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24 ene 2010

Sanctam Columbam



(...)Me acerqué al pueblo con la intención de fotografiar cierta sepultura en la que me habían comentado se funden elementos católicos y judíos. Resulta que es día de fiesta y un amable paisano, tras verme cargado con la cámara y mis múltiples libretas, se empeña en que comparta la mesa con la familia. No hay manera de librarme y el agasajo concluye ya oscurecido. Camino del coche, me cruzo con un grupo de jóvenes que, entre risas, parecen dispuestos a continuar la fiesta hasta el amanecer. Les oigo cantar:
Sé quién tiene la llave de una ciudad
y sé quién tiene la espada que vencerá”
No parecen conocer nada más de la letra, que repiten varias veces. No es algo extraño en romances antiguos. Se despiertan todas mis alarmas. Entre la documentación que manejo, un artículo menciona que el pueblo mantiene aún hoy un barrio conocido como del franco, que, pese a lo que pueda parecer, no guarda relación con el antiguo dictador del país sino con un posible asentamiento extranjero en tiempos de la Reconquista. Dado que este lugar nunca alcanzó categoría de villa: ¿pudiera ser que el cantar datase de tan antiguo?(...)


La Mundeira


(...)Busco entre mis dossieres y mando consultas a la Universidad. Encuentro en el Libro Tumbo del monasterio de San Martín de Castañeda la donación de Pedro Pérez de un realengo recibido del leonés Fernando II -aquel durante cuyo reinado se instauró la bula del año santo compostelano, ver apuntes sobre el Camino Sanabrés: “ Sancta María de Avitello, sito iuxta Cubleiros et Sanctam Columbam ”. Data de 1171, pero pienso que los orígenes del pueblo se sitúan un par de siglos atrás, en los tiempos de Alfonso III , el último rey del gran reino astur antes de la separación bajo nuevas banderas. Alfonso realizó una gran labor repobladora y es significativo que mandara traer orfebres francos para labrar la Cruz de la Victoria, todavía hoy símbolo de Asturias (...)



La Aldonza

(…) Sé que caigo en el riesgo de intentar adecuar los datos empíricos a mis propias experiencias. Pero no puedo evitar la tentación: mi origen y mi bagaje cultural son centro europeos y debo investigar la posibilidad de Saint Columba. No me refiero a Collumcille, el belicoso monje que provocó una batalla por los derechos sobre un libro copiado que provocó la muerte de 3.001 hombres (uno de su bando) y en penitencia por ello partió a evangelizar a los salvajes pictos. No en vano era descendiente de Niall de los Nueve Rehenes, el ardor guerrero estaba más que supuesto. En todo caso tendría que buscar la conexión con Columbanus, casi contemporáneo del anterior, que sí anduvo por Francia e Italia. ¿Puede ser que, entre sus disputas con la ortodoxia sobre la fecha más conveniente para celebrar la Pascua, llegase a España? ¿O que de alguna manera el culto a su figura llevase a un puñado de francos a darle su nombre al pueblo donde se asentaron?. Hum... difícil. Me voy cuatro siglos atrás, demasiado (…)






Barrio de la Iglesia

(…) Consulto el santoral católico y me encuentro con al menos cuatro Santa Colombas: de Sens, de Cornualles, de Roma y de Córdoba. Por cercanía, quizás esta última resulte la más interesante. Martir del S.IX, fue decapitada y arrojada a un río, del que su cadáver volvió a salir intacto. Veo, sin embargo, que las historias de las cuatro son muy parecidas entre sí, con lo que se puede tratar de la adaptación de una leyenda más antigua a distintas localizaciones y grupos sociales (comprobar el mito griego de Aretusa).


