedirle consejos, o jugar una partida de cartas como hacían Eulogio, Lauro y Timo, los chicos de la Venta Pichiricha (donde hoy está el hotel Enrimary)


Jenaro, en invierno, llevaba una gorra con orejeras vueltas hacia arriba y los rizos de su pelo rubio le asomaban por debajo. Tenía una mirada clara y serena que daba confianza y su nariz aguileña le otorgaba aspecto de caballero importante; desde luego, él no se sentía para nada desdichado. A mi me parecía que Jenaro era nuestro segundo Quijote de Sanabria, sólo que él no llevaba un caballo ni una lanza, tampoco un yelmo: él se apoyaba en una alcayata y sus batallas eran con la vida que le tocaba vivir, y lo hacía con tal valentía que era un ejemplo para todos nosotros. Nunca se le conocieron amores con Dulcineas, pero, por su habilidad ganándose la vida, bien hubiera podido tener una familia, aunque alguna moza soltera dijera que un hombre lisiado no era un buen partido para una labradora. Su vida amorosa, si la tuvo, no se conoció, pero le gustaba tener calendarios que le alegraran la vista.

Los niños de los vecinos mas cercanos a su casa, y casi todos los jóvenes, pasaban muchas horas en su taller de costura, sobre todo cuando su madre le acompañaba sobrehilando las costuras o haciendo los ojales a las prendas que tenía que entregar al día siguiente. Sus bromas y sus chistes eran inagotables. Un día de bromas, Jenaro nos dijo que sabía como huele un muerto y, cuando le porfiamos con que eso no era cierto, se puso a frotarse una mano con la palma de la otra y al rato nos la dio a oler:  aquella peste es de lo peor que yo he olido en mi vida. A partir de entonces, todos los críos anduvimos con esa tontería. Él tenia unas manos muy expresivas, recuerdo dos de sus dedos totalmente amarillos del humo del cigarro y dos uñas muy largas, el pulgar y el meñique de la mano derecha, de las que se ayudaba para los dobleces de la tela.

En verano venían a visitarle su familia de San Sebastián y entonces presumía de sobrinos, tenía una familia ejemplar y estupenda. Su hermana Victorina, cuando pasaba a saludarnos, le decía a nuestra madre que tenia unas hijas muy guapas; yo pensaba que eso se lo decía a todo el mundo, porque solo con tocarnos la cara ¿cómo podía ella saber si éramos guapas?. Yo no me veía guapa, pero tal vez ella se refería a otra belleza que nosotros no sabemos ver. Lo que sí era cierto es que ella llevaba a sus hijos y marido siempre perfectos y eso si que me causaba admiración.

El camino hacia La Puebla

Cuando Jenaro dejaba la aguja, bajaba a la cocina de mis padres a jugar la partida. Para entonces ya nos habíamos mudado al barrio de arriba, a la casa que habían hecho nuestros padres y la cuadrilla de obreros - ¡por fin teníamos nuestra casa!. A veces me hacían jugar con ellos para completar el grupo. Él me enseñó a dar las señas que había que dar con disimulo y, a cambio, me ayudaba con los deberes, él sabía mas de lo que ponía en la enciclopedia y eso me ayudaba a estar de las primeras de la fila al tomarnos la lección - espero que mi admirada maestra Ana, que leerá esto, no me baje la nota ahora. Sobre todo me ayudó aquel invierno en el que un día, haciendo la comida temprano para ir todo el día con el "ganao" para el monte, me quemé en una pierna con la manteca caliente. Se me volcó la sartén y el chorro cayo sobre mi pierna izquierda, por encima de la rodilla, ya que estaba sentada delante de la cocina de hierro para ahuyentar el frío. Grité tanto que me oyeron desde el pueblo de al lado. La quemadura fue muy profunda porque llevaba unos leotardos de lana que conservaron el calor y cuando al momento mi madre, que no se encontraba bien, bajó a ayudarme, la piel a borbotones salia por entre los dibujos de la lana. Al intentar quitármelos la piel salió pegada a ellos y mi herida creó una corteza que después no se curaba. Todo el día lloré y lloré y solo el hielo de la charca que mis hermanas traían a cada rato me aliviaba el dolor. Al otro día vino el médico y mandó que me curaran con unos apósitos impregnados con una crema; pero pasaron dos meses y no había mejoría, y yo empecé a tener fiebre. Un día mi madre desinfectó unas tijeras y por un borde tiró de aquella corteza y salió todo en un trozo con un olor pestilente. Después de lavar bien aquel hoyo infecto dijo que se me veía el hueso y que ojalá que no estuviera perjudicado. Los tres meses que duró ese calvario mi vida fue muy limitada, a duras penas podía ir a la escuela a la pata coja y el mínimo roce con el pupitre me hacía ver las estrellas; mis hermanas tenían que hacer todas mis tareas. Yo le decía a Jenaro que me diera consejos sobre cómo vive un cojo, pues yo también lo seria. Él me animaba y decía que no me preocupara, que me quedaría una señal para toda la vida y que eso sólo seria un mal recuerdo. A pesar del miedo que sentía, quise creerle porque ya había en mi familia una coja, mi tía Antonia, y mi abuelo José había muerto por una herida en una pierna construyendo la casa que no pudo terminar.

No podía ser tanta mala suerte, me gustaba mucho la música y ya no podría bailar - Jenaro nunca bailaba -, tampoco podría correr ni subirme a los árboles, ni tantas cosas que quería hacer. ¿Qué mierda de vida iba a tener?. Ahora sí que mi padre pensaría que yo era algo inútil que no serviría ni para piedra del tope del carro. Ese invierno Jenaro me ayudó mucho con los estudios y empezó a bromear con la forma de mi quemadura, “se parece al mapa de África” - decía, incluso veía lagos y ríos en sus formas, y así, poco a poco, yo también fui advirtiendo el parecido de mi herida con el continente africano – y a día de hoy todavía lo sigo viendo, pero entonces era difícil imaginarse el Kilimanjaro en ese agujero. Durante mucho tiempo pedía a mi madre que me hiciera los vestidos más largos para ocultarla, pero Jenaro me ayudó a comprender que las cicatrices nos hacen mas fuertes, porque si vivimos para verlas es que hemos vencido.


