8 abr 2009

Leyenda del Lago de Sanabria: Villa Verde de Lucerna


¿Conocéis el dolor de cuando, trabajando la madera, una astilla se os inca entre la uña y la carne? Pues así, oh, señor, azotaba el granizo la faz de aquellos que, pocos días tras Reyes, se aventuraban a caminar en la intemperie del Valle Verde. Era aquella, creedme, tierra fértil cual vientre de buena mujer: rodeada de montañas que la protegían del frío, salpicada de arroyos y regatos que de agua la abastecían y en su mismo centro, en las orillas del río, altanera se erguía la ciudad de Villa Verde de Lucerna.
Villa orgullosa, sin duda, y sus vecinos prosperaban, pues a más de de lo que su tierra les daba eran de natural negociante y por todas las regiones sus mancebos y cuadrillas sus mercancías vendían. Jabatos, se nombraban, y no era mal puesto el nombre, pues eran de corazón duro y de pronta espada en la pelea. Muchos eran sus negocios y no todos, he de decirlo, del agrado de la autoridad ni aún del Dios de los cielos, que a todos nos juzgará. En aquellos días de tormenta, mi señor, ningún jabato andaba pues por las calles, sino más bien junto a la rica lumbre de sus cocinas esperando la escampa para mandar sus criados mundos adelante.
Cerca de vísperas la tempestad calmó como por ensalmo. Mas no trajo la paz, al contrario, semejaba que los demonios paganos de los vientos se reagrupaban, tomaban aliento y afilaban sus armas para el asalto final a la ciudad de Lucerna. Al fondo del valle un rayo de sol, quizás el postrero, logró abrirse paso entre las nubes circunspectas. Se vio entonces una encorvada figura renqueando en el camino de la villa. Vestía una especie de pardo que el tiempo y el mucho uso habían vuelto gris; gris era su lacia melena, sus barbas y aún su mirar, y todo en su figura mostraba un cansancio infinito al que su cayado, de curiosa madera labrada, apenas auxilio prestaba.
Cuenta quien lo sabe, oh, príncipe, que aquella gélida noche el romero recorrió, una por una, todas las casas de la Villa Verde. Que en todas pidió cobijo y en todas le fue negado y ni siquiera un plato de caldo le fue ofertado. Cuando ya con pesadumbre casi abandonaba la villa, en el camino de la montaña, en una humilde choza, apenas una cabaña, le abrieron la puerta y le dieron posada: “Pasad, pasad, buen peregrino. Aunque somos pobres en tierra de ricos, compartid con nosotros siquiera un vino”. Y así le asentaron en su escaño, en el mejor sitio junto al fuego y en un momento le prepararon un ponche de vino y huevo. El romero, todo cuitado y pequeño, por encima la escudilla atisbaba sus movimientos. Eran los dueños un matrimonio ya viejo y en sus prendas se veían las penurias que sufrían. El gris apreció, sin embargo, que pese a todo no eran desgraciados y se afanaban en la cocina como mozos enamorados. Habían preparado para hornear una hogaza de pan negro y era pequeña, por cierto, pues a aquellas alturas de invierno ya escaseaba el centeno. En el horno ardiente la pusieron y junto al romero sentaron, hablando de todo y nada, dejando pasar el tiempo.
En el momento de sacar el bollo uno a otro se miran con maravilla: con tan poca harina había y el pan por la puerta no salía. Y ya no era negro, señor, sino blanco de pureza celestial. El romero les mira y sonríe asintiendo: “Pobres sois, buenos abuelos, pero en vuestro pecho el corazón sincero tié más valor que el dinero”. “Habéis de partir ahora y no parad hasta más allá del alto la Viquiella. Está viniendo un gran agua que se ha de llevar esta tierra.” Y apenas pasada la medianoche le vieron bajar hacia las piedras que del Borrego llamaban y contaron, señor, que cada vara que andaba su figura crecía una cuarta, que sus ropas grises de blanco brillaban y su melena al viento aura de santo le daba. Junto a las rocas se detuvo y miró en torno suyo con gesto fiero. Era su estampa digna de los caballeros de cuento: alto, blanco y poderoso como un mago de otro tiempo: “Aquí clavo mi bordón, aquí nazca un gargallón”.
Desde el fondo de la tierra se inicia un ronco rugido que las entrañas embelesa –bramaba la sierra, contaron después. Al punto, el cielo responde con un sonido como de trompetas. Rompe a llover como no se ha visto en esta era y allí donde el romero ha clavado el bastón brota un manantial de agua negra y horrible. Brota y brota agua del suelo, pero más aún cae desde el cielo. Los jabatos se tiran de sus jergones entre gritos de espanto. Los primeros mueren pronto, aplastados entre los sillares de sus casas que el agua derrumba como arena en la ribera. Otros corren hacia los campos, mas la riada asesina no deja ni uno sano. Los últimos, en fin, fueron los que buscaron socorro en los altos: vieron como el agua anegó toda su villa, sus huertas y sus haciendas. Murieron ahogados y el agua siguió subiendo hasta que de Villa Verde de Lucerna tan solo quedó el recuerdo.
Así, señor, y no como otros la cuentan, fue la Caída de Lucerna y el origen del Lago que vuestras tierras alimenta. Sólo los dos abuelos fueron salvos y gracias a ellos sabemos del cuento. Que no acaba aquí, por cierto: al cabo de pocos años vecinos que habían sido del Valle Verde se juramentaron para salvar de las aguas las campanas de la iglesia, que sabían de bronce bueno. El concejo encargó a una casa la crianza de dos bueyes hermanos, Bragado el uno, Redondo el otro, con serio aviso que no habían de ser ordeñados; esto es, que toda la leche de la vaca para ellos fuera. Mas he de contar, oh, señor, que tras la horrible catástrofe había hambruna en la región y la señora de la casa, que criaturitas tenía, una noche, buscando la escondida, ordeño una jarra de la vaca prohibida. Sorprendiola en estas el marido y, tras grande bronca y desconsuelo, acabó arrojando la leche sobre el ternero elegido.
Llega el día, como todo llega, de intentar el rescate de las campanas, pues los bueyes se han convertido ya en orgullo de la raza de esta tierra. Entre los mozos, los dos mejores nadadores agarran sendos rejos y a la profundidad se lanzan como almas a santidad. ¡Las han enganchado! Raudos, bajan la pareja hasta la playa y aún dentro de las aguas y los ponen a tirar. Pero uno de ellos, por más que intenta no puede y el peso de la campana le hace resbalar. Su hermano gira la testuz y dice: “Tira, tira, buey Bragado, que la leche que ordeñaron por el lomo te la echaron”. Mas no fue capaz y el peso de la campana lo arrastró hasta el fondo y allí se quedó.
Y allí, en lo más hondo del Lago, quedó también la campana Bamba, que hasta el final de los tiempos no será salva. Solo aquellos que en gracia de Dios se acercan a las aguas en la noche de San Juan han podido volverla a escuchar. Y así llegó a lo alto de nuestra iglesia la campana Verdosa, que como sabéis es capaz de parar las tormentas cuando acechan, y en su torre la acompaña la escultura del buen buey Redondo, que con su fuerza la salvó de las aguas.
Mas, ay, príncipe, hay quien dice que la riada no lavó el pecado de Lucerna, que la maldición era más luenga: que hasta por tres veces el agua negra se llevará a la villa que junto al Lago se pusiera. Ojalá gracias a nuestro Señor, ni vuestros ojos ni los míos lo vieran.