La Fragua

(...)Localizo algunos datos sobre una poderosa familia siciliana de apellido Santa Colomba y otra rama en la tierra de Ayala, señorío de Vizcaya, que llegó a participar en las batallas de Clavijo y del Salado. Sin embargo, la cuestión genealógica -incluidas menciones a los templarios, la Orden de Malta, los Caballeros de Santiago, etc.- me lleva a tal embrollo que tengo que desistir: ¡el apellido está distribuido por los cuatro confines del mundo!. La línea de investigación toponímica me lleva así mismo ante tal dédalo de confusión que me siento desfallecer: hay Santa Colombas de Curueño, Somoza, la Vega, las Monjas... Santa Colomas de Allande, Gramanet, Cervelló, Farners, Queralt, Arceniega, Burgos, Andorra... y no cuento las variantes en Francia, Argentina, etc. Sin embargo, la presencia en las cercanías de los pueblos de Lomba / Llomba (Barrio, Riego y San Miguel) me hace pensar que, tal vez, el nombre del lugar proceda tan solo del punto de origen de sus repobladores hispanos originales, posiblemente leoneses maragatos o asturianos, pues en ambas zonas existen tanto Lombas como Santa Colombas. Sería entonces un caso similar a Limianos, Castellanos, el propio Asturianos... Claro que Llomba viene de loma, lomo, y en principio no tiene relación con colomba, paloma... Ejem, lo dejo aquí de momento (...)


Fontano

(…) Me siento muy cansado. El rector Bistebol me lo ha dicho en más de una ocasión: “ Su mejor virtud es su inmensa capacidad de trabajo. Y su peor defecto, querido Herbert, es esa misma capacidad, que le lleva a obsesionarse y dar vueltas sobre sí mismo como un pollo sin cabeza.”
Hoy he subido hasta Peña Mira. Me acompañó en la visita una amable joven, perteneciente a la asociación cultural de la comarca. La vi tan interesada y tan informada en cuestiones de la tierra que no pude evitar mostrarle mis investigaciones sobre Sanctam Columbam. Me miró de una forma extraña y se echó a reír. No una sonrisilla ni una risa tímida: un ataque en toda regla. Cuando después de no poco tiempo consiguió controlarse, me explicó que la canción pertenece a un conjunto de música moderna llamado Ñu y que ella podía facilitarme el disco. Es lo que estoy escuchando en estos momentos. Salvo alguna tonada de aire claramente medieval, sólo se puede definir como heavy metal. Hum, no suena mal del todo.
Me acabo de dar cuenta que entre fiestas, cantares y estudios inútiles, no he fotografiado la sepultura que me llevó a Santa Colomba (...)

Conversaciones con mi dictáfono, Vol.LXIX




(N. del Ed.) Pese a las mayormente discutibles conclusiones a las que llega el profesor, los datos sobre Historia, Leyendas, Genealogia y Toponimia que aporta son reales:
Fuentes: Wikipedia
Thomas Cahill: De cómo lo irlandeses salvaron la civilización . Grupo Norma, 2007
Letra de la canción mencionada: J.Carlos Molina, de Ñu .

5 ago 2009

El Bosque del Tejedelo, una vez más.

Hablando de árboles centenarios, no he podido evitar volver...


La primera vez que subí al bosque del Tejedelo me pasé todo el camino buscando a los duendes. Mira que había preparado la excursión de manera científica: Los tejos, coníferos de la familia Taxaceae, género Taxus, propios de las zonas montañosas con ambientes frescos y húmedos. Que pueden alcanzar una altura de hasta 20 metros con tronco grueso y corteza delgada de tiras pequeñas. Son muy longevos, pudiendo superar los 1.500 años de vida, pero de crecimiento muy lento. Maduran en otoño y cada seis o siete años el árbol tiene una producción abundante de frutos. Y también su relación con los hombres: los celtas lo veneraban, los romanos lo usaron para curar y también como veneno, los bretones hicieron con su madera sus más preciados arcos y en el propio Requejo sus ramas engalanaban el pueblo el Domingo de Ramos. Son muy escasos, por lo que este Bosque del Tejedelo me pareció el más adecuado para su estudio.


No descuidé tampoco la información sobre el resto de especies que comparten las 139 Has. del bosque: robles melojos, abedules, acebos, narcisos silvestres… así que al principio fue bien. En la subida me sobrecogió la belleza del brezo de las laderas, pero logré conservar el temperamento científico incluso en el hermoso robledal que anuncia la entrada al bosque. Ya subiendo hacia el Mirador del Veladero me sentí observado. “Serán corzos” –pensé. Casi siempre en el límite de mi ángulo de visión adivinaba movimientos furtivos. Consulté mi libreta: claro que serían zorros o martas, siempre esquivos, o si no carboneros, petirrojos o zorzales. Pero apenas fui capaz de distinguir alguno de estos pajarillos entre el ramaje.