Cuando Jenaro contaba historias te quedabas embobada escuchando, daba igual que hablara de los viajes de Marco Polo o de las aventuras de Emilio Salgari, dejabas volar la imaginación y te transportaba a lugares lejanos. Pero él decía que como la tierra de uno no hay nada; claro está que para saber eso le hizo falta irse lejos. Él siempre te decía cosas para que tuvieras confianza en el potencial que cada uno llevamos dentro: esto no se dice, esto no se hace, esto es lo correcto. ¡¡El era como un maestro!!. Nunca se cansaba de contestar cualquier pregunta, ¡El lo sabía todo! Yo, lamento no haber guardado alguno de los dibujos y caricaturas que hacía en el cartón o cuartilla donde apuntaban los juegos de la partida, tenia una gran habilidad dibujando con números, ponía un 6 y un 4 debajo y decía, la cara de un retrato, y hacía unos trazos y te dibujaba a Luky Luke, o a él mismo con su gorra de orejeras y el cigarro en la comisura de los labios.  ¡¡ Era genial!!. Yo siempre pensé que Jenaro dejó dibujos y escritos de sus noches de  insomnio. Ojalá fuera cierto.

A veces, durante la partidas de cartas en casa de mis padres, la cocina parecía una lata de sardinas; en torno a la mesa camilla jugaban seis u ocho a la brisca o al tute y después estaban los que miraban y mi madre, en un rincón haciendo punto o cosiendo, y llegábamos nosotras, con frio de la calle después de guardar las ovejas o cualquier otra tarea, y no nos podíamos ni acercar a la lumbre. A veces entre ellos surgían conversaciones de mayores, y solía ser Jenaro quién hacía notar a los demás que había "ropa tendida", refiriéndose a los pequeños que andábamos por allí, porque la conversación podía tomar derroteros un poco pícaros para oídos de niños. Entonces decía: vamos a cambiar el agua a los garbanzos y salían todos de la cocina a la calle y nosotras aprovechábamos para acercarnos a la lumbre un momentito. Nunca he olvidado el olor de aquella cocina, una mezcla de humo de tabaco, de leña en el hogar, brasero y castañas asadas; pero sobre todo el olor de las personas: entre semana olían a hierba seca si venían del pajar, pero los domingos olían a camisas planchadas, cada mujer cuidaba de que su marido fuera mas aparente y entre ellos se picaban; jopé compadre hoy vamos de fiesta, hoy se te fue la mano con la colonia.... Cuando terminaba la partida, unos y otros se marchaban a casa y mi madre ponía la cena en la mesa y le decía a Jenaro si quería cenar con nosotros, pero él se quedaba sentado en su rinconcito bebiendo tranquilamente otro botellín o un cuartillo de vino, hablando con mi padre de las cosas que les preocupaban. Jenaro disfrutaba de la vida que tenía, siempre me pareció que, a su modo, era feliz. Mas ¿Cómo puede una niña juzgar eso? Yo lo veía en su semblante y, quisiera no haberme equivocado.

El tiempo pasó muy deprisa, los meses corrían tanto como yo al hacer los recados de mi madre, muchas veces la engañaba cuando, enfrascada en la costura, no se daba cuenta de que al repetirme que fuera por paja al medero o por berzas al huerto, yo ya había ido y vuelto sin que ella se diera cuenta. Las estaciones se sucedían, apenas acababa el invierno y ya llegaban las golondrinas a sus nidos de los aleros de los tejados o las vigas de las cuadras, criaban y volvían a partir y así llegó el tiempo de mi partida.

La Carretera

No pude despedirme de Jenaro. Al cumplir los catorce años, mis padres me enviaron a Madrid a trabajar y ya no le vi más tal y como lo guardo en mi recuerdo. Porque el siguiente año volví de vacaciones pocos días, a los dos años regresé enferma con anemia y todo aquello de las partidas de cartas y el baile de los domingos se había terminado y perdimos ese trato tan cercano. Cuando me recuperé me volvieron a mandar a Madrid y después mis padres también se fueron.

Su madre murió el 13 de Febrero 1975 en Triufé. Cuando él enfermó lo llevaron al Clínico de Zamora y le operaron, pero no pudieron hacer nada, el cáncer que padecía estaba muy avanzado. Se recuperó un poco y regresó al pueblo por poco tiempo, después le llevaron al hospital de Toro y allí murió el 2 de Mayo de 1977. Esa maldita enfermedad llamada cáncer se lo llevó. Por poco llegó a estar junto a él, en sus últimos momentos, su hermana monja Julia, destinada por su congregación en Puerto Rico: en esas fechas hubo un huracán en la isla y estuvo a punto de no poder venir. Jenaro ya no regresó a su pueblo, a nuestro pueblo, para descansar cerca de los vecinos que le trataron y disfrutaron de su compañía.
Julia murió en 2002, en la casa de su hermana en San Sebastián. De los tres ya sólo queda Victorina, con sus hijos Lourdes, José Mari y Javier; ella, en su mundo sin imágenes, ha sabido ser la luz que ha guiado a la familia. Siguen visitando la casa en Triufé, muy bien conservada, y el espíritu de Jenaro está sin duda en ella.

El Horno de Jenaro

Siempre le recordé con cariño y admiración, pues era buena persona - el pueblo ya no era lo mismo sin él. Yo no he sabido hasta este verano, (agosto de 2013), por boca de su sobrino Javier (que es muy parecido físicamente a él), que el padre murió a consecuencia del accidente en la construcción de la escuela; nadie me contó eso, es como si nadie quisiera recordarlo. Yo estaba orgullosa de esa escuela que habían hecho nuestros abuelos en días de concejo, pero este accidente dejó a unos niños sin padre y condenados a un hospicio. Pienso que alguien con autoridad tenia que haber protegido a esa familia, pero en los años 30 poca o ninguna ayuda se daban a los pobres. Pero, ¿Y después? Algo se tenia que haber hecho, (es de justicia). No puedo comprender de donde sacaba Jenaro ese buen humor y alegría que siempre tenía.

A veces, cuando camino por nuestra calle, pienso que vienes por la curva de la poza y que me voy a encontrar con tus ojos claros y tu amplia sonrisa, y me preguntas  ¿Cómo te va? Y yo te digo: ya lo ves, peino canas pero conservo las dos piernas, a veces he vivido peligrosamente y he tenido días de furia; pero eso sólo era como un relámpago, enseguida volvía a mi la paciencia, la perseverancia y la constancia que aprendí de ti. - Pero no jugaste a la lotería, exclamas . Y ¿Para que? - te contesto. La mejor lotería fue nacer en esta tierra y haberte conocido. Ya sé que te dije que cuando me tocara la lotería pondría en marcha mis proyectos en Triufé, pero en la distancia perdí las energías. Y quiero pedirte perdón por todas las veces que perdiste a las cartas jugando conmigo y te tocó pagar las consumiciones de los compañeros de juego. Me diriges una sonrisa y te vas silbando El puente sobre el rio Kwai apoyado en tu alcayata. Te llamo, ¡¡¡Jenaro!!! - tú me contestas, ¿Qué?... No, nada. Que siempre me acordé de ti. Gracias, Jenaro, por ese tiempo que compartimos, aunque algunas veces me llamaras "ropa tendida": yo ya sé que a la ropa tendida hay que tratarla con mimo, esmero y delicadeza. 

