"Por este tiempo tuvimos nuevas como el gobernador de Zamora y Alcañices juntaban sus gentes para venganza de sus daños. Convidámosles a que nos uniéramos juntos a hacer la entrada, y después de varias dilaciones en que nos tuvo, se divirtió del intento retirando sus gentes de los puestos mejorados, con que el gobernador D. Juan de Benavides se determinó de hacer la invasión sólo con su gente, sin depender de ninguno de los colaterales, pues tan mal le correspondían; y así junta su gente, a 26 de Noviembre, un dia después de Santa Catalina, salió de la Puebla acompañado sólo de sus criados, y se fue por los cuarteles de los vecinos de Pedralba y Requejo, que estaban hacia la raya, y ordenó que todos se mejorasen aquella noche con sus gentes al lugar llamado Calabor, donde aquella noche aguardaba; y asimismo dejó ordenado a D. Miguel Anciniega, su sargento mayor, gobernase la plaza en el ínterin; y á D. Alonso de Mella que con su compañía de caballos, y a D. Diego Pescador con la suya se fuesen entrada la noche al mismo puesto de Calabor, sobre la misma raya.
"También ordenó al maese de Campo D. Luis de Olmos Girón, que fuese al cuartel de Ungilde y condujera 15 compañías que allí había al puesto y lugar de Santa Cruz [de Abranes], lugar que entre él y el Calabor está cómodamente situado. A una legua del camino real de Braganza, y otra media legüita está la raya. Hízose así, y a media noche se avisaron los dos se hiciese la marcha al lugar llamado Campieza, el camino real de Braganza en la misma raya, y así dos horas antes de amanecer se marchó de estos pueblos y se llegó al destinado puesto, una hora antes del dia; y dispuesta la gente en la forma que se sigue, se comenzó á entrar al rayar del alba. [...]
"Así, salido el sol, entramos por el camino real de Braganza a vista de la ciudad, y encontrando dos cortaduras en el camino, las salvamos. Iba la gente marchando tan derecha a Braganza por su camino real, que se persuadió llevábamos la mira a ella. Dispararon tres piezas, pero aprovechó poco para que no nos acercásemos a ella, tanto que a media legua no quemásemos un lugar suyo llamado Zacoyas, de donde salió un capitán, llamado Magallanes, y peleó tan valientemente que de siete de a caballo se defendía, hasta que habiéndonos muerto un caballo de la compañía de D. Alonso de Mella, él cayó muerto de dos carabinazos y dos cuchilladas en la cabeza. Pasamos adelante con pasmo de la ciudad y casi a los muros de Braganza les quemamos otro lugar llamado Bazal, rico y grande y que era el granero de Braganza. El pasmo en la ciudad fue grande, y mayor cuando pasamos adelante. [...] Desde este puesto se descubrió una hermosa colina de viñedo, y fuénos dicho que detrás de ella había un lugar aun mayor y mas rico que éste, llamado Tarragosa. Ordené luego al alférez Juan Guerrero, de la compañía de caballos de D. Diego Pescador, que con 25 caballos fuese abrigando al escuadrón volante que ya caminaba allá. Hízose así, y aclarando el lugar la caballería entró la infantería y le abrasó todo[...]
"Marchamos de aquí a un valle muy ameno, orilla de un río como una legua, y fuimos a dar a un lugar no menos rico que este, si bien más fuerte, llamado Francia. Era como plaza de armas de su frontera; inaccesible por estar coronado de tan empinadas y cortadas montañas que los gatos apenas podrán subir y bajar a él [...] tal que los vecinos y la demás gente que en él había lo desampararon, retirándose á unos peñascos muy eminentes, donde nos dieron no pocas cargas, siendo su capitán su cura, preciado más de campeón de esta frontera que de pastor de almas. Pero a su vista, a pesar de sus balas, fue el pueblo arrasado y abrasado, sin quedar ni aun con paredes, solas las de una ermita y su iglesia, que se echó bando pena de la vida que nadie hiciese daño a ermita ni iglesia, o alhaja suya o a persona que se acogiese a ella. [...]
"Todo se venció y se entró el pueblo, y fue puesto en polvo y ceniza como los demás, con que a puestas de sol nos hallamos en el lugar de Calabor, nuestro, de donde salimos al amanecer sin haber comido ni bebido en todo el dia. Habiendo por fin quemado al rebelde ocho lugares, los mas ricos y grandes de toda la tierra de Braganza, campeado por toda su campiña, llegado á un lado y otro por su frente á sus murallas, provocándole a que saliese á probar sus bríos, nos retiramos habiéndole hecho sin los cascos de los lugares en las quemas de alhajas y frutos, á juicio de los de la tierra, bien mas de 500,000 ducados de daño, con pérdida sólo de dos caballos de la compañía de D. Alonso de Mella: uno que mataron a su teniente D. Gregorio del Pulgar, y otro que mató el capitán Magallanes, cuando fue muerto en el primer lugar que se quemó. Perdióse un soldado de D. Alonso de Mella, y una yegua de las de la tierra que pasando por un lugar de los que se quemaban, cayó un pedazo de una pared y le dió en la cabeza y la mató, quedando el montado en salvo [...]
Relación verdadera de lo que ha sucedido en la plaza y frontera de la Puebla, en el mes de Noviembre, hasta 30 dél, por el P. José Martinez; de la Compañía de Jesús, que se halló presente a todo. 1643
Estas escaramuzas, bastante exitosas para la causa española si debemos dar crédito a las varias relaciones enviadas por el tal José Martínez, no fueron suficientes para ganar la guerra: los ejércitos de Felipe IV fueron derrotados en las cinco batallas decisivas, desde Montijo en 1644 a Montes Claros en 1665. Poco antes de ésta última, uno de sus ministros envió al monarca una carta muy diferente:
"Dicen a Vuestra Magestad que Portugal no tiene dinero, no tiene navíos, no tiene gente: traidores son los que lo dicen. Pues ¿con qué nos tienen destruidos? Sin gente nos tienen tantas veces desbaratados; ¡Válgame Dios, que fuera con gente! Sin dinero lloramos nuestras ruinas, ¿qué lloráramos si tuvieran dinero? Señor: Portugal nos desbarató en Montijo [batalla de Montijo, 1644], nos destruyó en Yelbes [batalla de Elvas, 1659], Luis Méndez de Haro [Valido de Filipe IV] huyó dejando caballos, artilleria, infantes y bagajes. Portugal en Évora [batalla de Estremoz o de Ameixial, 1663] destruyó la Flor de España, lo mejor de Flandes, lo lucido de Milan, lo escogido de Nápoles y lo granado de Extremadura. Vergonzosamente se retiró S.A [El Príncipe D. Juan José de Austria, hijo de Filipe IV] dejando ocho millones que costó la empresa, ocho mil muertos, seis mil prisioneros, cuatro mil caballos, veinticuatro piezas de artillería, y lo más lastimoso fue que, de ciento veinte títulos y cabos, no escaparon sino cinco (...). Cada día espera Vuestra Magestad que se gane, y cada día sepa Vuestra Magestad que se pierde, y que es mucha la pérdida de cada día."
Medio siglo después los dos países volvieron a enfrentarse durante la Guerra de Sucesión, tras la cual gran parte del territorio sanabrés quedó bajo soberanía portuguesa hasta la firma del Tratado de Utrech. Y en 1810, como ya vimos, fueron los ejércitos napoleónicos los que camparon a sus anchas por estas tierras.





