Pero amigos, lo peor estaba por llegar: cuando alcancé la zona de los tejos milenarios perdí la cabeza por completo. No sé si sería el especial color que toma la luz entre sus hojas, la sensación de majestuosidad que desprenden los ejemplares más ancianos, las mil tonalidades que pueden alcanzar el verde y el bronce. No pude resistir la tentación de acariciar la textura pulida de sus nudos, abrazarme a sus troncos. Tal vez no fue más que la música cantarina de los regatos, que causara en mí el mismo efecto que el canto de las sirenas homéricas. Olvidé mi cámara, mis libros y mi grabadora. Estaba en un bosque de cuento de hadas donde yo era el príncipe protagonista, no había ni ogros ni brujas y el lobo bueno ayudaba a Caperucita a encontrar la casa de su anciana abuela. Por allí pasaron Pulgarcito y el Gato con botas, Blancanieves me aceptó una cita y los siete enanitos me parecieron gente en extremo agradable. Me despedí de Asurancetúrix, que recogía bayas por allí, y bajé hacia el pueblo. Eso sí, no pude ver ningún duende, aunque me dijeron que no andaban lejos.

Entré en el bar estupefacto. El camarero, al ver mi estado, me pregunto qué sucedía y se lo conté con pelos y señales.


-Ah, profesor –me dijo- Ha caído usted bajo el hechizo del Tejedelo. Y eso no tiene cura.
Y así fue. Desde entonces no puedo resistir la tentación de volver al Bosque. Lo he visitado en todo tiempo y estación y siempre, siempre causa en mí el mismo efecto. No tengo remedio.



Más, aquí
Profesor Von Patto
Universidad de Disneylandia.

Las últimas tres fotos son (c) de Tere y Mario, con quienes estoy enfadado porque este año han decidido irse a no se qué paradisíaca isla en vez de venir aquí, a que les explote.


25 jul 2009

El Camino equivocado

- Llevar siempre calzado y ropa adecuados para el camino y la estación.
- Llevar siempre agua y alimento suficiente.

- Llevar siempre un mapa detallado, brújula o GPS.
- Informarse de la señalización, cruces y otros avatares que podamos encontrar.
- En lo posible, no salir sólo a caminar.

- Avisar siempre de la ruta que pretendemos seguir y el tiempo previsto a emplear.

- Tener en cuenta la información meteorológica, imprescindible en las rutas en altura donde las condiciones puedan cambiar con rapidez.
- Un camino se hace para disfrutar, no para competir. Ajustar nuestro paso y nuestras pretensiones a nuestra verdadera condición física.

- Una navaja o cuchillo, un recipiente y un bastón pueden solucionarte muchos problemas en el campo.

- Un botiquín con equipamiento mínimo (tiritas, alcohol, gasas) no debe faltar.


No pude evitar una sonrisa. Encontré este decálogo apresurádamente escrito al revisar los papeles de mi expedición. Reviví el momento exacto en el que lo había garabateado.


- ¿El camino? ¡No tiene pérdida ninguna! Bueno, las veces que lo habré hecho yo… Un poco de cuesta al principio y listo.

Hoy, una vez pasado mi año en Sanabria y Carballeda, apenas más mayor pero mucho más experimentado, he de confesar que me da un poco de vergüenza confesar esto. Por eso la narración que sigue permanecerá en mi diario privado, alejada de la publicidad.

Pocos días en Sanabria. De hecho, aún continuaban conmigo dos miembros de la universidad que habían viajado para ayudarme con mi instalación y mis primeros contactos en la región: Prudence Litelwolf, joven licenciada de gran valía y Moritz, un hombre para todo con un oscuro pasado del que nunca hablaba –“Irá con usted para que yo me quede tranquilo con respecto a su seguridad” me había dicho Bistebal. Fiel a mi temperamento metódico, decidí iniciar mis visitas por el extremo de la comarca: uno de sus valles mas recónditos rodeado por las cumbres más altas. Buscábamos información sobre un bosque de abedules de singular interés y nuestro amable contacto nos facilitó la forma de llegar.