Adiós, Jenaro.

La niña que no debió ser- VII  de Inés Camaro Sánchez.

N.A. - Uno no muere cuando la vida le abandona, muere cuando los demás dejan de recordarle. Mi agradecimiento a las personas que me han ayudado a la recopilación de datos: Delfina Sotillo, Antonia y Marcelino Ramos, José Prada, José Rodríguez, Remedios Rodríguez, Conchi Rodríguez, Javier Pérez Rodríguez y sobre todo a Victorina Rodríguez Losada.


10 dic 2013

El Pozo del Prado del Boticario, por Inés Camaro

Nuestra común amiga - y ya colaboradora habitual - Inés Camaro ha continuado su investigación sobre la familia de D. Manuel Carbajo. Les dejo directamente con la historia:


    Quizás no eran más que unos matasiete de tres al cuarto, de esos a los que sólo el vino les da valor suficiente para acometer sus fechorías. Dicen que estuvieron en la Venta de Manzanal, jugando a las cartas y haciendo correr el jarro hasta que se les acabó el dinero y el dueño los puso en la calle con cajas destempladas. Caía ya la noche. En la Villacastín Vigo intentaron atracar a unos caminantes, pero el botín que reunieron fue tan escaso que sólo sirvió para azuzar sus ínfulas de valentones.

    Al poco de seguir la carretera divisaron a su derecha una casa de buen porte en medio de un prado, algo alejada del barrio más cercano. Pensaron que aquel sí sería un golpe fácil – y provechoso. Se fueron por ella.

    Y antes de cruzar la cerca, desde la ventana más alta una voz imponente les dio el alto y sonaron cuatro disparos. Una mujer pidió auxilio desde la parte trasera. Enseguida se encendieron luces en el barrio cercano. Alguien tocó la campana de la iglesia. Un grupo de vecinos, unos a medio vestir y otros sólo en camisa, se echaron a la calle con tornaderas y fachones ardiendo. Dicen que los matasiete no pararon de correr hasta más allá de Las Portillas.


    El hombre que desde la ventana realizó los disparos al aire era el teniente de la guardia civil D. Manuel Carbajo; la casa en medio del prado, la que él construyó para vivir en Triufé junto a su familia. Esa noche comprendió que podía contar con sus vecinos para lo que necesitase de ellos. Corría el primer tercio del S.XX.

    Como ya he contado, Don Manuel fue destinado a Cuba poco antes de la pérdida de ésta y estuvo preso. A su regreso conoció a Maria Oterino Sotillo, vecina de Triufé, y en 1900 se casó con ella en la iglesia de San Lázaro, en Zamora. El 13 de Diciembre de 1903 nació su primera hija, Lucía, que apenas dos años después murió de anginas, en el puesto Martínez de Avila, cercano a la Sierra de Gredos. El 10 de Enero de 1906 nació su hija Rosario en Tábara (Zamora) y el 6 de Mayo de 1908, también en Tábara, el primer varón: Manuel Alfonso, uno de los protagonistas de nuestra historia.

    Pero todavía la familia tuvo que pasar por otra dolorosa pérdida: el 30 de Enero de 1909, en la casa cuartel de Manganeses de la Lampreana, falleció su esposa María. D. Manuel quedó viudo con una niña de 3 años y un niño de 8 meses. Difícil situación. Maria Cruz Oterino, la hermana pequeña de la fallecida, se trasladó junto a ellos para ocuparse de los niños. Y no tardó en surgir algo más, porque el 9 de Septiembre de 1909,  la nueva pareja contrae matrimonio en la misma Iglesia de Manganeses.


    Maria Cruz le dió su primera hija, Victorina, el 11 de Marzo de 1911, y el 10 de Agosto de 1913 nació Luís, el otro protagonista de esta historia. La familia estaba destinada entonces en Villardeciervos.

    María era Triufé, María era Sanabria, y creo que fue ella quién pidió el regreso a Triufé; pero el pueblo tenía que sufrir una transformación para que poder convertirse en el ideal, en el sueño de alguien, y D. Manuel emprendió con ganas el cambio que ya he contado en otra entrada.

    La casa se empezó a construir en los primeros años 20, pues a su llegada residieron antes en otra, propiedad de la familia de María, que resultaba muy pequeña para los cuatro hijos y el matrimonio. El lugar elegido fue el Prado del Boticario, con una situación magnífica pese a quedar un poco apartado.


    Desde el primer momento, los hijos varones se habían incorporado a la escuela de Triufé, que entonces era sólo para hombres. Las niñas debieron esperar hasta que entró en funcionamiento la nueva escuela mixta. Como tantos otros padres, la ilusión de D. Manuel era dar a los chicos estudios superiores, enviarlos a alguna academia militar para que siguieran sus pasos o alcanzaran mayor graduación; pero al cumplir los catorce años, Manuel, el hijo, se negó a seguir estudiando. El padre pensó que la forma de hacerle cambiar de idea era enseñarle lo que es un trabajo duro, y lo mandó a picar piedra en la cantera que les surtía para la casa. No contento con ello, también le colocó de aprendiz de carpintero en Paramio – probablemente con el maestro al que encargaron las puertas y ventanas. Entre tanto, Luís también terminó la escuela y tampoco quiso continuar los estudios, con lo que igualmente se incorporó a la obra.

    Cuando se acabó la construcción de la casa, D. Manuel preguntó a sus hijos si habían cambiado de parecer, pero ellos seguían en sus trece: de estudiar, nada de nada. Entonces D. Manuel subió la apuesta: tenían que construir un pozo.