Toño Rodríguez


En El Reino Olvidado, las versiones tradicionales.

5 abr 2009

Argimiro Crespo y el Museo Etnográfico de Codesal


Si vais al Museo Etnográfico de Codesal encontraréis una cuidada selección de los aperos utilizados en el ayer de Sanabria y Carballeda. Veréis capas, pardos y cholos; calabazas, barriles y jarras; andadores, cunas y pizarras. Desde peines de lino hasta ruecas y husos, y desde atizadores a fuelles de fragua. Una hermosa colección reunida por el esfuerzo de los vecinos, que se han preocupado de rescatar del olvido aquellos cachivaches que languidecían en los desvanes.

Pero si tenéis la suerte de ir al Museo y que vuestro guía sea Argimiro Crespo habréis cruzado la puerta de un reino casi olvidado. Argimiro, el Último de los Juglares, fue arriero en su juventud y recorrió nuestra tierra con una mula y dos baúles cargados de fe. Conoció sus gentes, las escuchó y de todos aprendió algo. Y su alma de poeta supo darle forma y hoy sus palabras tienen una sensibilidad pasmosa.

Con cada cacharro, Argimiro te explica, te cuenta y te canta si la oportunidad lo demanda. Y en sus manos una humilde tabla de lavar ya no es un trozo de madera inane, sino que ves a las mujeres junto al río, oyes sus risas y sus chismorreos y un trocito de aquel mundo cruza la frontera hacia el nuestro. Argimiro domina el tempo y narra como nadie: si oyes en su voz queda la leyenda del Roble de Codesal sentirás como el vello se enfría en tu espalda.

Argimiro, no nos deje nunca. Sé que son muchos los años y que pérdidas recientes quizás le hagan apetecer un descanso. Pero sin usted todos quedaríamos huérfanos y ese mundo, en el que vivieron nuestros abuelos, se alejaría un poquito más en el tiempo.