Confiados por la información, aparcamos el coche y decidimos iniciar el camino sin preparar nada más. “El poco de cuesta” resulto ser un desnivel de cuatrocientos metros con pendientes de hasta el 17%. Conseguí coronar a base de orgullo, para no desmerecer junto a mis compañeros, pero me costó sangre (rasponazos varios), sudor (mucho) y lágrimas (contenidas). Y un reventón de costuras que convirtió mi pantalón en una especie de kilt escocés, aunque sin los colores de ningún clan.

Como única guía llevábamos un folleto turístico con un dibujo esquemático de la ruta. Nos sirvió para encontrar los puntos de referencia: un picacho a la derecha y una laguna más adelante. Superábamos los 1.600 m. de altura y vimos como las cumbres por encima de nosotros se cubrían de nubes. Pensamos que si daba en llover no lo pasaríamos bien con nuestra ropa de verano. Afortunadamente todo quedó en unos hilachos de niebla que embellecieron sobremanera la laguna. Al llegar a ella espantamos una bandada de patos y una pareja de corzos. El paisaje, las vistas, la vegetación, nos tenían tan embelesados que no nos dimos cuenta que a partir de allí ya estábamos perdidos. Según el mapa, deberíamos dejar la laguna a nuestra izquierda y nosotros la abandonamos por la derecha.



El caso es que, como suele pasar, no tuvimos ninguna sensación de equívoco: el camino estaba claro y abierto y, además, seguíamos encontrando balizas y señales de otros senderistas. No se nos ocurrió pensar que podían estar dirigiéndonos hacia otro destino, quizás solo la impresión de estar andando más de lo siete kilómetros que en teoría deberíamos recorrer hasta regresar al coche. La primera señal negativa –aparte de mis pantalones kilt – nos sorprendió ya bien avanzado el descenso: Prudence, a la que sus deportivas ya le habían provocado algún resbalón, pisó mal una piedra resbalosa y cayó al suelo con el tobillo torcido. Moritz y yo nos abalanzamos en su ayuda, pero ella se levantó de un salto y dijo que seguiría sin problemas. ¡Una chica fuerte! – Bistebal ya me había avisado. Sin embargo, vimos claramente como cojeaba y trataba de ocultar su dolor. Moritz me miró con preocupación.

Unos centenares de metros más allá, desde un recodo pudimos vislumbrar a lo lejos las primeras casas del pueblo. Pero no me alegré, es más, la sangre huyó de mi rostro de golpe. Según el mapa deberíamos haber encontrado un embalse antes de llegar y allí no estaba. Y en segundo lugar, reconocí el pueblo al que habíamos llegado porque lo visité el día anterior. ¡Nos habíamos pasado al siguiente valle! Desmoralizados, nos sentamos al lado de un puentecillo sobre el río para revisar nuestras opciones. No podíamos comunicar con nadie para que nos fuese a recoger con el coche. Teníamos media botella pequeña de agua para los tres y no habíamos encontrado ninguna fuente en el camino. No teníamos alimento ni posibilidad de comprarlo, ya que en el pueblo no había bar. El regreso por carretera suponía unos veinte kilómetros, a sumar a los once ya realizados. El tiempo corría en nuestra contra. A Prudence se le estaba hinchando el tobillo significativamente. Nos miramos los tres apesadumbrados. La única solución era volver por el mismo camino. Moritz se ofreció a regresar él sólo a por el coche para luego recogernos. He de reconocer que me resultó tentador, pero Prudence se negó en redondo. Claro, yo no podía ser menos.

Moritz encabezó el ascenso por la cuesta que acabábamos de bajar, y he de decir que se nos hizo muy penoso. Yo, martirizándome en silencio por los errores cometidos y un cansancio abrumador; Prudence, sufriendo sin queja un tobillo muy maltratado. “Se está portando como una campeona” –me dijo Moritz aparte. En uno de los múltiples descansos agotamos el agua que nos quedaba e incluso un azucarillo perdido en la mochila. Necesitamos todas nuestras energías para llegar de nuevo a la laguna, pero lo conseguimos. El paseo por la altiplanicie tuvo el efecto de elevarnos la moral, al fin y al cabo ya solo restaban unos cuatro kilómetros hasta el coche y además cuesta abajo.