    La nueva casa tenía mucho terreno donde hacerlo, era una gran finca llena de buenos árboles: nogales, manzanos, ciruelos, perales... todos ellos con buena sombra. Pero D. Manuel decidió que no habría de hacerse allí, si no en otra finca, a unos ciento cincuenta metros de la casa, donde no había sombras y, si algún día sacaban agua, tendrían que pedir permisos para llevar el agua hasta la casa. Y allí comenzaron Manuel y Luís a picar con pico y pala, que en aquellos tiempos era el modo de realizar ese trabajo. Cuando fueran profundizando algunos metros y ya no pudiesen tirar fuera la tierra con la pala, pondrían unos palos como soporte para colgar una roldana y con un cubo y una soga sacarían la tierra poco a poco. Con sólo un metro hubieran podido plantarse y decir a su padre que estaban dispuestos a complacerle aceptando su propuesta de ir a la academia, pero no fue así y siguieron picando. Las chicas les traerían agua de alguna fuente con el botijo para calmar la sed. Además de tierra, encontrarían piedra y tendrían que poner algún barreno para traspasarla.


    Mas de ocho metros tiene el pozo: no parece mucho, pero, para hacerlo con esos medios, es una barbaridad. Imagino sus manos llenas de llagas por el roce de los mangos de las herramientas y el roce de la soga al subir la tierra con el cubo, todo su cuerpo dolorido por el esfuerzo. Y, tal vez, un poco de amargura en el alma. Seguro que cuando sonaban los cohetes y las campanas repicaban por la fiesta de algún pueblo, a ellos no les quedarían fuerzas para ir y caerían rendidos al terminar el día. Y si alguna vez se acercaron un rato al baile de cualquier pueblo, seguro que por la mañana a la hora señalada tendrían que estar en el pozo picando, pues conociendo a D. Manuel seguro que les diría: “El que vale para ir de fiesta, también vale para trabajar” También tendrían que ayudar en las tareas de la siembra, la siega y la maja de la cosecha, que en aquellos tiempos aún se hacía a manal, y la siega de la hierba de los prados y la recogida de la fruta y las patatas y, como no, la matanza del cerdo. Los trabajos habituales cada temporada. La construcción del pozo les llevó mucho tiempo; pero, si no se rindieron en el primer metro, después ya era cuestión de amor propio.

    Por fin salió suficiente agua al encontrar una vía y se decidió no continuar más, entonces volvieron a la cantera a extraer piedra para antivar el pozo. Esa tarea la hicieron los profesionales de la construcción. Para cuando remataron el pozo los chicos ya habían comprendido que la vida que les esperaba en el pueblo era muy dura. Para entonces las niñas Rosario y Vitorina habían terminado en la escuela. D.Manuel no había previsto para ellas estudios superiores, porque tampoco podía permitirse pagar la carrera a los cuatro. Pero Dª Maria dijo que, si era necesario, vendería todas sus propiedades para que ellas tuvieran las mismas oportunidades.

    Y las niñas se fueron a estudiar. Rosario estudió farmacia y ejerció su profesión en el pueblo cercano de Mombuey. Victorina estudió Magisterio. En Febrero de 1928, Manuel partió para el Establecimiento industrial de Ingenieros de Guadalajara y en noviembre del mismo año Luis ingresó en el colegio de Guardias Jóvenes.

    Con el tiempo, Luis y Manuel alcanzaron cargos de alta responsabilidad en Vigo y Coruña, uno en la Policía y otro en las Aduanas Portuarias, ambos con el grado de capitán. Eran como su padre: rectos, honestos, inamovibles en lo que consideraban de justicia. Se dice que en muchas ocasiones trataron de sobornarlos para que hicieran la vista gorda ante la llegada de algún cargamento del que algo no se quería declarar; pero, por muy abultado que fuera el sobre, ellos les contestaban que si pensaban llevar a cabo semejante acción, pusieran cuidado de que ellos no los vieran, porque de ser así iban "p´alante". Supongo que esta actitud suya les haría crearse enemigos, pero eso no hizo variar ni un ápice su integridad moral.

    D.Manuel murió en Diciembre de 1937. Ese día llegaron a Triufé gentes de muchos lugares y se preguntaban entre ellos qué sería lo que había llevado a algunos hombres de mundo a terminar sus años en Sanabria. ¿Quién sabe? Tal vez el amor, tal vez esta tierra,  que te atrapa ¡¡Quizás!!


    Victorina murió joven. Su hija Carmina y dos gemelos más, acompañados por una nodriza, pasaron un tiempo en el pueblo, pero los gemelos también fallecieron y la incompatibilidad de caracteres entre abuela y nieta obligó a la niña a regresar con su padre. Dª. María murió en 1962, también en diciembre, a los 72 años de edad - su marido le llevaba 17 años. Dª. María vivió en esa casa veinticinco años sola. Algunas mujeres del pueblo me han contado como, cuando eran jovencitas, alguna noche iban a dormir a la casa para que ella no estuviera sola. Su hija Rosario, farmacéutica en el pueblo de Mombuey, alguna vez se la llevó con su familia, pero a Dª Maria no le gustaba estar en una casa con "servicio"... Decía que allí mandaban todos menos su hija y que eso no iba con ella. ¡¡Tenía bastante carácter!! Yo creo que el vivir sola se lo acentuó más.


    Cuando era niña, mi madre me mandaba a llevarle alimentos de nuestra pequeña tienda, y tengo bonitos recuerdos de mi estancia en aquella cocina al amor de la lumbre, cuando Dª María me mostraba una estampa del Buen Pastor que sacaba de debajo de la toquilla, al lado del corazón, y me decía: "Mira que guapa es mi Carminica", esto ya era en sus últimos años. Me gustaba el olor a manzanas y harina que había en la casa, y ella siempre nos daba caramelos - Si la encontraba en cama mamá bajaba a asearla. Mamá nos dijo que siempre que pasáramos por su puerta le preguntásemos cómo estaba, creo que todos nos preocupábamos por ella. También estaba un hombre llamado Manuel "el portugués", que por encargo de sus hijos le segaba la hierba de los prados y le hacía algunos trabajos. Fue Manuel el que un día se la encontró muerta. 


    Yo era pequeña y no entendía porqué D. Manuel había obligado a sus hijos a hacer esos trabajos tan duros. En aquel tiempo, los maestros y padres decían que “la letra con sangre entra”, pero D. Manuel utilizó este método para convencerlos -" El trabajo duro" - Entonces la autoridad de los padres era incuestionable, y a ningún hijo se le ocurría pensar en irse de casa. Con el tiempo yo he comprendido que, cuando somos jóvenes, solemos pensar que ya lo sabemos todo, y no es así: a esa edad la firmeza de los padres es necesaria, pues ellos por su experiencia saben que pasamos toda la vida aprendiendo y aún así muy poco es lo que aprendemos. Discrepo si a veces los medios que se utilizan para convencer son justos. Lo que Manuel y Luís hicieron se convirtió en un reto para todos los que somos de Triufé, pues siempre que nos asignaban una tarea difícil de realizar, alguien venía a decirte: "Si tuvieras que hacer un pozo como los hijos del teniente, sabrías lo que es trabajar". Esto nos llevó a estar siempre intentando superar ese reto. Por eso yo digo que ese fue el pozo que todos hicimos de una manera u otra. Y el pozo sólo fue un medio para un fin. Allí se forjó el carácter de aquellos jóvenes, de los que su padre llegó a sentirse orgulloso.

