
- Llevar siempre agua y alimento suficiente.
- Llevar siempre un mapa detallado, brújula o GPS.
- Informarse de la señalización, cruces y otros avatares que podamos encontrar.
- En lo posible, no salir sólo a caminar.
- Avisar siempre de la ruta que pretendemos seguir y el tiempo previsto a emplear.
- Tener en cuenta la información meteorológica, imprescindible en las rutas en altura donde las condiciones puedan cambiar con rapidez.
- Un camino se hace para disfrutar, no para competir. Ajustar nuestro paso y nuestras pretensiones a nuestra verdadera condición física.
- Una navaja o cuchillo, un recipiente y un bastón pueden solucionarte muchos problemas en el campo.
- Un botiquín con equipamiento mínimo (tiritas, alcohol, gasas) no debe faltar.
No pude evitar una sonrisa. Encontré este decálogo apresurádamente escrito al revisar los papeles de mi expedición. Reviví el momento exacto en el que lo había garabateado.

- ¿El camino? ¡No tiene pérdida ninguna! Bueno, las veces que lo habré hecho yo… Un poco de cuesta al principio y listo.
Hoy, una vez pasado mi año en Sanabria y Carballeda, apenas más mayor pero mucho más experimentado, he de confesar que me da un poco de vergüenza confesar esto. Por eso la narración que sigue permanecerá en mi diario privado, alejada de la publicidad.


Como única guía llevábamos un folleto turístico con un dibujo esquemático de la ruta. Nos sirvió para encontrar los puntos de referencia: un picacho a la derecha y una laguna más adelante. Superábamos los 1.600 m. de altura y vimos como las cumbres por encima de nosotros se cubrían de nubes. Pensamos que si daba en llover no lo pasaríamos bien con nuestra ropa de verano. Afortunadamente todo quedó en unos hilachos de niebla que embellecieron sobremanera la laguna. Al llegar a ella espantamos una bandada de patos y una pareja de corzos. El paisaje, las vistas, la vegetación, nos tenían tan embelesados que no nos dimos cuenta que a partir de allí ya estábamos perdidos. Según el mapa, deberíamos dejar la laguna a nuestra izquierda y nosotros la abandonamos por la derecha.
El caso es que, como suele pasar, no tuvimos ninguna sensación de equívoco: el camino estaba claro y abierto y, además, seguíamos encontrando balizas y señales de otros senderistas. No se nos ocurrió pensar que podían estar dirigiéndonos hacia otro destino, quizás solo la impresión de estar andando más de lo siete kilómetros que en teoría deberíamos recorrer hasta regresar al coche. La primera señal negativa –aparte de mis pantalones kilt – nos sorprendió ya bien avanzado el descenso: Prudence, a la que sus deportivas ya le habían provocado algún resbalón, pisó mal una piedra resbalosa y cayó al suelo con el tobillo torcido. Moritz y yo nos abalanzamos en su ayuda, pero ella se levantó de un salto y dijo que seguiría sin problemas. ¡Una chica fuerte! – Bistebal ya me había avisado. Sin embargo, vimos claramente como cojeaba y trataba de ocultar su dolor. Moritz me miró con preocupación.


Pero volví a equivocarme. Con el plano en la mano, decidí que el camino real debía ser un senderillo apenas marcado en el pasto que discurría entre la laguna y el pico coronado con piedras. “Según el mapa es éste, sin duda – aseveré – Y nos ahorramos un kilómetro. ¿Qué opinan?” “Por la posición del sol parece llevarnos directamente hasta el inicio, pero creo que sería más seguro volver por el camino conocido –dudó Moritz”. Prudence no dijo nada, pero se adivinaban sus ganas de acabar cuanto antes.
Así que por indicación mía tomamos el senderillo. Y andados apenas un par de kilómetros lo perdimos entre la hierba y nos encontramos ante un impresionante cortado cubierto de árboles, maleza, helechos y monte bajo. Creo que el cansancio fue mal consejero, ya que decidimos descender campo a través con la esperanza de cruzarnos con algún camino que nos llevase hasta el pueblo. Y aquello en verdad fue la traca final, un auténtico ejercicio de barranquismo sin agua: descolgándonos por las rocas, resbalando bajo la maleza, atravesando espinos a cara descubierta… las zonas de helechos golpeaban mis intimidades favorecidos por el pantalón reventado y en ocasiones sólo conocíamos la posición de nuestros compañeros por el estruendo de ramas rotas. Fue apenas un kilómetro con un desnivel de trescientos cincuenta metros, pero tardamos dos horas en conseguir atravesar la espesura del bosque. Porque, naturalmente, sólo recuperamos el camino cuando estábamos a cien metros escasos del coche. Ahorramos distancia, sí, pero a qué precio.
Aquella noche, en la misma bañera de mi habitación, escribí el decálogo de más arriba. Y he de decir que en el resto de mis andares por Sanabria y Carballeda lo respeté a rajatabla. Estaba cansado, magullado y arañado hasta no poder más; y en el agua de la bañera flotaban multitud de restos vegetales que habían salido de las partes más íntimas de mi ser. Sin embargo, me sentía especialmente satisfecho de algo: la actitud de mis compañeros. Pese a mis continuos errores no hubo quejas, reproches ni recriminaciones. Ninguno abandonamos. Aceptamos la situación de emergencia y nos concentramos en encontrar las soluciones. Y las buscamos con todas sus consecuencias, seguros de estar juntos en ello. Como había dicho Moritz “Somos como los marines. Si salimos juntos, volvemos juntos”. Y así fue.
Los echaría de menos.

