Un año más subí La Cuesta de Puebla hacia el Mercado Medieval a contra corriente, cuando casi todos buscaban ya el descanso y los artesanos recogían sus puestos pensando en la próxima parada del camino. Llegué tarde - un año más - al Juicio y Quema de la Bruja: vi la traca final de los fuegos bajando el alto de Castro. Otro año que perdimos los malos y el inquisidor se salió con la suya.No me preocupa subir cuando todos bajan: para mí el punto culminante del Mercado es la última actuación de Acibreira, esa que ofrecen mezclados entre un público de recalcitrantes, en las mismas puertas del Ayuntamiento, a la luz de las últimas barras que quedan abiertas...
Debo pedir disculpas por no llevar nunca la cámara a este grandioso fin de fiesta. Así que, si con toda la razón la imagen les parece de mala calidad, esperen a oir mi grabación de la última tonada de gaitas en el Mercado de este año:
“De pronto, el autobús se ha parado, en medio de la carretera, en despoblado. Detrás del cristal aparece un paisaje esplendido. Hay un fondo de montañas de un perfil muy alargado y lento, suavísimo, tocado por un azul verdoso amoratado. Una leve neblina, vaporosa y sutil, flota aérea, sobre la tierra. El campo está cultivado con una exquisita delicadeza. Unas grandes masas arbóreas, de elegante pompa, encuadran el paisaje. A primer termino...
—¡Qué magnífico paisaje! —dice con la nariz en el cristal mi compañero de viaje—. Qué ordenación perfecta, qué ternura, qué delicadeza...
Mi amigo, ha pronunciado estas palabras con fuerza suficiente para que las oyeran las siete u ocho personas sentadas a nuestro alrededor. Sin embargo, nadie se ha movido. La belleza de la tierra deja, al menos en apariencia, a todo el mundo indiferente. Trato de comprobar la afirmación de mi compañero y mis ojos quedan como suspendidos en las líneas del fondo, en la sutileza con reflejos de absintio de la niebla vespertina, en los primeros términos. Los primeros términos, sobre todo, son bellísimos.
—Mire usted estos campos de primer término, estos campos de patatas... ¡Qué riqueza de verdes profundos y mojados! ¡Qué poesía!
Linarejos - Pedroso
Al oír la palabra patatas, se ha producido, entre los viajeros del autobús un movimiento de curiosidad vivísima. Oigo decir por todos lados a los viajeros: ¡patatas!, ¡patatas! La gente se levanta de los asientos. Hay un desplazamiento general sobre las ventanillas. Los enamorados de los bancos delanteros liquidan raudos sus inocentes juegos amorosos y después de una mirada profundamente significativa quedan como arrobados ante la naturaleza. Ante la mirada de ternura que un hombre o una mujer vierten sobre la naturaleza, ¡cómo no inducir un aumento notorio, seguro, importante, de la sensibilidad de las gentes? ¡Patatas! ¡Patatas! El autobús de suyo tan monótono y opaco queda como envuelto en un torbellino vital. En el aire de su atmósfera flotan los más apetitosos tópicos geórgicos. Los ojos de los viajeros despiden una luz encendida. De pronto veo a un señor que no puede contenerse. Se levanta brusco de su asiento, da unos pasos rápidos en dirección a mí por el pasillo central —que por una rara casualidad está despejado de bultos y maletas— y me dice con una voz que me parece ligeramente engolada y muy nerviosa, los ojos un poco fuera de las órbitas:
—Pero oiga usted... ha dicho usted patatas, ¿no es cierto?
—Sí, señor, he dicho patatas... —le contesto tímidamente.
—¿Pero dónde están esas patatas? Me lo quiere usted decir?
—Pues ahí, ya las ve usted, en el campo de primer término, salvada la cuneta...
El caballero se dirige rápido y fogoso a la portezuela del coche... Pero llega tarde. El autobús echa a andar después de producirse en sus hierros y aceros un golpe de hipo que nos sacude a todos las entendederas. Los campos de patatas quedan atrás, en la vaguedad de la niebla.
Y yo me pregunto: si el caballero hubiera podido descender del coche, qué hubiera hecho? A qué excesos o quizá a qué arrobos se hubiera entregado su alma apasionada? Por las trazas aquel señor sentía un amor al paisaje frenético. Si el horario nos hubiera dado tiempo hubiéramos visto probablemente repetido lo que cuentan los libros antiguos de ciertos poetas bucólicos y silvestres los cuales sintieron un tal amor a la tierra y a las especies vegetales que crecen en ella que llegaron a comer la tierna hierba y los pastosos tubérculos. ¿Era aquel buen señor un enamorado tan decidido de la corteza terrestre para llegar en sus movimientos sentimentales a ser un herbívoro? O era quizá un poeta silvánico y rústico de esos que al conjuro de las formas de la tierra entran ni contacte báquico y dionisíaco con su musa predilecta?