   
    Algunas veces, cuando miro la casa y el pozo, pienso lo que supuso de esfuerzo y sacrificio para ellos; no sé si no será por eso que volvieron poco por el pueblo. O tal vez es que cuando echas raíces en otro lugar es difícil volver.

    Al morir Dª Maria la casa se la quedó Luís, acordando una cantidad a compensar con sus hermanos. La reparó un poco y a ella venia con sus hijos en los veranos. Un calendario de 1985 que pude ver en una visita reciente me hace pensar que ese fue el último año que vinieron.


    Cuando era niña soñaba con encontrar una lámpara maravillosa a la que le pediría un único deseo: que aquella casa volviera a tener vida, niños corriendo por el prado, algunas ovejas con sus corderillos diseminadas aquí y allá, las gallinas escarbando bajo los nogales y la cabra saltando por las paredes, las cuerdas llenas de ropa secándose al sol y el humo saliendo por la chimenea. Esa era la casa de los sueños de Manuel y Maria y, de algún modo, de los míos - pero es que yo soy una soñadora, y en la vida hay dos clases de personas: unos son los que crean sueños y otros cuentan dinero persiguiendo sus sueños.

La niña que no debió ser III - de Inés Camaro Sánchez.

P.D. Mi agradecimiento a Víctor López, Julián, Juno, Delfina Sotillo Sotillo, Marcelino, Antonia y Áurea Ramos Losada. Y, sobre todo, a Manuel Ramón Carbajo, Emilio Jose, Maria Cristina y Ana Marta, sin cuya ayuda este relato no habría sido posible.




      
         
         

17 mar 2013

Sombras Honorables

La casa donde murió Manuel San Román Elena
Comercio de Argimiro Crespo

"Con frecuencia, Daniel, el Mochuelo, se detenía a contemplar las sinuosas callejas, la plaza llena de boñigas y guijarros, los penosos edificios, concebidos tan sólo bajo un sentido utilitario. Pero esto no le entristecía en absoluto. Las calles, la plaza y los edificios no hacían un pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo lo hacían sus hombres y su historia. Y Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir."
Miguel Delibes: El Camino, 1950

Casa de D. Manuel Carbajo
Casa que fue de Los Sastres

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Como ya es habitual en estas fechas, otras tareas me obligan a apartarme del blog. No me voy del todo: sólo debo bajar el ritmo de publicación y - me temo - también el de visitas a sus espacios. Les ruego tengan paciencia: todavía hay muchas historias que compartir.

24 feb 2013

Inés Camaro: Vivir y crecer en el entorno del Lobo (y 2)

Continuamos con las memorias de Inés Camaro Sánchez:


Un par de años después nos mudamos a otra casa en el barrio de arriba. Teníamos un prado en una zona hacia el norte, tras un monte, que no me gustaba nada, pero había que ir a conducir el agua para que se regase y diera buena hierba.

Pues un atardecer me fui con Chata a guiar el agua a este prado. Chata era nuestra perrita, no era muy grande y de pronto la noté muy nerviosa, ladraba y se ponía sobre las patas traseras intentando que yo la cogiera en brazos. Yo miré para ver que la asustaba pero no vi nada y de regreso a casa, subiendo el monte, empecé a notar una extraña sensación, como de frio en la nuca y como si el pelo se me erizara por la cabeza. Yo siempre llevaba el pelo cortito; mamá nos cortaba el pelo y ella decía que no podía dejárnoslo largo, porque casi siempre nos teníamos que peinar solas y el pelo largo daba mucho trabajo, así que nunca tuve coletas como otras chicas. Cuando estaba en lo alto del monte miré otra vez y entonces ya vi de lo que Chata se asustaba: saltando las paredes de el último prado como si fuera un caballo, venía hacia mí un lobo. Cogí en brazos a mi perrita, volví a mirar y ya eran dos los lobos que venían a toda velocidad. Como una ráfaga pasó por mi mente qué haría "él" si los lobos le persiguieran: un impulso me decía “¡corre,corre!”, pero las piernas no me obedecían y mi garganta no era capaz de gritar y pedir auxilio.


De pronto recordé cuánto era capaz de correr yo, aunque el vestido me estorbara  - entonces las niñas no llevábamos pantalones - y corrí monte abajo como yo sabía, saltando por encima de las escobas, los carpazos y las carqueixas, con mi perrita en un  brazo y la azada en el otro mientras mi corazón golpeaba fuerte en mi pecho y me faltaba el aire. Cuando llegué a la pared del callejón del corralón solté a la perrita y le dije “corre, que yo no puedo más”, me apoyé en la pared tosiendo para recuperar el resuello y miré hacia atrás. Allí los vi, se habían parado y en sus ojos la luz mortecina del atardecer me encandilaba como si fueran luciérnagas. Yo, un poco recuperada la voz, les grité: “¡queríais mi perrita? Pues si queréis cenar ir a cazar liebres” y seguí corriendo hasta casa. Al llegar tan acalorada mi madre me preguntó que porqué había corrido tanto. "Mírate" -  me decía - “con las piernas todas arañadas. ¿Crees que está bien que una niña tenga ese aspecto?” Yo le dije que me habían perseguido dos lobos y, como era de esperar, mi madre no me creyó, pensaba que me lo estaba inventando para que al día siguiente no me mandara ir otra vez. Yo sé que si hubiera sido "él" sí le habría creído y no pude dormir pensando en ello. Esa noche se oyó el aullido del lobo y algunos vecinos vieron sus huellas por la mañana en el camino de Robleda. Mi madre no se disculpó, yo sólo tenía ocho años y además era una niña torpe que no hacía nada bien, siempre tenía las rodillas y las piernas arañadas, tanto que mi padre a veces me decía que yo parecía la piedra del tope de la rueda del carro. La piedra del tope del carro cuando se deshacía por la presión de la rueda se sustituía por otra, pero mis rodillas no se podían sustituir, así que "cuídalas" me decía...