Herbert Von Patto Diarios Secretos
Fotos: Monte de Porto, camino de Barjacoba.
Pues si a usted le quedaron los pantalones como un kilt sin cuadritos, imagine cómo me quedarían a mi.
ResponderEliminarCuando era niña me daban miedo las montañas cuando las tenía ya muy cerca, al ir aproximandonos con el coche. Pero solo las montañas rocosas, como la de Montserrat. Y tambien los edificios altos cuando caminaba por la ciudad y aparecian de repente muy cerca al doblar una esquina, como la Torre Eiffel o la Sagrada Familia. Aun me dan pequeños ramalazos. Pero ni siquiera sé si esa fobia tiene un nombre.
Feliz dia, monsieur
Bisous
Salió bien, que es lo importante.
ResponderEliminarEsa fobia seguro que tiene nombre, Madame. A saber cuál. A mi, sin embargo, me atraen las alturas. Veo una montaña y no paro hasta saber qué es lo que se ve desde arriba.
ResponderEliminarFeliz fin de semana para usted también.
Tienes razón, Logio: Salió bien. La frase de la excursión la dijo, cómo no, mi querida Prudence Litelwolf, en los peores momentos de dolor de su tobillo lastimado: "Vamos a morir entre estos helechos, pero jopé qué vistas". Fue lo más parecido a una queja que hizo.
ResponderEliminarSaludos.
Yo tube una experiencia similar, y bastante suicida, me asusté y en vez de calmarme, eché a correr montaña abajo, "pa verme matao", pero no era el momento,y desde ese día, vi la importancia que tenia el estar bien documentada y saber mantener la calma en estas situaciones.
ResponderEliminarLa montaña igual que el mar me causa mucho respeto, y como tal, no hay que tomárselo a la ligera.
Un abrazo
Un abrazo, Arena. Tienes razón: lo más importante ante imprevistos es no perder la calma. No te ayuda en nada.
ResponderEliminar¿Corriendo montaña abajo? Hum, curioso de ver. jejejeje.
me entraron unas ganas locas de salir
ResponderEliminarde veras¡
saludos
No me extraña, cuentosbrujos. Aun con el extravío y todo guardamos un recuerdo muy bueno de aquel día.
ResponderEliminarSaludos
Este tipo de experiencias favorecen el conocimiento de los otros. Los amigos o personas desconocidas que encontramos en el camino (siempre de gran importancia en la montaña) hacen piña, todos a una, sin saber de dónde salen las fuerzas para continuar. Todos aportan lo que pueden: desde un bocadillo a apoyo moral (imprescindible en estos casos). Mas que algo negativo, desdeñable y con trazos de difuminarse en la memoria veo en ello una experiencia digna de recordarse. Un ejercicio de aprendizaje en bruto.
ResponderEliminarSaludos
De acuerdo contogo al 100%. La montaña (la experiencia) te enseña quien es quien sin posibilidad de duda.
ResponderEliminarSaludos.
Ya parecemos de la familia donde perderse es una tradicion....
ResponderEliminarPara trepar soy buena, pero bajar es otra cosa, ahi se me complica. Por aqui hay cascadas, ademas de la famosisima Iguazu que auqitan ela liento, como las del Sotillo, reconditas, que hay que trepar y trepar para llegar a ellas; en una de ellas para sacarle una foto de abajo no me quedo otra que arrojar el bolso hacia abajo y yo deslizarme de espaldas por la roca. Fui hasta el embalse, por las piedras, por todos lados y luego me fue facil con el morral a la espalda trepar como Tom Cruise, usando dedos en agujeros, moviendo de un miembro por vez. Eso si, nadie sabia donde estaba, no avise a nadie, no lleve brujula ni se como se usa, mucho menos celular, ni baston o mapa, ni provisiones que me hicieran peso. Nunca en mis caminatas he llevado algo de eso, y soy de las que le piden 'por favor, esta vez no vayas muy lejos' y vaya a saber poruqe raro sentido es que vuelvo.
Jjejejej, Alyxandria, serías una buena compañera de ruta para mí. Estoy contigo: las normas son para romperlas y entonces es cuando empieza la emoción.
ResponderEliminarSaludos.