Pedralba
—Ha visto usted —le digo a mi amigo con una emoción que apenas puedo contener—, ha visto usted cómo aumenta la sensibilidad de las gentes? La contemplación de estas escenas es un espectáculo realmente satisfactorio. Para mi gusto es quizá ya ligeramente excesivo y morboso. En todo caso piense usted el síntoma de salud moral y material que representa este retorno activo, irresistible a la bucólica y al silvanismo. Nuestra existencia terrestre se ha simplificado considerablemente. Este retorno a la naturaleza corregirá sin duda los crecientes embates materialistas de la época.
Mi compañero de viaje asiente con dos o tres profundas inclinaciones de cabeza.
—Realmente yo no sé cómo terminará todo eso —le digo para acabar—. Es muy posible que eso termine con una apoteosis de las verduras, de las legumbres, de los tubérculos y de las frutas y en general de lo que tiene de más agradable y confortador, el paisaje y la naturaleza. No creo que eso sea un mal final. Al contrario. Ese es un final sentimental, matizado de exquisiteces finísimas”
Josep Pla – Viajes en autobús (1942)
Puebla
Para bien o para mal, las obras del AVE avanzan por Sanabria y Carballeda sin pausa, también sin prisa porque todo en este país parece haberse convertido en titubeante. Para bien o para mal, la línea de Alta Velocidad hará que las estaciones aquí retratadas ya nunca vuelvan a ser las mismas: a fecha de hoy algunas de ellas ya están de hecho semi abandonadas – y cualquier deseable proyecto para su futuro será sustancialmente distinto de su objetivo original. Sirva pues esta colección de fotos – que, algunos ya lo saben, han sido publicadas con anterioridad en xibeliuss sólo fotos - como homenaje a su pasado, como testimonio de su presente y como deseo de porvenir.
El gran Josep Pla viajó en autobús, no en tren, por el nordeste y no por el noroeste, a mediados del S.XX y no en la segunda década del XXI. Y, sin embargo, el paralelismo es evidente.
Hasta en el apoteosis silvánico de las verduras, los tubérculos y las frutas.
Hace unos días me acerqué a Vega del Castillo, un hermoso pueblo carballés en las puertas mismas de la Sierra de la Cabrera, famoso, entre otras cosas, por su Concentración de Gaiteros anual, que ya ha alcanzado las veinticinco ediciones. Allí tuve la suerte de conocer a D. Gabino García Vega, un auténtico Narrador de Historias en la mejor tradición de nuestros filandones. Durante el poco tiempo que pasé a su lado me transmitió una cantidad ingente de cuentos, historias, vivencias y ocurrencias con las que podría llenar de contenido este blog hasta el final de la interné; todo con una vitalidad y un dominio del hecho narrativo - perdón, pero no se me ocurre mejor manera de explicarlo - impresionantes. También me mostró el manuscrito de sus Memorias, publicadas hace tiempo gracias a la perseverancia – como en tantas otras ocasiones – de Eusebio Rodríguez, de Rionegro del Puente, y hoy me temo ya descatalogadas. De entre todas esas historias hoy quiero compartir con ustedes una, contada con sus propias palabras: “El Relojero de La Cabrera”
“ Quizás el emigrante más famoso de la Comarca de La Cabrera fue el relojero Losada, que su nombre era José Rodríguez Conejero, que nació en Iruela (León) siendo bautizado el 3 de mayo de 1797. A los dieciocho años se va de su casa a consecuencia de una paliza que le da su padre por dejar perder una ternera de las que cuidaba. Me comentan en su pueblo Iruela que no le pegó su padre, sino que lo estaba esperando para sacudirle el señor C... D... , que no digo su nombre, que la ternera que le comieron los lobos era de él, y se acobardó y se fue de casa.
“ Anda por Sanabria, Extremadura y a los pocos años lo hayan en Madrid como oficial del ejercito. Según la historia, debido a sus ideas liberales tuvo que huir a Inglaterra. Una vez en Londres entra a trabajar como mozo de limpieza en el taller de un relojero, interesándose por esta industria ha llegado a ser el mejor fabricante de relojes de su época, fue nombrado cronometrista de la Marina española y de la Casa Real y es el autor del reloj de la Puerta del Sol de Madrid.
“ Me comentan en su pueblo Iruela que no se marchó de España por liberal sino por otros motivos que pasaron en la Casa Real siendo reina Isabel II, hija de Fernando VII y casada con Francisco de Asís que según la historia tuvo ocho hijos y... y... (1) Lo iban a ahorcar y sus compañeros con caballos lo acompañaron hasta Francia. También me comentan que muriendo su jefe se casó con la viuda y siguió con el negocio.
“En 1860 viaja a su pueblo Iruela regalando a la parroquia un altar del Santo Cristo y un reloj para la torre de la iglesia que no llegó a su destino por las malas combinaciones y la inexistencia de carreteras. En Iruela me comentan que después de estar casi dos años en la Estación del Ferrocarril de Astorga el reloj se quedó en Astorga.
(1) Aquí Gabino me cuenta lo que se decía en Iruela sobre la vida matrimonial de Isabel, Francisco y el papel del relojero, pero si él ha preferido no plasmarlo por escrito... no seré yo quién lo haga.