La siguiente vez que vi el lobo estaba con el ganado con mi hermana mayor, también al atardecer. Ya cerca del pueblo lo vimos saltar la pared de las cortinas de La Devesa, y eso era muy extraño, porque el lobo estaba entre nosotras y el pueblo. No era lo lógico. Se ocultó tras unos árboles y nosotras arreamos el ganado hacia un paso que había en una zona llamada La Lavandera. Pues por un portillo caído apareció el lobo, con sus fauces agarró un cordero y salió corriendo. Yo me quedé paralizada, petrificada como una estatua, pero mi hermana corrió tras él con tan buena suerte que por el camino que el lobo se iba estrechaba y se reducía al paso de un carro, y por él venían dos mujeres con un carro de salgueras del rio. El lobo, al verse acorralado, soltó el cordero y trepó monte arriba. Mi hermana regresó al momento con el cordero en brazos. ¡Ella si que era valiente!. Cuando llegamos a entregar las ovejas a una señora le faltaba un cordero, contamos el ataque del lobo y dónde le vimos anteriormente. Nos dirigimos a las cortinas de La Devesa y al llegar vimos un pequeño cordero, medio enterrado bajo los repollos. El lobo lo había enterrado para regresar mas tarde a recogerlo. Ese día el lobo se burló de dos pastorcitas.


Llegó otro invierno y un domingo a media mañana nuestro padre se acercó a ver unos árboles en Santiago de la Requejada, a lomos de la burra. Al mediodía el tiempo tuvo un cambio muy brusco y se puso a nevar, llegó el atardecer y seguía nevando. Mi madre empezó a preocuparse, a eso de las diez de la noche escampó y se quedó una noche estrellada con una luna tan grande que parecía de día. Al ver que mi padre no llegaba, mi madre dijo que teníamos que salir a buscarlo, porque seguro que se habría caído de la burra y estaría con una pierna rota o quién sabe si la cabeza, o tal vez le hubiera atropellado un camión en la carretera entre Otero y Remesal. Me dijo que la acompañara yo. Nos abrigamos y nos pusimos las katiuskas y emprendimos la marcha por la carretera hacia Otero, que entonces era de tierra y guijarros. Era la noche más hermosa que yo hubiera visto; sólo otra noche recordaba tan hermosa y era la de aquella ocasión que regresé en tren de pasar unos días en Madrid con los tíos. También había nieve y el recorrido desde la estación hasta el pueblo lo hice andando, iba en compañía de dos vecinos del pueblo. A mí me pareció que la tierra se había cubierto de diamantes y esa noche brillaban tanto que parecía de día. Pues igual brillaba esa noche, la luna era enorme.


Esa noche la nieve crujía a nuestro paso pues estaba helando. Bajamos las Majadicas, llegamos a Vidoleo y emprendimos la cuesta hacia Otero. Mamá de cuando en cuando llamaba a voces a papá, pero no había respuesta. Cruzamos Otero ya por la carretera de asfalto y llegamos a Prinoy, mamá volvió a vocear, pero nada: miraba por las cunetas temiendo que algún camión le hubiera atropellado, así llegamos a la aserradora de Remesal, donde partía el camino para Santiago. Mamá pensó que si no le habíamos encontrado hasta allí, tal vez decidiera en el último momento quedarse a dormir en Santiago. Nos dimos la vuelta. Para entonces yo ya no sentía los pies, pues la nieve me había entrado por las  botas.

Desandamos el camino y al incorporarnos de nuevo a la carretera de Otero a Triufé, como a doscientos metros al lado derecho hay castaños. Yo llevaba la mano derecha en el bolsillo de mi madre agarrada a su mano y noté que mi madre la presionó con fuerza y dijo: “creo que llevamos compañía”. Yo miré hacia los castaños, donde miraba mi madre, y vi varios ojos brillantes que se movían sin cesar. Mi madre dio varios golpes en el suelo con la vara de la guillada que llevaba en la mano, pero con la nieve apenas sonó, así que nos apresuramos a caminar todo lo rápido que la nieve helada nos permitía. Yo sentía ese frio repentino en la nuca, mis piernas ya no me obedecían y mi garganta era incapaz de pronunciar palabra alguna. Mamá tampoco hablaba y de vez en cuando se paraba y escuchaba.


Ya bajando, casi en el puente de Vidoleo, nos paramos mirando hacia la sarrieta que queda a la derecha, temiendo que los lobos nos salieran al paso por allí. Mamá dijo que no oía nada, pero yo, en lo profundo de mis oídos, escuchaba a la manada de lobos corriendo, jadeando cuesta abajo y me pareció que en cualquier momento saltarían sobre nosotras. Apretamos el paso y mamá dijo que igual teníamos que correr porque esas fieras eran muy capaces de darnos un disgusto.

Cuando superamos la cuesta a las puertas de Triufé nos paramos intentando ver si nos seguían, y sí que lo hacían: por lo alto del monte que da al cementerio, a pesar del brillo de la nieve, sus cuerpos oscuros y sus ojos brillantes destacaban en la noche. Llegamos a casa y al momento todos los perros del pueblo ladraron impetuosamente, pues sintieron el enemigo cerca.

Papá llegó al día siguiente al mediodía. Dijo que no se atrevió a salir con la tarde que se puso.


Teníamos otro prado que en primavera y verano teníamos que ir a conducir el agua y nuestra vez comenzaba a las doce de la noche. Era bastante lejos, cerca del puente de Manzanal, en la antigua carretera a Galicia. Hasta allí íbamos mi hermana mayor y yo y llevábamos la burra. Mi hermana sólo tenía dos años más que yo. La burra a veces se paraba, ponía las orejas tiesas, daba golpes en el suelo con una pata delantera y no quería caminar. Eso no podía significar otra cosa más que el lobo andaba cerca. Nuestra burra era muy valiente cuando se trataba de llevar una carga grande o saltar las paredes mas altas, aunque siempre nos descabalgaba por las orejas, pero cuando presentía al lobo era una miedica. Las noches de luna llena no nos daba tanto miedo, pero cuando no había luna era como ir a tientas y cada carpazo y cada escoba nos parecían monstruosos lobos que nos atacaban.