Pero volví a equivocarme. Con el plano en la mano, decidí que el camino real debía ser un senderillo apenas marcado en el pasto que discurría entre la laguna y el pico coronado con piedras. “Según el mapa es éste, sin duda – aseveré – Y nos ahorramos un kilómetro. ¿Qué opinan?” “Por la posición del sol parece llevarnos directamente hasta el inicio, pero creo que sería más seguro volver por el camino conocido –dudó Moritz”. Prudence no dijo nada, pero se adivinaban sus ganas de acabar cuanto antes.

Así que por indicación mía tomamos el senderillo. Y andados apenas un par de kilómetros lo perdimos entre la hierba y nos encontramos ante un impresionante cortado cubierto de árboles, maleza, helechos y monte bajo. Creo que el cansancio fue mal consejero, ya que decidimos descender campo a través con la esperanza de cruzarnos con algún camino que nos llevase hasta el pueblo. Y aquello en verdad fue la traca final, un auténtico ejercicio de barranquismo sin agua: descolgándonos por las rocas, resbalando bajo la maleza, atravesando espinos a cara descubierta… las zonas de helechos golpeaban mis intimidades favorecidos por el pantalón reventado y en ocasiones sólo conocíamos la posición de nuestros compañeros por el estruendo de ramas rotas. Fue apenas un kilómetro con un desnivel de trescientos cincuenta metros, pero tardamos dos horas en conseguir atravesar la espesura del bosque. Porque, naturalmente, sólo recuperamos el camino cuando estábamos a cien metros escasos del coche. Ahorramos distancia, sí, pero a qué precio.



Aquella noche, en la misma bañera de mi habitación, escribí el decálogo de más arriba. Y he de decir que en el resto de mis andares por Sanabria y Carballeda lo respeté a rajatabla. Estaba cansado, magullado y arañado hasta no poder más; y en el agua de la bañera flotaban multitud de restos vegetales que habían salido de las partes más íntimas de mi ser. Sin embargo, me sentía especialmente satisfecho de algo: la actitud de mis compañeros. Pese a mis continuos errores no hubo quejas, reproches ni recriminaciones. Ninguno abandonamos. Aceptamos la situación de emergencia y nos concentramos en encontrar las soluciones. Y las buscamos con todas sus consecuencias, seguros de estar juntos en ello. Como había dicho Moritz “Somos como los marines. Si salimos juntos, volvemos juntos”. Y así fue.

Los echaría de menos.


Herbert Von Patto Diarios Secretos


Fotos: Monte de Porto, camino de Barjacoba.

11 jul 2009

Cascada de Sotillo

El diccionario define Cascada como “Caída desde cierta altura del agua de un río u otra corriente por brusco desnivel del cauce”. Cuando estás delante de algunas de ellas la definición se te queda pequeña. Por ejemplo, la Cascada de Sotillo. Yo la conocí de casualidad, como suele sucederme, y luego me enteré que es uno de los lugares más emblemáticos del Parque Natural del Lago de Sanabria y alrededores. En fin. Empiezo a acostumbrarme.

- Vaya usted hasta la parte baja de Sotillo. Allí, donde el merendero –Área Recreativa, le dicen- salen varias rutas. Coja la de la izquierda, que marca a la Cascada. No tiene perdida, hay un cartel y está marcado con palos marrones.

La señora continuó hiñendo la masa de pan con energía, sin apenas levantar la vista. Me despidió con lo que yo interpreté como un gesto de esfuerzo. No tarde en darme cuenta que había sido una sonrisilla burlona.