Foto: Argimiro Crespo, trabajando el lino en el Museo de Codesal

1 abr 2009

Cobreros: trece pueblos, mil caminos


Desplegad, si es vuestro gusto, un mapa de la región sobre la mesa y marcad cada uno de los pueblos que conforman el municipio de Cobreros: Terroso, San Martín, Santa Colomba, Avedillo, San Román, Sotillo, Limianos, Quintana, Castro, Barrio, Riego y San Miguel de Lomba, además del propio Cobreros. ¡Trece, ni uno menos! Ahora trazad, al buen tuntún, cuantas líneas se os ocurran uniendo todos esos puntos. ¿Qué obtenéis? Aparte de un garabato más o menos artístico, un maravilloso conjunto de caminos donde perderse y disfrutar de los escondidos encantos de esta tierra sanabresa.


Siguiendo con el mapa, vemos que el municipio se define por los ríos y arroyos que lo cruzan, señalando unos límites no exactos: regato de Escaldón, Castro, Tera, Truchas y la Mondeira. Es una tierra rica en agua y los caños de regadío, con su música constante, nos acompañarán en todos los pueblos. Ya en los diccionarios geográficos de los siglos XVII y XVIII se mencionaba la riqueza de sus fuentes, con ejemplos de manantiales sulfurosos en Santa Colomba y Cobreros (aguas cheironas) que, en su momento, propiciaron casas de baños en las que los pacientes “llegaban en angarillas y partían bailando”. También hemos de fijarnos en cómo, por el norte y el oeste, el municipio se encarama en las laderas de los montes y se desenvuelve hacia zonas más llanas en el sur y este. Es un municipio con tradición serrana: la vida de antaño estaba ligada al aprovechamiento de la sierra, ya sea para leña, para hierbas aromáticas y medicinales, para frutos silvestres, ya para el pastoreo. Los lugares donde entonces se subía el ganado en los meses de calor nos ofrecen corrales naturales de impresionante paisaje: El Cabril, Cubello, Peña Cueva, los prados de Limianos… También caminos hacia Porto, con su importante feria ganadera, y a Galicia, cuando el tren aún no llegaba a Sanabria. Hoy esta parte del municipio está enclavada en el Parque Natural del Lago de Sanabria y alrededores.



Uno de los puntos más visitados de este Parque Natural es la ruta de las Cascadas de Sotillo ,
y los caminos que llevan al Lago pasando por la Laguna, o bien por Limianos o Quintana, coincidiendo en este caso con parte del Cordel Sanabrés por donde las ovejas castellanas y extremeñas subían hacia la sierra.
En Sotillo hay una casa de “Pobres y Peregrinos” fechada en 1619, aunque el trazado más conocido del Camino de Santiago Sanabrés atraviesa el municipio por su parte sur, siguiendo casi en paralelo a la N-525. También hollaron estos caminos, si hemos de fiarnos, el Rucio y su amigo Rocinante, soportando con paciencia las disquisiciones de sus amos. Lo creas o no, no deja de ser una excusa más para bajar al terreno.





Ea, pues, plegad el mapa y echad la merienda en el morral. Hay que recorrer los pueblos uno a uno y descubrir sus secretos: el “castiello” de Avedillo, posiblemente el primer núcleo de población, con casas que en sus piedras esconden miliarios. Cobreros, cuna de ilustres antepasados, sus casas blasonadas, sus aguas y su peculiar iglesia, tal vez de origen civil. Los centenarios castaños de San Román o Sotillo; Limianos, un pueblo en cuesta o Quintana, cantera que abasteció de piedras a la comarca y que hoy ofrece al visitante “La Calella”, una casa tradicional detenida en el tiempo. Castro, de significativo nombre, que se asoma hacia la Puebla con la importante área de servicios de la N-525. Riego, Barrio, San Miguel de Lomba, con ermitas perdidas y molinos restaurados. Santa Colomba, la de las muchas fuentes, cuyos barrios se encaraman hacia el alto de la iglesia. San Martín, Terroso, de tradición jacobea y destino inevitable para cualquier buscador de setas que se precie…
En el censo de Floridablanca, de 1787, nada menos que el 92% de los habitantes de Cobreros se declaraban hidalgos. Dado que además se definían como labradores, mucho me temo que esta nobleza se vinculaba más a la exención de tributos que a la holganza en sus caminos. Ahora pagamos impuestos, claro, pero al menos nos queda el placer de seguir sus huellas en el tiempo.



Fotos: 1. Pastizal en Cobreros 2.Iglesia de Sta. Colomba 3.Musgo sobre pared de piedra 4.Balconada en S.Román 5.Pontón en Avedillo 6.Arroyo de La Mondeira 7 y 8.Peña Cueva 9.Cordél Sanabrés en Quintana 10.Sotillo 11 y 12.Limianos 13.La Vaguira 14.Torre de la iglesia de Cobreros 15.Chopera 16.La luna sobre la sierra 17.Amanecer rosa en Barrio 18.Cobreros 19.Barrio de la Iglesia, Sta. Colomba 20.Casa Blasonada, Cobreros 21.La Peña de las Brujas 22.La Mondeira en S.Miguel.