Lo  que se dice verlo de cerca, al lobo no volví a verlo hasta los catorce años, que abandoné el pueblo; pero oírlo y presentirlo fueron muchas las veces que, quizás sin razón, sentía ese frio en la nuca y esa sensación en el pelo como que se erizaba. Cuando de mayor he leído sobre los lobos, no he encontrado que haya habido ataques de lobos a humanos. Pero el miedo es libre cuando tienes pocos años y, además, los mayores cuentan historias terribles que los pequeños hacíamos ciertas. Hoy, ya mayor, admiro el modo de vida de los lobos; porque viven en manadas, son fieles, respetan las jerarquías y todos cuidan del grupo. Forman una sociedad bastante parecida a la nuestra, sólo que ellos no necesitan leyes escritas para respetarlas. Y pensar que en aquellos años casi se extinguieron... Bueno, se los podía ver abrigando los cuerpos de los humanos.

Tal vez parezca que unas niñas no deberían hacer ciertos trabajos o andar a deshoras regando prados, pero es que, en el mundo rural, cuando empezabas a caminar y sabías llevar un palo en la mano ya te mandaban a pastorear, y en tiempos de siega nuestros padres andaban muy cansados y había que ayudar.

Inés Camaro Sánchez - La niña que no debió ser V


(N. de A.) Algunos ya habrán adivinado quién es "él", pero aún no puedo decirlo porque escribiré más cosas de esta niña, hasta que cumplió catorce años y se vio apartada de esta vida - que ella siempre tanto añoró, a pesar de esos momentos en los que el lobo fue protagonista de sus miedos. Vistos desde la distancia del tiempo transcurrido no son nada comparados con otros miedos que conoció.


Nota: Las ilustraciones de lobos se han realizado a partir de fotos recogidas en feedio.net (1) y en funny pictures images (2), catalogadas ambas como public domain.

16 feb 2013

Inés Camaro: Vivir y crecer en el entorno del Lobo (1)

 "No hay nada más universal, menos elitista, que el impulso humano primario de dejar constancia de nuestro paso por la vida, de dar forma a la experiencia a través de imágenes y relatos. Por eso conmueven tanto esas manos abiertas impresas en la pared de una cueva, hace decenas de miles de años, o esos cuentos que no han necesitado ser escritos para transmitirse como mensajes de ADN de una generación a otra. Queremos contar lo que nos ha pasado. [...] Pero las historias que se conservan casi nunca son las de los trabajadores, los pobres, los analfabetos. El archivo inmenso de esas vidas se borra casi sin rastro en el tránsito de cada generación"  
Antonio Muñoz Molina - Dejar constancia, 2012 

Quiero agradecer públicamente a Inés Camaro Sánchez que haya elegido este blog para dejar constancia de sus recuerdos.


Recuerdo de cuando era muy pequeña ese cuento de "Pedro y el lobo" y que no era bueno decir mentiras.

Pues con esa idea crecías y tenías que demostrar ser valiente, además yo, especialmente, no podía permitir que nadie pensara que yo pudiera tener miedo a nada, tenía que ser valiente como lo hubiera sido "él"; Pedro no, "él".... Así que no daba un paso o tomaba una decisión sin pensar que haría "él" si estuviera en mi lugar. E intentaba que no se notara la diferencia, aunque ahora sé que era un vano intento. Cada uno es quién es y jamás, por mucho que lo intente, puede ser otro.

La  tierra donde nací y me crié, la comarca de Sanabria en el noroeste de Zamora, tiene un clima bastante riguroso en invierno, con intensas nevadas. En la segunda mitad del siglo pasado se daba caza al lobo, era frecuente escuchar sus aullidos en las largas noches del invierno cuando escaseaba la comida y bajaban de la sierra buscando alimento. Siempre oí hablar del lobo y del cuidado que los pastores de las ovejas tenían que tener, porque éstas o sus corderos eran su objetivo.


Los primeros momentos en los que el lobo influyó en mi vida se remontan a un invierno de nevadas muy fuertes. Por entonces vivíamos en una casa que casi era la última del barrio de abajo, allí vivíamos mis tres hermanas, nuestros padres y yo; yo era la segunda. Era una casa al abrigo de otras casas sin habitar y pajares donde se guardaba la hierba seca o los ramajos. La casa tenía forma de herradura en torno a un corral, en la parte baja había cuadras donde se cobijaban los animales: vacas, ovejas, gallinas, cerdos, una cabra y la burra, entonces todos los vecinos tenían burro o burra pues eran muy útiles para transportar carga. Cuando las nevadas eran intensas los animales no salían al campo, sólo hasta la poza mas cercana a beber agua, comían hierba seca, paja de las cuañeras y ramajos, grano de centeno, remolacha troceada, castañas, manzanas y berzas, que de esta verdura siempre había en invierno porque no se helaba. De ella se hacía también el escaldao para los cerdos, mezclándolas con patatas y harina. De todos esos alimentos se hacía acopio durante verano y otoño y se almacenaban en los pajares.


En uno de estos días de nevada, mientras cenábamos mi padre dijo “Se han visto pisadas de los lobos bien cerca y los perros del pueblo no dejan de ladrar. Hay que atrancar bien las puertas y guardar al perro”. No se equivocó: esa noche, al escuchar mugir a las vacas,  mi padre se levantó, salió al corredor y encendió un fachón de paja que siempre tenía preparado en un soporte de la pared. Cuando bajó las escaleras enseguida encontró las huellas de sus pezuñas: los lobos se habían paseado por nuestro corral.

Al día siguiente, hablando con otros vecinos, supimos que la perra del ti Juan y la ti Teresa había salido tras los lobos y aún no había regresado. Los lobos estuvieron aullando toda la noche. La perra se llamaba Loba y era tan grande como los ellos, era la guardiana del barrio de abajo y la ti Teresa era nuestra guardiana cuando mi madre nos dejaba solas. Loba muchas veces se venía con mis hermanas y conmigo cuando salíamos al campo con las ovejas y compartíamos con ella la merienda.

Pasaron varios días y Loba sin aparecer.


Por fin salió el sol y la nieve se deshizo un poco, se reanudaron las clases en la escuela. Era mi primer curso y vino el cartero con las cartas, pues cuando nevaba el cartero no venía, y los animales pudieron salir al campo. Cuando bajábamos de la escuela al mediodía, al pasar por un corral pequeño junto a una casa habitada oímos unos gemidos lastimeros y nos acercamos a ver qué sucedía. Allí, en un estado lamentable, estaba Loba con su piel hecha jirones; las orejas mordisqueadas, a su boca le faltaban pedazos de carne y parte de sus dientes quedaban al descubierto. Se lamía las patas, o lo que quedaba de ellas, y sus ojos estaban hundidos. Ella gemía y temblaba sin cesar, tenía un sufrimiento indescriptible que nadie sabía cómo aliviar. Creo que ya nadie esperaba encontrarla con vida y allí estaba... Debieron ser varios los lobos que la atacaron para dejarla así.