El sendero se inicia en una pendiente que pronto puso a prueba mi condición física. No es demasiado empinado, pero las piedras y el agua de esta estación sí lo hacen un punto dificultoso. A su alrededor, apenas contenido, se extiende un bosque prácticamente virgen de robles, acebos, castaños y avellanos silvestres; entre sus ramas, un sinfín de pajarillos llenaban el aire con sus trinos. Emocionado, cargué el teleobjetivo en la cámara dispuesto a tomar todas las fotos posibles. Junto a mi oído derecho un carbonero común cantaba con todas sus fuerzas. Clavé mi ojo en el visor e intenté encontrarle. Imposible. ¡Maldita sea, lo tenía prácticamente encima y no podía verle entre la espesura! Aparté la cara disgustado y descubrí un herrerillo a mi izquierda. ¡Antes de acercar el dedo al disparador ya había desaparecido! Así estuve cerca de una hora, esquivando la maleza, arañándome con el follaje, persiguiendo fantasmas de trepadores, carrucas o reyezuelos sin conseguir una sola foto. Ciertamente irritado, me senté junto a una de las muchas fuentes de la senda y traté de serenarme.

Entonces comprendí la sonrisa de la señora. Me había tomado bien el pelo. Acudí a ella para pedirle información sobre buenos lugares para encontrar pájaros. Ella miró con sorna la cámara de gran objetivo que cargaba y fue cuando me indicó la dirección. Y las aves estaban, por supuesto, la sinfonía de gorjeos no dejaba lugar a dudas. Pero, dada la espesura del ramaje, me iba a ser muy difícil captar su imagen. Así que sonreí yo también y cambié mis planes. Reserve las fotos para la vegetación, puse la grabadora de audio a correr y seguí caminando hacia la Cascada.

Poco después de los tres kilómetros de marcha, la pendiente cambió de sentido e inicié un suave descenso, lo que mis piernas recibieron alborozadas. El sonido del agua me llevó enseguida al mirador frente a la Cascada. No sé si me impresionó más la altura desde la que se precipita el río, su caudal o el estruendo que provoca, pero me quedé allí un buen rato ensimismado. A mano izquierda sale un pequeño sendero, que hay que transitar con cuidado ya que la humedad vuelve muy resbaladizas las rocas, que te acerca hasta casi la misma base de la caída. Me desquité con la cámara fotográfica.

Para regresar al pueblo salí del mirador por la senda de la derecha. La fuerte inclinación –hay que bajar hasta la altura del río- provoca que este tramo se haga muy despacio, tomando precauciones para no sufrir un accidente. La administración del Parque Natural ha habilitado unas barandillas de rústica madera que facilitan los pasos más complicados. La distancia no es grande y pronto llegué hasta el cauce, donde las rocas, distribuidas como la tirada de dados de un gigante loco, forman pequeñas cascadillas de singular belleza. El Truchas poco a poco va perdiendo su ímpetu de juventud y el bosque de ribera que lo cobija consiguió sorprenderme de nuevo. Sí, es cierto que la primavera magnifica todo, pero el paseo por la orilla del arroyo, entre robles, servales, campanillas, gamones que cambiaban de flor a fruto… me impactó hasta creer que el tiempo se detenía a mi alrededor.

Tras un puentecillo de madera y tierra me encontré con una enorme piedra errante que parecía defender el paso. No es así, naturalmente: el sendero continúa a su izquierda abandonando las cercanías del río. Los robles se hacen entonces más corpulentos y los arroyos cruzan desbocados el camino; me felicité de llevar un calzado adecuado. Entré en Sotillo por la parte alta, donde un panel informa de otras rutas de montaña que pueden enlazarse. En pocos días habría de hacer al menos una de ellas.



Esa noche llegué contento a mi habitación. No había conseguido fotografiar ningún pájaro, la Cascada es uno de los puntos más visitados del Parque y yo no lo sabía y además me encontraba bastante cansado –uno ya no es tan joven; pero la belleza del salto de agua y de los bosques que lo circundan bien merecen el esfuerzo.


Y, sobre todo, no había sufrido ninguna de las ensoñaciones que tanto perturban mi ánimo y a las que soy tan propenso en estas tierras.

Ver Mapa

Profesor Von Patto
Del Libro "Caminos Sanabreses, Piernas Alborozadas"


Pd. Aviso a navegantes: el mes que se avecina va a ser de especial jaleo para mí, por lo que no podré actualizar el blog con la asiduidad que me gustaría. Seguiré, por supuesto, dando la lata, pero a un ritmo más lento. Saludos a todos.