Nadie supo dónde estuvo ni cómo llegó allí; ni porqué se cobijó en aquella cuadra que estaba a cien metros de la casa de sus dueños. Parecía como si no quisiera que la vieran  tan maltrecha y herida. Todos nos volcamos en cuidarla, pero estaba tan débil que no parecía que pudiera sobrevivir. Con agua y leche se alimentó los primeros días y pasó mas de un mes antes de ponerse en pié. Hasta que no recuperó las fuerzas no regresó a la casa de sus dueños.


Al finalizar ese invierno los cazadores pasaron por el pueblo y llevaban expuestas varias pieles de los lobos que habían abatido. Era costumbre que fueran por los pueblos y la gente les daba obsequios, porque se suponía que la eliminación de los lobos beneficiaba a los propietarios de ganado. Yo pasé la mano por la suave piel y sentí algo extraño que no sé cómo explicar: yo quería mucho a Loba y lo pasé mal al ver lo que sufrió, pero no entendía que tuvieran que morir los lobos.

Aunque fuera mi primer curso en la escuela y no supiera de lo que enseñan los libros, yo ya había aprendido que los animales debían estar bajo el dominio del hombre; por lo menos desde aquel día que me escondí bajo la cama porque no quería oír ni ver matar a los cerdos, aunque no me sirvió de nada porque me encontraron y me obligaron a sujetar el cubo para recoger la sangre. Nunca he podido olvidar el olor dulzón de la sangre caliente chorreando hacia el cubo, tampoco el vapor que desprendía por el frío invernal. Comprendí que de aquello dependía nuestro sustento para el resto del año, al igual que del resto de animales que teníamos. Me enseñaron a tratarlos bien, aunque el final fuera que tuvieran que morir. No era bueno encariñarse con un pollo, o con un cordero, porque desde que nacía ya estaba sentenciado para una fecha. Las gallinas y las corderas servían para aumentar el gallinero o el rebaño. Esto era una de las cosas más crueles del mundo rural, yo reconozco, y no me avergüenzo, haber llorado por algún cordero o un cabritillo al que le había dado besos y abrazos.


Pero los lobos no nos pertenecían, eran animales del bosque y de las montañas y sólo cazaban para alimentarse. ¿Porque éramos sus depredadores? Al preguntarle a mamá por esto ella me dijo que lobo muerto era oveja o cordero que se salvaba. Entonces no había compensaciones para los que perdían ovejas por culpa de los lobos y esto podía causar estragos en la pequeña economía rural, no había seguros que protegieran cuando una vaca se despeñaba en el monte o un cerdo moría del mal rojo etc.etc. Cuando se despeñaba una vaca solía ser en lugares de difícil acceso, entonces la desangraban, la troceaban y se daba carne a todos los vecinos. Si un cerdo u otro animal moría extrañamente se le enterraba al pie de un castaño, bien profundo para que no le desenterraran las alimañas.

A menudo mi hermana mayor y yo nos subíamos al tejado de nuestra casa, a escondidas, para comer uvas de las parras; sobre todo los lunes, cuando nuestros padres se iban al Mercado del Puente. Nos tumbábamos sobre las pizarras y a veces nos quedábamos dormidas, con el peligro de rodar hasta la calle o el corral y caer sobre el tajo de cortar leña o sobre la macheta. Nosotras no advertíamos el peligro: entrecerrando los ojos veíamos  miles de telarañas que se deslizaban con el viento y soñábamos con lo que haríamos cuando fuéramos mayores. Allí nos sentíamos seguras y si venían lobos de cuatro patas - o de dos - nunca nos verían. De los de dos patas nos avisó mamá que eran los peores y que tuviéramos mucho cuidado. Cuando fui más mayor comprendí lo que mamá quería decir con eso y agradecí esos sabios consejos. Supe que sí, que hay lobos de dos patas y que siempre están al acecho. En los últimos años me parece que las mujeres han bajado la guardia.

Nosotras pasábamos muchos días totalmente solas, pues nuestra madre acompañaba a nuestro padre a realizar trabajos muy duros cortando árboles. La madera era parte de la economía de la gente, pues cuando llegaba la siega o la matanza quien más quien menos necesitaba dinero para comprar pimentón o pagar a los segadores, y era entonces cuando recurrían a vender un árbol. El que vendía un árbol sabía que debía que plantar otros tres para que Sanabria siempre tuviera árboles.


Nuestras aventuras en el tejado finalizaron el día en que la tabla donde nos apoyábamos para subir cedió bajo el peso de mi hermana: los clavos se le hincaron en el costado y ella quedó colgando, suspendida del corredor y la sangre chorreando por una de sus piernas. Menos mal que mamá estaba en casa en esa ocasión. No fue fácil rescatarla, pues mamá no la alcanzaba desde abajo. Al final pudo bajarla arrimando el carro para cogerla. Mamá estaba furiosa y creo que tenía un ataque de nervios. Gritaba: ¡Me vais a matar a disgustos!. Fue mamá quien curó a mi hermana. Cuando le apartó el vestido se podía ver como se movían los tejidos internos por entre las costillas abiertas al respirar. Mamá desinfectó la herida y le dio puntos como ella hacía siempre, tenía un valor difícil de definir. A mí también una vez me cosió una ceja, que me rompí patinando en el hielo de la poza. Cuando le contaron como había sido, primero me dio unas chuletas en el culo y después me curó. Mamá nos cosía como cuando cosía la ropa que nos hacía, pulcra y segura, con una aguja de coser normal e hilo normal, agua y jabón casero para limpiar. Entonces no era fácil encontrar un médico urgentemente. Vivía en otro pueblo y el transporte más rápido era la burra.


Puede parecer que nosotras éramos unas pequeñas salvajes y que nos arriesgábamos más de lo que nuestra madre pudiera controlar, pero así era la vida de todos los niños en aquellos tiempos. Las que decían que éramos salvajes eran nuestras tías, cuando venían al pueblo de vacaciones, y es que ellas se habían hecho muy finas: eso de subirse a los tejados o a los árboles ya no las parecía bien. ¿Por qué? Si ellas habían hecho lo mismo...

Inés Camaro Sánchez - La niña que no debió ser V



Nota: Las ilustraciones de lobos se han realizado a partir de fotos recogidas en Beautiful free pictures (1) y en All about wolves(2), catalogadas ambas como public domain.